NOBLEZA ENTREGADA
 
En los hermosos tiempos de la Inglaterra victoriana, fue el Conde de Essex uno de los nobles de mayor fortuna, reputación y honor. Su fama no se debía sólo a su gran fortuna sino también a una aptitud física sin igual. Gran deportista, no faltaba su nombre entre los mejores del país, siendo asiduo en las competiciones de polo, donde demostraba su pericia a lomos de algunos de sus caballos de excelente raza...

Su belleza física y mental estaban, pero, enturbiadas por una mirada triste y lánguida, propia del hombre que lo tiene todo pero no es feliz. He aquí que los hados del destino se apiadaron de él y decidieron cambiar para siempre su vida monótona por una vida de dicha y felicidad.

Un buen día, en que la primavera estaba en su máximo esplendor, el Conde cabalgaba por sus tierras en la fabulosa y verde campiña. Lo inesperado de la visión que le apareció, le turbo: una amazona se puso a su lado. Sus cabellos negros, alcanzaban hasta su cintura. Los ojos oscuros, poco frecuentes en aquellas tierras le miraban con una fina ironía, pero refulgiendo con belleza salvaje. Su cuerpo, esbelto y proporcionado era más propio de la diosa atenea, que de una mujer mortal.

Justo cuando, saliendo de su estupor, el Conde iba por fin a hablar a aquella visión, ella azuzó el caballo, perdiéndose entre las colinas. Así empezó una frenética persecución, que, sin que el conde lo supiera, iba a cambiar para siempre su destino.

No creais que la alcanzó, la encontró, ya desmontada, caminando en un bosque de abedules sujetando a su caballo, que la seguía dulcemente. Así pues, el Conde también descabalgó e inició el paseo que ella, sin decirlo, había propuesto.

Presentándose a la dama, le preguntó por su nombre y por su encuentro en aquellos parajes.
- Mucho me ofendéis, conde, con estas preguntas. Siendo como sois un caballero de fama noble, deberíais saber que a la vera de vuestras tierras ha venido a habitar una nueva vecina. Pero no os turbéis por vuestra torpeza, conde. Soy Lady Lena y acabo de instalarme en la propiedad que os limita al este. Sobre mi origen, nada os importa. Sólo sabed que mi nobleza no es en nada inferior a la vuestra, mas al contrario.
- Perdonad Milady, mi estupidez, pero vivo aislado del mundo y la soledad me ha hecho torpe. Sólo los deportes y la caza me distraen de mi melancolía, pero hoy, al veros siento que todo ello puede cambiar. Aunque precipitado, os ruego que consideréis que pueda visitaros y conoceros mejor, pues vuestra presencia me aturde y creo que la necesidad de veros a menudo, Milady, será desde hoy como la necesidad de respirar el aire de este bello lugar.

Fue así como se conocieron, y con el permiso de su dama, el Conde inició un cortejo galante, puro y casto, de amor inflamado. Su dama, le obsequiaba a menudo con sonrisas y confidencias pero no parecía dispuesta a ir mas allá.

Un día, después de un largo año, al fin el Conde decidió declarar su amor.

- Milady, no puedo ya alentar mas sin saber que vais a aceptarme a vuestro lado. Os amo, y sabéis que ya no tengo otra voluntad que la vuestra. Apiadaros de mí, milady y aceptadme. No dudéis que sabré haceros feliz.
- Mi buen conde, esperaba esto. Pero no esperéis de mí, amor convencional. Os acepto a mi lado, si, pero quiero que os comprometáis a ser mío sin restricciones, pues no es el mío un papel de esposa abnegada a la sombra de un marido.
- Mi señora, sea como deseéis. Me ofrezco a vos como esclavo, siempre que pueda respirar vuestro mismo aire, y vuestra presencia calme mi anhelo de vos.
- Sea pues, conde, si así lo deseáis. Os acepto como esclavo, que no como marido. Por tanto quiero y os ordeno como siervo, que me cedáis tanto a vuestra persona como a vuestras propiedades y títulos. Mañana, después de firmar los legales, pasareis a vivir a mi lado, donde me serviréis según mi voluntad. Ah! Y por supuesto, a partir de hoy me llamareis simplemente Ama, Dueña o Mi señora. En presencia de personas ajenas a esta situación podéis llamarme Condesa, ya que con la cesión de vuestro título, lo soy, aunque vos, ya no.

Ya el conde entregado a su ama, fue a vivir a su casa, donde la servia en todo, con sumisión total. Pero en Inglaterra, no podía ser un esclavo completo, por lo cual la Nueva Condesa decidió vender las propiedades del antiguo conde y con su fortuna decidió trasladarse a otros parajes donde su esclavo pudiera servirla como tal.

Durante el viaje por Europa, en el Orient Express, le hizo pasar por su criado y Lenox, que así le llamó desde el inicio de su contrato, vestía librea y servia a su señora con dedicación exquisita. Ya en su destino: Turquía, compró vastas tierras y lo inscribió como esclavo auténtico, ya que en ése país era legal por entonces.

Que dicha para ambos! Ella era una ama generosa y le permitía sentarse a su lado en el jardín mientras comía, dándole, obsequiosa los restos de su plato, que él como perro, aceptaba de la mano de su Dueña. Por las noches, dormía acurrucado en la alfombra de la habitación de su ama, vigilante a cualquier atención que ella necesitara. Por las mañanas le servia el desayuno en la cama, luego la ayudaba a bañarse y vestirse. No podía Lenox evitar fijarse en los excepcionales atributos de su ama y en la perfección de su cuerpo.

- Siervo, haces bien en admirar mi perfección pero sabes que estos frutos perfectos te están vedados por tu bien, puesto que admirándolos los deseas. Al no poder gozarlos, sufres, deseándolos más. Si los tocaras, perderían el goce que ahora te dan al admirarlos y perderías el Paraíso, así como Eva y Adán perdieron el suyo al mancillar el árbol de la Ciencia del bien y del Mal.

No obstante, al cabo de un tiempo su Ama se compadeció. Alquiló una prostituta de la calle, para la que habían pasado todos sus esplendores, si es que los había tenido jamás. Tuerta, sucia, de pechos caídos y color macilento. La cedió a su esclavo diciéndole:

- No creas que te la cedo para que goces de ella, pues no lo mereces. Mi piedad tiene otro objetivo. Ya que siempre has deseado ofrecerme tu semilla, que nunca aceptaré, he decidido que la deposites en esta puta para que tu semilla fecunde, y me puedas ofrecer luego su fruto.

Así sucedió. La puta parió una hija de Lenox. Su Ama devolvió la prostituta a las calles y tomo a la hija de su esclavo.

- He aquí siervo mío, que has tenido descendencia gracias a tu semilla. Ahora ésta tu hija es mi esclava. Desde hoy se llamará Safo, en honor de la isla de Lesbos, y su destino tendrá mucho que ver con su nombre. Esta es mi gran magnanimidad contigo, siervo. El fruto de tu semilla dará placer a los frutos que tu nunca comerás.

La niña era hermosa, rubia y creció bajo el adiestramiento de su Dueña. La enseño a proporcionar placer al altar que atesoraba entre sus piernas. Disfrutaba del néctar de su dulce boca. Siempre en presencia del esclavo, que arrodillado contemplaba las escenas con una mezcla de sufrimiento y goce, desconocidos para el resto de los mortales.

Al cabo de los años, aún demostró mas benevolencia Lady Lena. Compró una bonita perrita de raza caniche, juguetona y encantadora. Le dijo a Lenox:

- Ten en cuenta que esta perra está en un plano superior al tuyo en mi propiedad, puesto que nació animal y no ha podido elegir su destino, mientras que tú, naciste libre como hombre y eres esclavo por voluntad propia. Así pues debes servir a la perra y a sus necesidades como ser que es superior a ti.

Razonables fueron estas palabras para Lenox y fue feliz cuando su adorada Ama enseñó a la perrita a masturbarle. Además la animalita se aficionó pronto al dulce sabor del semen del esclavo, por lo que lo estimulaba muchas veces al día, e incluso por la noche, para reclamar su ración de comida. Con el tiempo, tal manjar llego a ser su único alimento.

Pasaron los años y la fortaleza de Lenox se deterioró, no pudendo alimentar correctamente a la mascota de su adorada Ama. Lady Lena, afligida encontró una solución.

- Querido esclavo mío. Con el tiempo he llegado a apreciarte mucho más de lo que mereces. Me has servido bien y te he compensado siendo una buena dueña. He colmado todas tus aspiraciones. Tu descendencia satisface mis apetitos. Tu fortuna ha servido para mi comodidad material. Tu semilla  ha nutrido a mi querida perrita. Pero aún voy a ser más benevolente, contigo, esclavo. Y por lo que voy a hacer no me des las gracias, pues mi magnanimidad es divina como sabes y mis actos, benévolos o crueles son para mi satisfacción.

Lady Lena llamó a su médico personal. En su fantástico jardín, junto a Safo, que le lamía dulcemente la entrepierna, observó con deleite como el cirujano castraba a su esclavo, librándole de aquellos apéndices que ya habían perdido su utilidad. Luego de curado, le dijo:

- Esclavo, voy a dar una última misión a los atributos nobles que aún conservabas. Tus testículos, hasta ahora inútiles, servirán para nutrir a mi querida mascota. Siendo así te doy el goce supremo de ver como tus miserables despojos no son desperdiciados, sino nuevamente ennoblecidos al servir de alimento a mi propiedad.

Diciendo esto, los dio a su perrita que, delante de Lenox, los devoró con exquisito deleite. Para colmar su divina misecordia con el esclavo y habiéndole prometido no desperdiciar su antigua nobleza, le ordeno comer los excrementos de la perrita durante una semana para asegurar tal extremo.

Dicen los que les conocieron, que el antiguo conde, con los años, no tenia ya aquella mirada melancólica de su juventud. Sus ojos reflejaban una felicidad infinita y de su boca, en momentos de soledad sólo salían una pocas palabras: Lady Lena, adorada Ama...
 

Wallyhal                   22 de septiembre de 2002
 

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