"Cosquillosicas son todas; mas, después que una vez consienten la silla en el envés del lomo, nunca querrían folgar", Auto 03, folio, 22, 16, La Celestina, Fernando de Rojas, Editio Princeps, Burgos, 1499.
En castellano actual podría decirse: Juguetonas lo son todas, pero la que consiente en dejarse domar nunca puede prescindir ya de ese yugo. Este es un relato verídico de mi relación con una chica que se dejó domar.
¿Qué te ha parecido la película? le pregunté a ella cuando salíamos del cine. Estuvo unos instantes meditando su respuesta antes de exclamar "uf, muy fuerte, pero ... no sé, tiene un atractivo, supongo que hay que ser valiente o, que sé yo: me pregunto qué se sentirá". Acabábamos de ver "Historia de O" aprovechando que mi mujer había salido esa tarde de compras y después iría a cenar con un grupo de amigos y amigas suyas. El film, basado en la novela de Pauline Reage del mismo nombre y escrita en 1977, aborda los momentos en que una mujer se inicia en un club privado de relaciones sexuales en el que ellas no pueden negarse a ningún deseo de los miembros de ese club que las poseen.
Maribel era una compañera mía de trabajo y amiga también de mi mujer desde hacía ya bastantes años. La había invitado al cine y en mi mente llevaba preconcebido un plan más extenso para la ocasión. Nos teníamos confianza. Sabía que ella todavía no se había acostado con ningún hombre y, por mi parte, yo necesitaba comprobar que era capaz de conquistar a alguna mujer pues, a pesar de llevar algunos ya casado, no había tenido muchas oportunidades anteriormente. Cuando le invité a venir a nuestra casa ella no opuso la menor objeción lo cual me confirmó que en su mente anidaba también una cierta posibilidad tan secreta como anhelada.
Hablando por mí, y a no dudarlo, creo que también por Maribel ese espacio de tiempo que duró el corto trayecto hasta mi casa se mantiene en mi recuerdo como un racimo de minutos excitantes: dos personas que se sienten libres y adultas han tomado la decisión de entregar sus cuerpos sin que haya mediado aún una sola palabra. Uno habla y escucha al otro pero desde un estado en que el pulso se ha acelerado, la carne se encuentra excitada porque barrunta que va a recibir su indispensable ración de placer y la cabeza maneja la certeza de que las cosas no van a ser después igual que antes. Impactados por las situaciones y escenas de la película nos íbamos atreviendo a desmenuzar y rememorar las imágenes presenciadas así como los caracteres de sus protagonistas mientras nos dirigíamos a mi casa donde ella había estado ya en numerosas ocasiones si bien nunca solos nosotros dos. Nos sentamos espontáneamente el uno al lado del otro en el mismo sofá charlando mientras tomábamos una bebida depositando una mano sobre su rodilla para hacerle llegar de forma aún más clara el mensaje de porqué estábamos los dos entonces y allí.
El hecho de que ella no hiciera el menor gesto por evitarlo me cercioró de que ambos nos encontrábamos en la misma onda y en el primer silencio de la conversación la besé. La pasión tomó el relevo de la tímida tentativa inicial y al poco nuestras lenguas, nuestros labios, nuestras bocas y nuestras manos empezaban a explorar con ansia la piel desconocida, deseada del otro. La conduje a nuestro dormitorio, la desnudé e hicimos el amor.
Desde la distancia del tiempo transcurrido mi memoria evoca ahora aquellas horas de nuestro primer contacto como excitantes en un grado superlativo. Radiantes y teñidas de pura vitalidad. Alejadas de cualquier sentimiento de culpa: la relación entre nosotros dos y respecto a mi esposa y amiga suya no se alteró en lo más mínimo. La vida siguió igual o mejor que antes, y digo mejor porque a aquella ocasión le siguieron otras plenas de imaginación y de sentimiento lúdico del sexo.
Pasadas algunas semanas, le propuse a Maribel volver a vernos pero esta vez en el apartamento de que ella disponía y en el que vivía sola e independiente. Accedió de buena gana y empezamos a compartir esporádicamente algunos ratos de sexo desinhibido y muy gozoso. Al poco se me ocurrió ir explorando algo del juego que habíamos visto en la película y que tanto nos había gustado. Así que el día que yo veía que los dos dispondríamos de un par de horas a la salida del trabajo, le escribía y le entregaba disimuladamente un papel en la oficina: "Esta tarde a las seis, ¿puedes?". Cuando posteriormente nos cruzábamos en algún despacho o pasillo ella, después de haberlo leído me hacía un gesto afirmativo si realmente tenía libre ese tiempo. A la segunda o tercera vez le puse un mensaje más incisivo: "Ábreme la puerta llevando sólo bragas y sujetador. A las seis y media".
Luego en nuestros encuentros le iba haciendo proposiciones cada vez más abiertamente eróticas.
- Me gustaría que siempre que estuviéramos tú y yo solos separaras las piernas y las mantuvieras abiertas en señal de ofrecimiento. - - Si eso te gusta yo no tengo inconveniente. Me resulta excitante. - - ¿Te masturbas pensando en mí, Maribel? - - Claro. Además me masturbo antes de que llegues a visitarme. Y después que te has ido también vuelvo a masturbarme. - - ¿Cómo lo haces? - - Pues con las manos o a veces con una pequeña toallita. - - Hazlo ahora, le dije.
Se tumbó sobre el sofá de enfrente abierta de piernas y mientras con la mano izquierda se acariciaba sus tetas y pellizcaba sus pezones, con la derecha tocaba su coño. Pronto empezó a restregar la yema de su índice haciendo círculos sobre la pepita de su clítoris mirándome fijamente. Abría la boca para respirar profundamente y empezó a agitarse, a contraer su rostro y enseguida a disfrutar los espasmos del abismo de placer carnal que había desencadenado en todo su cuerpo.
Asistir como espectador a la masturbada de una mujer es uno de los espectáculos más grandiosos que jamás haya presenciado. Siempre que puedo me lo proporciono y siempre lo vivo como si fuera la primera vez y fuera a ser la última.
De regreso a la calma, le propuse lo siguiente:
- ¿Te parece que hagamos un pacto? - - A ver qué clase de pacto ...! - - No decir nunca que no nunca a nada que nos preguntemos o nos pidamos el uno al otro relativo al sexo, siempre que ello no suponga un escándalo ante otras personas. - - Eso puede ser duro, no crees? - - Pero muy excitante. Nunca vamos a pedirnos salir desnudos a la calle, por ejemplo. O que le contemos nuestras intimidades a cualquier compañera de oficina, etc. No es ese tipo de cosas, claro. - - Si es así, de acuerdo. ¿Cuál es el problema? - - Ninguno, por supuesto. Yo ya he empezado pidiéndote que mantengas tus piernas separadas estando solos en cualquier circunstancia, incluso en momentos en que no estamos haciendo sexo para mirarte los muslos y las bragas si me apetece. También te he preguntado cómo te masturbas. ¿Ves?, es fácil. Por cierto, tú sueles llevar las bragas sueltas o ceñidas? - - Eso depende: a veces me las dejo de forma natural y en según que ratos, me gusta llevarlas muy ceñidas porque disfruto sintiendo que me oprimen ahí abajo, eso me resulta muy erótico y excitante. Bueno, ahora contéstame tú: ¿con qué compañeras de trabajo o amigas comunes te acostarías?
Yo le fui entonces enumerando, conforme a nuestro recién estrenado pacto, una por una las mujeres a las que deseaba en mis fantasías y que ella también conocía. Me pidió además que intentara describirle cómo me imaginaba que tenían ellas sus tetas, sus culos, sus coños, cómo lo haría con cada una de ellas y luego si deseaba a algún hombre: a esto último le respondí que a muy pocos, que se contaban con los dedos de la mano pero que sí, que deseaba a alguno de los que ambos conocíamos. Descansábamos así del ajetreo de nuestras exhaustivas sesiones de sexo y disfrutábamos a fondo con las sensaciones enriquecedoras de ir descubriéndonos mutuamente nuestros secretos más celosamente guardados. Ello nos daba alas en cuanto a sentirnos cada vez más libres a la vez que estrenábamos un sentido de dominio y posesión de otra persona que ni ella desde luego en su vida, ni siquiera yo en mi propio matrimonio habíamos llegado nunca a desarrollar: ni de lejos nos habíamos aproximado. Poco a poco la sensación de complicidad fue enorme a medida que atesorábamos mayores dosis de información, que aprendíamos a ponernos a disposición de los deseos del otro. Felicidad y placer nunca antes experimentados.
(A título de comentario y a modo de paréntesis en mi narración diré que esto y lo que seguiré describiendo puede parecer morboso a algunas mentalidades, más propensas quizá al aquí te pillo y aquí te mato o a batir récords de corridas, enculamientos, etc., pero no a mí, y puedo asegurarles que tuve años para reflexionar. Al contrario, lo viví y lo recuerdo como un bonito sueño, una experiencia gratificante e inolvidable que me marcó y me liberó de muchas inhibiciones que arrastraba desde mi infancia y adolescencia. Y eso se lo debo a ella, a nosotros dos. Lo describo con este relato en esta Web genial para entretenimiento de los que más o menos pacientemente vayan leyéndolo y a modo de modesto homenaje a una bella relación entre dos habitantes de este mundo siempre doliente pero siempre también gozoso. No creo que ella nunca llegue a leer estas líneas en las que se reconocería de inmediato pero al menos escritas quedan. Finalmente puedo decir que ello no mermó en absoluto el amor profundo que sentía por mi esposa. Para nada. Pero era otro orden de cosas, también magnífico y diferente).
Progresivamente los mensajes que le escribía para concertar alguna cita iban siendo más incisivos: "voy a follarte a las seis pero quiero que te masturbes pocos minutos antes de que llegue yo", "tragarás verga, puta: lleva sólo puesto medias con liguero y zapatos de tacón alto cuando me abras la puerta", "además de pintarte la cara de blanco te aguarda una sorpresa que ni te imaginas".
Ella sabía que en nuestros juegos había una constante que se mantenía siempre: nunca podía quedar completamente desnuda, como mínimo debía llevar al menos unos zapatos de tacón alto y una cinta en el cuello. Con lo que a mí me parecía un toque de ironía y de humor le había comentado que era una "indecencia" que las mujeres se desnudaran del todo para ser usadas. El vocabulario formaba también parte del juego. Insisto en lo de que todo no era más que un juego porque ni qué decir tiene que sentía por ella un gran respeto, o mejor, un gran cariño. Y ella lo sabía, y porque lo sabía disfrutaba siguiendo el juego. Así pues, avanzando un poco más en él comencé a mencionar la palabra esclavitud: ¿te gusta ser mi esclava sexual?, o bien "vamos, deprisa, una esclava debe ser más diligente ...!"; " una puta puede negarse a algo si no está de acuerdo con su cliente, tú ya sabes que no puedes negarte a nada", "quiero que te sientas orgullosa en relación con tus hermanas o amigas, o cuando vas por la calle: poquísimas mujeres tienen la valentía de dejarse esclavizar como tú", etc.
Una tarde que le había prometido esa sorpresa se encontraba intrigada y al poco de presentarme me interrogó sin poderse contener:
- ¿Una sorpresa? - - Oh, sí, vas a ser azotada porque a las esclavas ya sabes que con frecuencia se les hacía azotar. - - Ni hablar! Bueno, perdón, eso será sólo si no me rebelo, supongo. - - Supones mal: en primer lugar, tenemos un pacto y después, comprende que te es muy necesario para completar tu liberación y alimentar nuestro sadomasoquismo, tiene muy mal cartel pero no debe ser tan malo como la sociedad establecida quiere hacernos ver. ¿No crees? - - ... pero es que ... me va a doler ...! - - Por supuesto. Pero tiene mucho morbo y puede ser muy excitante. Lo haré de tal forma que no temas nunca cada vez que llegue el momento. No te preocupes. - - ¿Una o más veces? - - Qué gracia: será siempre que venga a usarte. Ven, vamos a probarlo. Ponte aquí de pie.
La hice pasar a otra habitación diferente de la que estábamos. Iba algo asustada. La coloqué de espaldas a un armario empotrado, no llevando puesto más que las medias sujetas por el liguero, las braguitas y sus inseparables zapatos y cinta alrededor del cuello. Tomé un cinturón de goma de su propio ropero y le expliqué cómo iba a recibir cinco correazos en su bajo vientre y pubis, otros cinco en la cara interior de sus muslos muy próximos a su coño para terminar, dándose la vuelta y de espaldas a mí para poder darle cómodamente otros cinco en cada una de su hermosas nalgas. Estuve un buen rato acariciándole esas deliciosas zonas que tanto placer nos proporcionaban, le separé las piernas, le bajé algo las bragas para dejar bien al descubierto su rizado y muy escaso vello púbico y le coloqué las manos en su nuca echándole hacia atrás los codos para que quedara bien ofrecida y expuesta con la advertencia de que sólo se moviera de esa posición cuando yo mismo se lo indicara. Me retiré un poco a un lado suyo echando mi brazo hacia atrás y le descargué el primer golpe precisamente sobre su vello púbico, justo encima del inicio de su hendidura. Se dolió con un gesto mitad sorpresa, mitad de daño pero aguantó firmemente. Estuve unos segundos mirándola: en aquella posición en que tantas veces habría de colocarla en el futuro, entregada al juego, gozándolo, prostituida para mí. Yo medía bien la intensidad de tal forma que fuera muy soportable pero no precisamente una caricia. Así continué contando el número de correazos, despacio y en voz alta, según le había anunciado hasta cumplir con el plan. Al terminar nos abrazamos y nos besamos profusamente. Le dije: como ves no ha sido para tanto; además tú lo necesitas mucho, cariño; para cuajar más aún tu mentalidad, cielo: en adelante, las próximas veces que venga a tu casa para servirme de ti, llegado el momento te diré "tráeme la fusta, y tú te colocarás en este mismo sitio esperando un rato hasta que yo venga para darte los fustazos en las zonas y en el número de golpes que antes te haya especificado". A lo cual ella sonriendo con picardía no disimulada respondió "sí, mi amo ...".
Maribel era una mujer de unos treinta y pocos años, grande y hermosa. Tenía un cuerpazo de buenas proporciones si bien sus tetas no eran nada voluminosas y muy juveniles, nada caídas. Su chocho, bastante abultado, le sobresalía y era muy cómodo de agarrar por sus labios exteriores; apenas cubierto de una mata muy, pero que muy escasa de pelitos castaños finos y poco largos que permitían trasparentar perfectamente la blanca carne de su pubis y, desde luego, el corte de su raja vertical, bastante ancha pues ella era algo rellenita. El culo era bastante grande y redondo: yo pasaba excelentes ratos tocándoselo con la mayor lascivia de que era capaz mientras le decía groserías que a ella le deleitaba escuchar a juzgar por su cara de delectación: cerraba los ojos para concentrarse en lo que le iba diciendo. En una ocasión le mostré una baraja de naipes con imágenes pornográficas y le pedí que me fuera narrando lo que veía en cada carta con las palabras más soeces que encontrara y empezando siempre con esta frase "ésta es una puta como yo a la que le están ...". Era un placer muy sibarita escuchar de sus labios aquellas palabras tan desinhibidas, ella que jamás en su vida se había atrevido a decir ni siquiera una palabra mal sonante: "esta es una guarra como yo a la que le están metiendo un pedazo de verga por el agujero del culo", "y estas otras dos, zorras como yo, se están comiendo su chumino de putas la una a la otra" o "aquí se ve a una puta, que es lo que yo soy, tragando el engrudo de ese tío que se está corriendo de puro gusto en su boca", etc. Y para que todo resultara más verídico, desde hacía algún tiempo yo me había impuesto la obligación de pagarle cada servicio sexual que me tomaba de ella: el dinero era más un simbolismo para que se sintiera más prostituida. Por supuesto que tuvo que aceptar también esa condición o capricho mío: quién se lo hubiera dicho poco antes, ella cobrando por mantener relaciones sexuales!
Como teníamos hecho el pacto de nunca decirnos que no a nada, con frecuencia nos hacíamos preguntas de nuestra vida íntima, sobre cómo, dónde, cuántas veces nos masturbábamos, a qué personas habíamos visto desnudas, o cuáles eran nuestras fantasías eróticas. Pensábamos que el sexo no se limitaba, ni mucho menos, a meter y sacar. Fue así como me confesó que había tenido una ligera relación con uno de sus hermanos, cuando tenían unos catorce años, y es que no sabiendo qué idear para verse desnudos y satisfacer su mutua curiosidad, jugaron a construir con sus cuerpos completamente desnudos conjuntos esculturales en que sus mismos cuerpos hacían de estatuas en las más variadas posiciones.
- ¿Y os rozabais? - - Hombre, pues claro. En algunas poses nos apoyábamos el uno en el otro, nos sujetábamos y nos sosteníamos. - - Los dos teníais ya mata de pelo en vuestro sexo ... - - Por supuesto que sí, muy abundante. - - Eso os excitaría, no? - - Claro, claro. No nos atrevimos a nada más pero yo empecé a humedecer y a mi hermano, al poco de estar jugando, se le puso la polla tiesa y dura. Yo aprovechaba para darme el gusto de mirársela y él no quitaba ojo de mi coño, de mis tetas, mis muslos, mi culo ... estábamos muy impresionados de ver todo lo que hasta entonces habíamos tenido buen cuidado de ocultar. Y las poses que planeábamos iban orientadas precisamente a mostrar nuestro cuerpo el uno al otro lo más que podíamos. - - Lástima, me hubiera gustado estar allí. Y os quedasteis en eso ...? - - Sí. Pasar a follar era para nosotros un tabú insuperable. - - ¿Cuál es la fantasía que más se repite en ti? - - Creo que es hacer el amor en una piscina: estoy sola con un hombre, se acerca, se me insinúa y yo me dejo. Me quita el bañador y allí mismo me penetra. - - Maribel, te voy a hacer una proposición. Dentro de quince días viene Alberto -un amigo común nuestro- y quiero ofrecerte a él para que se satisfaga contigo. - - ... (se quedó algo pensativa). - - ¿Y bien? ... - - Sabes que no puedo negarme, si tú has decido eso, me desnudaré para que me use. Además él me cae bien y me gusta su cuerpo. - - No estará él sólo: vendremos los dos a gozar de ti. - - Mejor aún. Lo prefiero. - - Eres encantadora. Además de una magnífica esclava sexual eres un tesoro. Te voy a hacer una pregunta: ¿tú crees que mi suegra, a la que conoces bien, se masturbará para aliviar su viudez? - - Segurísimo: cualquier mujer lo hace y más si ha estado acostumbrada al sexo con un tío. ¿Te interesa ella sexualmente? - - Pues sí. Fíjate lo que son las cosas. Me gustaría tirármela, me atrae. - - Pues adelante, chico. Es delicado pero por intentarlo ... No te quedes con las ganas. - - Me da corte, pero de momento ya me estoy exhibiendo ante ella llevando solo un slip muy ajustado del que previamente he tenido buen cuidado de sacarme vellos cuando no está mi mujer cerca. - - Qué valor! Me gustas por eso entre otras cosas. - - ¿Entre qué más cosas? - - Pues que estás buenísimo, ja, ja, ja. Y que tienes un estilo, que sabes estar y eres seductor, que tienes unas bonitas piernas y manos. Bueno y una polla muy hermosa. Sí, es muy hermosa!
Este tipo de conversación era también todo un gozo: un gozo no muy frecuente de conseguir con casi nadie.
Normalmente a mí me gustaba ordenarle que esperara casi desnuda en su apartamento a que yo llegara. Pero otras veces le pasaba una nota diciéndole que estuviera con un vestido de falda y con las bragas tan ceñidas como pudiera. Entonces, cuando llegaba y salía a abrirme, no le daba ni el beso normal de saludo sino que pasaba directamente a sentarme al sofá y comenzábamos charlando de cosas intrascendentes hasta que llegado un momento le decía, "ponte en postura de violación". Ya ella sabía perfectamente qué hacer: se levantaba en silencio colocándose de pie en medio de la sala, separaba mucho las piernas y las flexionaba un poco además de llevar las palmas de sus manos a la nuca y sus codos bien hacia atrás. Yo me le quedaba un rato mirándola y diciéndole las mayores obscenidades que se me ocurrían hasta que me situaba frente a ella en pie y sin más le introducía mi mano por debajo de su falda hasta llegar al vientre y acto seguido le metía la mano por dentro de sus bragas para alcanzarle y abarcar la totalidad del triángulo curvado, surcado de arriba abajo por la brecha de su chocho que acariciaba con todas mis ganas hasta que ella, no pudiendo soportarlo más, se corría bestialmente en esa postura de la que no podía moverse hasta que yo mismo no se lo permitía. Ese era mi primer contacto con su carne.
El final de nuestros encuentros era simple: yo le decía que se fuera a su habitación y me esperara arrodillada en la cama y con la frente sobre la almohada. Me gustaba mantenerla en esa postura durante un par de minutos hasta que llegaba y sin mediar palabra me situaba de pie a su lado, le agarraba bien del chocho sin miramiento alguno y se lo sobaba a placer mientras ella estaba muy abierta de piernas y con su culo en pompa, ambos agujeros bien ofrecidos. Le restregaba la mano por la raja y le masajeaba de forma especial el clítoris sin descuidar el hermoso canal trasero bordeado por sus abultadas y sensuales nalgas mientras le decía las frases más soeces y lujuriosas que era capaz de inventar sin el menor reparo por lo que decía: me sentía libre y dueño de su cuerpo. Por supuesto que ella se corría irremediablemente: se corría cuatro o cinco veces en cada uno de nuestro encuentros. Luego la tumbaba, apuntaba mi verga y la penetraba de un solo golpe, sin miramientos, la cabalgaba salvajemente y me iba en su interior deleitosamente hasta que vaciaba en ella hasta la última gota de mi leche merengada.
Por fin llegó el día en que Alberto y yo llamamos al timbre de su puerta. Estábamos azorados los dos -o mejor los tres- pues ninguno había participado nunca en un trío. Así que salvamos los saludos de rigor como buenamente pudimos y yo me senté al lado de Maribel poniendo una mano sobre uno de sus muslos de forma ostentosa para marcar el propósito con que nos habíamos reunido allí. Ella lo aceptó y después de algunas frases intrascendentes yo me empecé a desnudar invitándoles a ellos a hacer lo mismo. Nos tumbamos los tres de costado sobre una alfombra en el suelo, Alberto por detrás de ella y yo por delante. Se hizo un silencio y comenzamos a acariciarla: ella se dejaba sumisamente. Disfrutábamos el juego. Tuve que tomar la mano de Alberto por encima de ella y colocársela sobre las tetas de Maribel pues lo notaba demasiado tímido; de hecho no se había quitado el slip pero notaba cómo se pegaba a ella y le daba golpes con su pelvis sobre las nalgas mientras yo le sobaba el coño. En un momento dado yo le metí a él la mano por dentro del slip y le acaricié brevemente los cojones: el contacto con su pelambrera, con la redondez tibia, dura y a la vez blanda de sus huevos es una sensación inolvidable que me acompaña siempre. La primera y única vez que he tocado a un hombre y he de decir que muy satisfactoriamente. De pronto él empezó a culear fuerte contra ella agarrándola por la cintura y nos dimos cuenta de que se había corrido. Entonces yo la coloqué con la espalda en la alfombra, me monté sobre ella y la follé mientras él, ya relajado, asistía a nuestro mutuo placer. Luego nos despedimos muy amistosamente.
A esos encuentros siguieron otros y otros más, ya siempre ella y yo solos. Pasado un tiempo me confesó que estaba enamorada de mí y que se le hacía insufrible tenerme y no tenerme. Además nos cambiamos de trabajo. Nunca más nos hemos vuelto a ver. Pero nada en la vida es eterno. Dura lo que dura. Y es bueno.
Ella constituye una excepción a
la aseveración de nuestra Celestina con que comencé este
relato: probó la silla en el envés de su lomo pero fue capaz
de renunciar a él para poder seguir respirando.