DOMINCAION SOBRE RUEDAS
 
Relato enviado por Pablo
atracionfatal@hotmail.com
 
Son las 22.00 horas de un día entre semana, un miércoles, por ejemplo, y tomo el autobús que me lleva a casa, a 15 Km. de Madrid. Es un día nublado de invierno, aunque no llueve, afortunadamente, ya que la lluvia hace que se ponga todo perdido de barro y suciedad. Todo está oscuro fuera a excepción de las luces de las farolas y la iluminación del autobús. Subo al autobús, miro a ver qué tipo de pasajeras hay y veo a una mujer preciosa, muy guapa, de porte distinguido, muy esbelta, todo lo cual llama poderosamente mi atención, tanto que no puedo sustraerme a su influjo, me siento magnetizado, arrastrado hacia donde ella está. Así pues hacia ella me dirijo, paso por su lado y miro su cuerpo
concentrándome en sus piernas. Lleva una blusa de color beige entreabierta ligeramente mostrando un cuello torneado y seductor, falda marrón claro por la rodilla y con un mínimo vuelo y botas marrones a juego. Está cruzada de piernas y no puedo apartar mi vista de sus botas. Son de color marrón tostado, hasta la rodilla, acaban en puntera, el lomo no es recto, es curvo y se adapta a su pies, el tacón es alto, fino, de salón, ancho en su base y estrechándose gradualmente hasta terminar en aguja. La falda se ha plegado un poco y muestra una rodilla estilizada, desafiante envuelta por unas sensuales medias claras con algo de brillo. En su conjunto la visión global es demasiado tentadora como para dejarla pasar. Nada más echar la primera mirada, al pasar, siento un ligero cosquilleo en mi pene, cosquilleo que va en aumento al reparar en los detalles, el pene se va convirtiendo en verga y noto cómo se endurece por momentos. No tengo voluntad, soy un esclavo de mis deseos, no puedo sustraerme a algo tan tentador.

La cuestión es qué hacer, ¿cómo aprovechar este regalo en un autobús? Pienso que es realmente difícil hacer algo sin que ella se dé cuenta, por lo tanto, descarto sentarme a su lado. “Bueno, por lo menos, me situaré en otro asiento, cerca de ella, y me haré una paja mientras la miro. Me tendré que conformar con eso, ¡¡qué le vamos a hacer!!” Busco algún lugar en que sentarme y .......¿Qué veo? ¿Será verdad? ¡¡No es posible tanta suerte!! No hay nadie sentado detrás. Ella está sentada a la altura de la puerta de salida y ¡¡la parte de atrás está vacía!!  Doy gracias al cielo, ya que, mi retorcida mente acaba de idear un plan para beneficiarme de ese regalo divino, esa visión enloquecedora que está allí, a mi alcance.

Me voy tres hileras de asientos hacia atrás, me siento en el que está pegado a la ventanilla. Miro por encima de los respaldos para ver si no hay nadie mirando o algo inusual y sonrío satisfecho. Todo normal. A continuación me pongo de rodillas con la cara pegada al respaldo de delante, me contorsiono no sin alguna dificultad y, ladeando un poco mi cuerpo entre los dos asientos consigo deslizar mis piernas por debajo de mi asiento y, retrocediendo por debajo, acomodo mi torso y luego la cabeza por debajo de mi asiento. En este momento estoy tumbado por debajo de la hilera de asientos donde impera esa fantástica visión. Voy reptando lenta y sigilosamente, paso por debajo de una hilera, dos y, estoy a sus pies. Me tengo que colocar la polla porque está tan dura que me estorba, “a ver, así, ya está.” La he ladeado un poco para poder ponerme boca abajo. Veo la parte trasera de las botas pegadas al asiento con esos maravillosos y sensuales tacones. Extiendo mi mano derecha y empiezo a acariciar el tacón con los dedos, “uuuuhhhhmmmmm, queee suaaveeee”, ahora paso toda mi mano por la parte de bota que se ve, “arrriiiiiibaaaaaa y aaabbbaaaaajooooo, ¡¡aaahhhhh, que placer!!” Ahora ladeo mi cabeza y, metiéndola debajo del asiento, alcanzo con dificultad a dar pequeños lengüetazos al tacón izquierdo y un poco por encima de la base del tacón. Querría poder hacer más pero es físicamente imposible. Hago retroceder mi cabeza y “¡¡uufffff, por poco!! La dama acaba de cruzar sus pies y echarlos hacia atrás, ¡¡casi me pilla!! Sin
embargo, ahora me doy cuenta de que sus tacones están al alcance de mi boca, así que vuelvo a ladear la cabeza, me introduzco nuevamente debajo de su asiento y esta vez chupo sus tacones con avidez “aaaaahhhhhhh, ¡¡que bueeenooosss, saben a ambrosía, me transportan!! Hago un esfuerzo para acariciar la parte visible de su bota, con tan mala suerte que se me va la mano y noto que....... ¡¡lo ha percibido, lo ha notado!! Sus pies se van hacia delante. Desencajo mi cabeza para retroceder. ¡¡Demasiado tarde!! Ha mirado por debajo y veo su cara de sorpresa, de perplejidad de ver ¡¡una cabeza debajo de su asiento!! Se pone en pie y sale de su asiento. Está de pies en el pasillo. Yo, con el corazón a 500, pura cascada de adrenalina, mi corazón convertido en una turbina inyectora, reculo e intento retirarme discretamente pero, la verdad es que estoy lívido. Estoy en medio del hueco de mi asiento pensando en maniobrar para incorporarme cuando, de repente, noto algo puntiagudo en mi cuello, me aprieta, me hace daño, ¿qué podrá ser? Miro de reojo y veo tu tacón oprimiendo mi cuello. Sí, tu tacón por que tú eras esa reina, esa aparición divina en un mundo terrenal. Parece ser que habías pensado avisar al conductor pero, luego, reflexionaste y, divertida, decidiste sacar partido de la situación. Ahora estás pisando mi cuello, mientras te inclinas un poquito y me dices en voz baja: “Alto, perro, párate en seco o sufrirás las consecuencias” Aunque quisiera moverme no podría, estoy petrificado. Te sientas en el asiento y, tirándome fuertemente del pelo, me ordenas que me dé la vuelta y quede tumbado en el suelo cara arriba. Lo intento pero mi cadera no gira entre los asientos, entonces me ordenas: “recula, sal y vuelve a entrar boca arriba”. Estoy totalmente desorientado, no sé ni lo que hago pero obedezco como un autómata, como un zombi, sin saber lo que va a pasar. Tú, sin embargo, estás muy tranquila, algo excitada quizás por lo extraordinario de la situación, pero una sonrisa maliciosa e inquietante se dibuja en tu boca.

 Por fin reculo hasta los asientos de atrás y, sacando las piernas por el pasillo, puedo salir, girarme y volver a entrar esta vez boca arriba. Estoy dejando el suelo del autobús totalmente limpio y reluciente con tanto arrastrarme. Por fin llego a donde estás tú, asomo la cara y te veo, preciosa, elegante, majestuosa. Me quedo inmóvil, como una piedra, pendiente del más mínimo de tus movimientos. El siguiente diálogo tiene lugar:

Mi Ama:                      “Qué hacías cerdooo, “estás mal de la cabeza o qué?”

Vuestro perro:              “Sólo pretendía tocar tus fabulosas botas, no me he podido aguantar, perdóname, por favor”

Mi Ama:                      (dándome un puntapié con la puntera y pisando mi cara) “Cómo qué “tus”, ¿como osas tutearme, perroo? Si quieres salir bien parado de ésta dirígete a mí, como Ama o Señora, ¿lo entiendes cerdoo?

Vuestro perro:              “Sí, Mi Ama, gracias Ama, lo entiendo perfectamente”

Mi Ama:                      “Así que, ¿te gusta lamer botas, ehh, perro vicioso?”

Vuestro perro              “¡¡Oh, me vuelve loco, Mi Señora, me transporta!!

Mi Ama:                      “Ya te voy a transportar yo a ti, ¡¡a los infiernos!! Muy bien, vas a lamer las suelas de mis botas, dejándolas limpias, ¿entendido?”

Vuestro perro:              (dando gracias por mi suerte) “Clarísimo mi ama, ahora mismo”

Empiezas a pasar la suela de tus botas por mi boca. Las beso y lamo con frenesí, repentinamente introduces en mi boca uno de tus tacones. Te lo agradezco infinitamente (mi polla parece una escalera de bomberos elevándose para apagar mi fuego, me molesta, choca contra el asiento que está sobre mí). Toco tu tacón mientras lo chupo. De repente noto un fuerte bofetón entre mi mejilla y mi nariz, mis gafas salen disparadas.

 Mi Ama:                      “¿Quién te ha autorizado a poner tus sucias zarpas de perro apestoso sobre mi cuerpo?”

Vuestro perro:              “Perdón, Ama. Yo creía.....” (me callas poniendo tu bota sobre mi boca y apretando fuertemente. ¡¡Me duele!!, aunque reconozco que también siento cierto placer)

Mi Ama:                      “Tú no crees nada, ¿entendido, cerdo? Eres mi perrito y harás lo que te diga cómo y cuándo yo te lo diga, ¿te ha quedado claro?”

Vuestro perro:              “Sí, Mi Ama, claro y cristalino como el agua”

Mi Ama:                      “Bien, ahora te vas a incorporar y te vas a quedar sentado entre mis piernas”

Me incorporo, quedo sentado entre tus piernas, te subes la falda y veo unas elegantes y sensuales braga negras de encaje con el borde de terciopelo negro. Me quedo hipnotizado mirándolas, ensimismado, deseando hacer sólo una cosa, pendiente de tus órdenes. Como por arte de magia te las has quitado, liberándolas de ambos lados de tu cadera y la visión que aparece, de repente, ante mis ojos es indescriptible. Si hay edén se debe de parecer a esto, un volcán, abriéndose y cerrándose atrayéndome más y más con cada palpitación. Mi mente me está diciendo “por favor, que me lo pida ya, que me lo diga, por favor mi ama, dadme la orden”

Mi Ama:                      “Ya veo que te mueres por que te de la orden que esperas. Veo en tu cara dibujado el deseo y en tus ojos la lujuria dignos del perro más rastrero y ruin”

Vuestro perro:              “Sí, Señora, gracias Mi Ama. Con vuestra divinidad leéis en mí como en un libro abierto. Anhelo, necesito vuestra orden, por favor, Mi Dueña”

Mi Ama:                      (Os reclináis, acomodándoos, relajándoos y ponéis vuestro coño en el borde del asiento, justo ante mi boca) “Chupa, cerdo, chupa como el perro mísero y ruin que eres. ¡¡A ver si es verdad que, por lo menos sirves para hacer gozar a tu ama!!”

Vuestro perro:              “Sí, mi Adorada Señora, tenéis razón y este indigno perro se esforzará al máximo por satisfaceros y ser digno de esta oportunidad”

Incapaz de poder contenerme por más tiempo me abalanzo a tu clítoris, siento su calor, me abrassssoooo, chupo el néctar que fluye de tus cavidades, está templado, es agradable, jugueteo con la punta de mi lengua por tus pequeñas cavidades. De vez en cuando oigo algún que otro susurroo. Sonrío satisfecho. Parece que voy bien. Ahora empiezo a pasar toda la superficie de mi lengua arrrriiiiiibaaaaaa y aaaabbbaaaaajooooo por todo tu coño –oigo tus quejidos de placer—sigo ahora con el torso de la lengua por tu pubis para volver a bajar. Estoy introduciendo la punta en tu vagina, noto tu mano en mi cogote, me estás aprrreeettaaannndoooo hacia dentro, hacia tu gruta mágica, me ahogo....... de placer. Ahora empujas mi cabeza con tu bota. Te sigues lamentando hasta que, de repente, sale tu suave y delicioso néctar, tu respiración es más profunda, relajada y quedas satisfecha y a gusto. Yo ahora, estoy apoyado en el respaldo, sentado en el suelo, mirándote, mendigando mi hueso, expectante. De repente me hablas:

Mi Ama:                      “He de reconocer que no ha estado mal. No esperaba yo, ni por lo más remoto disfrutar así en un sitio tan inesperado. La verdad es que ha resultado muy excitante y ha sido todo gracias a ti, por lo tanto, te voy a recompensar largamente y, en contra de mi costumbre, dejaré que mi esclavo pueda elegir: ¿Cómo te gustaría que acabase tu dominación?”

Vuestro perro:              “No doy crédito a mi inmerecida suerte, Mi Señora, me atrevería a suplicaros que me dejaseis lamer y acariciar vuestras sensuales y eróticas botas, mientras me masturbo. ¿Me lo concederíais?”

Mi Ama:                      “Mucho pides, cerdo. Pero estoy contenta y, por lo tanto, te lo concedo, pero ¡¡no se te ocurra acariciar mi cuerpo sin autorización!! ¿Te queda claro, gusano?”

Vuestro perro:              “Sí mi ama, con la claridad de vuestra perfección”

Mi Ama:                      “Bien, pues ¡¡adelante, chupa y saca brillo a mis botas, como el auténtico perro y lacayo vicioso que eres!!

No hubo que repetirlo, mi Ama subió sus botas para que quedasen a la altura de mi boca y yo me recreé introduciendo su puntera en mi boca mientras acariciaba sus tacones y metía mis manos entre los tacones y la suela. Luego subía mi lengua por sus delicados lomos e iba hacia la parte de atrás, intentaba llegar a los tacones pero no podía. Te miraba para ver si te apiadabas pero no te dabas por aludida. Seguía pues lamiendo la parte de la pierna y acariciando su parte de atrás con mis manos. Me llevé la mano a la polla para masturbarme, empecé y de repente noté como me pisabas la mano. Te miré y ordenaste, “quita la mano”. Obedecí y, ¡¡Oh placer de dioses, oh, gran misericordia!! Estabas pisando mi pollón con tu bota mientras me metías el tacón de la otra en la boca. Yo acariciaba tu bota mientras estaba en mi boca y lamía y chupaba con avidez tu tacón. Metías y sacabas el tacón como si me estuvieras sodomizando. Pisabas cada vez más fuerte mi polla, hasta que, por fín, ¡¡¡Aaaaaaaahhhhhhhhh, el exxxttaaasssssssiiiiiiiiisss!!! ¡¡UUUUUfffffffffffffff, uuuuuuuuhhhhhhhhmmmm!! que maravilla!! Dijiste: “Has disfrutado como el cerdo y gusano asqueroso que eres, pero ahora hueles fatal y me asqueas. Me pondré las bragas otra vez y me iré. Toma este pañuelo de papel y limpia mis botas de arriba abajo mientras me pongo las bragas. No quiero ver ni una sola mancha”

Hice lo que me ordenaste y, cuando acabé, te levantaste y te fuiste a tu sitio. Yo, todavía más extraviado que otra cosa, salí de allí como pude, me arreglé la ropa lo mejor que pude aunque, la verdad, parecía un pordiosero. Todo sucio del suelo, manchas por todas partes, oliendo mal. No importaba había merecido la pena. De repente, se me vino algo a la mente. No podía dejar pasar la oportunidad de solicitar tu servicio. Me fui al asiento de atrás me senté y te pregunté: “Mi señora, ¿habría alguna posibilidad de obtener vuestro favor?” Vos contestaste que te diera mis datos y, si te decidías, ya te pondrías en contacto conmigo. Lo hice, me fui hacia atrás del autobús y dejé que mi mente volara, soñando contigo, cuando quise reaccionar ya no estabas. Te habías apeado en la parada anterior y yo me había pasado de parada, tuve que bajarme y coger el autobús de vuelta, e ir 6 paradas hacia atrás.
 

Volver a relatos   Principal