EL ENCUENTRO
 
Como ya era habitual en este tipo de citas el encuentro se produjo en un pequeño local de la ciudad. Todo transcurrió con normalidad, en torno a un café las dos parejas conversaron de hechos cotidianos, comentarios acerca del viaje, del tráfico o del tiempo. Los cambios de peinado, de aspecto y, sobre todo, de las nuevas adquisiciones de ropa, calzado y cosmética, fueron los temas más aludidos. No faltó tampoco la habitual mención a los planes vacacionales, que ya se avecinaban, y a comentarios relacionados con las aventuras vividas por cada una de las dos parejas después de su último encuentro. En medio de la gente que casi llenaba la cafetería nadie podía imaginar que debajo de cada mirada, de cada gesto, de cada movimiento, se percibía un nerviosismo dulce, como un perenne escalofrío, que mantenía a una temperatura constante la excitación de cada uno de las cuatro amigos que ocupaban esa última mesa del bar, situada justo al fondo del local, a apenas dos metros de la vitrina que los aislaba de la calle.
Cuando se acabaron los cafés y ya no había casi qué contar (aunque lo hubiera). Cuando comenzaron los supiros. Cuando las miradas de complicidad seguidas de sonrisas torpemente disfrazadas de inocencia se hacían más numerosas, una sutil orden hizo irrupción de manera providencial. Rebeca, que desde hacía dos semanas había creado las condiciones del encuentro, pactando los roles que les correspondían a cada uno de sus tres acompañantes, rompió el hielo formado durante esos últimos y eternos segundos de silencio de un modo sencillo, escueto y tajante:
- Vámonos.
Agradecidos por la acertada decisión, sus tres acompañantes respondieron con una abierta sonrisa. La mujer que había orquestado las condiciones de la reunión se erigía ya desde el primer momento como Dueña y Señora de la situación.
De nuevo la conversación tomó fluidez durante el trayecto a casa, y la tranquilidad, no exenta de ese constante hormigueo cupidiano, volvió a ser la tónica reinante a lo largo del breve paseo. La orden de Rebeca apareció ante ellos como una estrella fugaz que guiaba de nuevo su camino sacándoles del desconcierto e infundándoles de golpe los papeles días antes acordados.
Rebeca procuró que Jota se adelantara y conversara con ella, mientras Laly y Ernesto les seguían de cerca. Al llegar al portal Rebeca se detuvo sin dejar de hablar con su compañero, pero sin hacer mención de buscar las llaves en el interior de su bolso. La fiesta había comenzado, algo que Ernesto entendió al instante precipitándose con su llave en la mano para abrir la puerta y permitiendo asi que Rebeca y Jota entraran en el portal. Ya dentro del inmueble el cruce de miradas se hizo descarado y se impuso un sumiso y respetuoso silencio. Rebeca, siempre llevando la iniciativa, tomó de la nuca a Jota y le besó en la boca. Laly y Ernesto hicieron lo propio. Rebeca, enroscando con el brazo la espalda de Jota elevó su mano izquierda con altanería hasta alcanzar los rostros de Laly y Ernesto. A ambos les introdujo los dedos en la boca como muestra de poder y de dominio, a la vez que la pareja de sometidos se llevaba casi instintivamente las manos a la espalda. Evidentemente su entrega era total y esto llenaba de satisfacción tanto a Rebeca como a Jota, que en ningún momento disimuló su admiración por la capacidad de dominio de la que, a partir de ese momento, era su Maestra. De inmediato el tono de la conversación cambió hacia una postura más abiertamente severa e imperativa.
- Vamos subid, y no volváis a besaros sin mi permiso - determinó Rebeca, que de nuevo con sus labios buscó los de Jota para dejar otra vez bien claro quién era la que mandaba allí.
La puerta del apartamento ya estaba abierta antes de que la pareja de dominates llegara al rellano, pero ni Laly ni Ernesto osaron pasar antes que sus Amos. Poco después la puerta quedaba cerrada por dentro.
Del gran vano que separa la cocina de la salita colgaban dos cadenas desafiantes, sobre la mesita de la sala había una aunténtica colección de mosquetones y cadenas de todos los tamaños, para crear collares, esposas o grilletes de pie, además de una completa colección de penes de látex, un bote de las pinzas y las típicas herramientas de aplicación de castigo físico, como el látigo, la fusta y la vara, que tan solo una semana antes Ernesto había regalado a su Dueña, empujado, eso sí,  por la expeditiva sugerencia de Ésta, ya que las dos últimas las había roto aplicándolas sobre las grupas de su sumiso enamorado.
- Bájate los pantalones – ordenó Rebeca a su esclavo.
Ernesto obedeció al instante mostrando su pene desnudo y desprotegido. Jota observó con sorpresa que el esclavo no llevaba calzoncillos. Rebeca, loca de orgullo ordenó a su siervo que se desprendiera de la camiseta de forma que el rasurado púbico fuera más visible. Después le dio la vuelta y le obligó a inclinarse, mostrándole el culo igualmente afeitado. Rebeca buscaba los ojos de Jota para decirle con la mirada lo que era capaz de hacer con ese hombre tan ciegamente entregado a Ella. Después le dio una palmada en el culo y le ordenó que se desnudara por completo y que se pusiera de rodillas ante ellos. De inmediato se dirigió hacia la esclava Laly que permanecía inmóvil, con las manos echadas a la espalda y la mirada proyectada contra el suelo. Rebeca la rodeó de manera pausada pero soberbia a la vez. La neófita esclava sentía cómo su Ama la manoseaba con la mirada. Finalmente se detuvo detrás de ella provocándole cierta inquietud y desasosiego. Poco después las manos de la Dueña acariciaban sus caderas alzando suavemente la falda de la inmóvil sierva, de forma que pronto sus bragas quedaron por completo al descubierto.
- ¿Ha hecho esta putita los deberes? – preguntó Rebeca con voz suave pero                    amenazante, propia de quien se sabe dominadora absoluta de la situación, mientras la envolvía desde atrás con sus brazos, acariciándole el vientre y soplándole en uno de sus oídos.
De pronto la voz de Jota irrumpió en medio del silencio de manera cotundente, como si quiesera reclamar su parcela de protagonismo en la recién comenzada sesión. De hecho, Rebeca podría haber comprobado por sí misma si Laly había hecho los deberes pero no lo hizo porque esperaba una reacción de Jota. Una vez más la Maestra de la Dominación había conseguido su objetivo, había espoleado a su aventajado alumno para que se introdujera en su papel y se creyera el rol que estaba interpretando, el de aprendiz de Amo.
- Quítate las bragas – ordenó Jota, provocando la indisimulada satisfacción de Rebeca, que asomada por el balcón del hombro izquierdo de Laly, le obsequió con un acentuado guiño de complicidad.
Rebeca soltó el vientre de Laly y giró en torno a ella mientras ésta se despojaba de su prenda más íntima.
- Dámelas – ordenó Rebeca, cogiendo de inmediato las braguitas negras de la sierva y contemplando con gozo el pubis rasurado de Laly. Jota, crecido por su sorprendente inicio, le conminó con  la fusta, que acababa de coger de la mesa de la salita,  para que abriera las piernas y se mostrase así mejor ante su Señora.
- Así me gusta, que vayas limpita – decía Rebeca dirigiéndose de nuevo a la esclava con voz suave, hablándole casi al oído.
- Gracias Ama – respondió Laly mientras sentía cómo la mano de Rebeca le acariciaba el sexo ligera pero reiteradamente, le atravesaba el perineo y comprobaba cómo su culo había sido igualmente rasurado. Otra vez buscó la mirada de Jota para felicitarlo al tiempo que le instaba a que le siguiera prestando atención, pues, no en vano era su Profesora de Dominación y le debía respeto y obediencia.
- Estas braguitas están mojadas. Me gustaría saber quién te ha dado permiso para tomar placer de este modo – preguntaba amenazante, poniéndole en la nariz las braguitas humedecidas por el flujo, mientras que con la otra mano la tomaba con fuerza por el pelo – La próxima vez te azotaré – sentenció Rebeca.
- ¡Toma! – dijo de nuevo el Ama arrojando las bragas contra el cuerpo de su esclavo - ¡Póntelas! Hoy quiero hacer de ti una buena putita, una gran putita, y qué mejor manera de empezar que poniéndote las bragas usadas y mojadas de otra putita ¿no?
- Sí, Ama – respondió con respeto y sumisión Ernesto, a la vez que se enfundaba la prenda de Laly y volvía a arrodillarse.
- Arrodíllate junto al esclavo – ordenó Rebeca a Laly al tiempo que extendía un brazo sobre la nuca de Jota y le besaba en la boca.
- Si sigues así pronto te convertirás en un aunténtico Maestro de la Dominación.
Por primera vez Jota se sintió con autoridad para tocar a Rebeca, para abrazarla, para acariciar sus caderas y generosos glúteos mientras la besaba. Ella se dio cuenta y le obsequió con una sonrisa permisiva pero en absoluto complaciente. Después le invitó a contemplar el maravilloso espectáculo que le proporcionaban sus dos esclavos totalmente entregados y arrodillados a sus pies.  Sin embargo Rebeca no consintió que Jota deslizara las manos por sus sugerentes curvas durante mucho más tiempo. Al sentir que su alumno no cejaba en las caricias decidió reafirmar su Soberbia Autoridad recriminándole su debilidad ante el acecho del deseo y de las pasiones. Apartándole con suavidad las manos dijo:
- Debes obedecerme y seguir al pie de la letra todas mis enseñanzas, sabes que si quiero puedo castigarte como si fueras uno de ellos, y si lo considero necesario hasta puedo desposeerte del título de aprendiz y quitarte así todos tus privilegios. Por todo ello te aconsejo que actúes conmigo con el máximo respeto, tal y como mi autoridad lo requiere. De lo contrario, insisto, puedo volver a convertirte en un esclavo y hacer que cualquiera de estos dos ocupe tu lugar y se haga merecedor de tus privilegios – Rebeca miraba a Laly mientras pronunciaba estas palabras.
Desde hacía un tiempo la sumisión, la entrega y la belleza de esta esclava habían despertado la complacencia de Rebeca, que apenas la castigaba físicamente ni humillaba. Más bien, se sentía inclinada a desnudarla y acariciarla con la mirada y, por supuesto, también con las manos. Desde hacía un tiempo Rebeca pensaba en Laly para ocupar el puesto de aprendiz que otorgó a Jota. Pero tampoco había que precipitarse.

Durante la media hora siguiente Laly se dedicó a enseñar a su Ama las nuevas prendas que había adquirido, hasta que Rebeca decidió qué ropa debía vestir para la fiesta: camiseta ceñida sin sujetador, minifalda de cuero sin bragas y zapatos de tacón, por supuesto. El Ama se deleitó contemplándola y cuidando de que no fallara ni un detalle en el vestuario ni en el maquillaje. Cuando terminó se sintió satisfecha y orgullosa de su obra, con el dedo señalando hacia el suelo le ordenó que se postrara de rodillas ante ella, siempre sentada en su sillón de Dómina y le acarició la boca con sus labios. Laly le dio las gracias mientras Rebeca terminaba de arreglarle el pelo con las manos.
Ernesto se vistió de putita, se maquilló cuidadosamente y se pintó para satisfacer al máximo a su Señora. Llevaba la peluca caoba y el vestido negro con medias, liguero y sus correspondientes zapatos, además de las bragas, usadas anteriormente por su compañera de sumisión, y la cadena con el candado alrededor del cuello. Por su parte, el Amo Jota, siguiendo los consejos de su Maestra, iba peinado con gomina y vestido completamente de negro, con camisa ceñida, pantalón de cuero con cinturón, calcetines negros y zapatos igualmente oscuros. Rebeca decidió ponerse un vestido de vinilo muy ajustado combinado con un sujetador rojo que proporcionaba un especial realce a sus Sagrados Senos.

Como ya era de esperar, Ernesto, a partir de ahora “la putita”, se convirtió en el chivo expiatorio con el que el Ama ejercía sus magistrales demostraciones de dominación, humillación y de aplicación de castigos. La simpatía que Laly le despertaba haría que todas sus prácticas y todos sus enfados tuvieran su descarga en el cuerpo de la sumisa y complaciente putita.
Rebeca estimó protocolariamente apropiado comenzar la sesión bebiendo champán, por lo que ordenó que les sirvieran dos copas. Laly acercó los recipientes mientras el esclavo, que abrió las botella de rodillas y en presencia de su Ama, servía el espumoso vino. La pareja dominante brindó, mientras los dos esclavos los contemplaban desde abajo, desde la profundidad de su postración. Rebeca besó de nuevo a su alumno, percibiendo con satisfacción que su última recriminación estaba dando sus frutos.
En efecto, la última amonestación había provocado el desconcierto en Jota, que desde ese momento actuaba con mayor prudencia sin apenas abrir la boca, tal y como su Maestra deseaba. Si alguna vez hablaba era generalmente para pedir permiso o para hacer suegerencias, pero siempre buscando la anuencia de su Maestra.
Rebeca dejó de utilizar la cabeza de la putita como posavasos y le ordenó que se pusiera de pie, de forma que quedara a su altura. Una vez más buscó la mirada de Jota para que prestara atención.
- Dime putita, ¿te apetece un poquito de champán?
- No Ama, creo que yo no soy digna de ello – respondió con voz baja y respetuosa, humillando la mirada.
- ¿Crees entonces que eres digna de algo? ¿Crees entonces que eres digna, por ejemplo, de lamer el cuerpo de tu Ama? – preguntaba Rebeca, con la altanería y seguridad que le otorgaba su omnímodo poder, al tiempo que le ataba una correa en el collar como si fuera una perrita.
- No lo sé Ama, .... quizá, pueda lamer sus Sagrados Pies, o sus Sagrados Zapatos-  respondió dubitativo y desconcertado el esclavo feminizado.
- Tú no eres digna de nada, sucia puta – interrumpió de golpe Rebeca, propinándole un sonoro tortazo en la cara – Lámela, dijo alzando súbitamente el brazo. El esclavo comenzó a acariciarle con la lengua la axila, mientras que con la otra mano volvía a coger por la nuca a Jota regalándole un beso de champán.
- ¡Basta! – dijo de repente Rebeca, que ya se cansaba de tener el brazo levantado - ¿Te ha gustado, putita?
- Sí, Ama, muchas gracias Ama.
- Díme ¿A qué sabe el sobaco de tu Ama? – preguntó tratando de desconcertar y amedrentar todavía más a su esclavo.
- Sabe a Ama, sabe a... Diosa. Sabe... al más exquisito manjar. Muchas gracias Ama – respondió atemorizado el esclavo que no dudó en arrodillase y esconder la cabeza entre los pies de su Dueña con la cara contra el suelo, ejercitando así la más sumisa de las posturas. Evidentemente la táctica vejatoria de Rebeca había resultado una vez más infalible.
- ¿Crees ahora que eres digna de lamer otras partes del cuerpo de tu Ama? – preguntó de nuevo amenazante, mientras pisaba la cara del esclavo y frotaba la suela de su Sagrado Zapato contra su rostro.
- No lo sé Ama, supongo que no – respondió, mientras contemplaba a su Dueña por debajo incluso de la suela de su zapato..
- ¿Acaso no eres tú quien me limpia el culo? – Rebeca levantó la cabeza del esclavo tirando con fuerza de la correa que había atado a su collar y desató con fuerza la mano contra el rostro de la putita
- ¡Vamos! Quiero sentir cómo tu sucia lengua humedece mi culo, ¡vamos! – Rebeca ordenó a Jota que le alzara las faldas y le apartara el tanguita, después se inclinó y aplastó la cabeza de su esclavo, que cogía por la nuca, contra sus posaderas.
- ¿Huele bien, eh, huele bien el culo de tu Ama? – preguntaba sin disimular el gusto que la lengua de su esclavo le deparaba.
- Sí, huele a Ama, huele a Diosa. Gracias Ama – respondía el degradado esclavo, casi sin tiempo para respirar.
- ¿Y sabe bueno? Dime ¿Está rico el culo de tu Señora?
- Sí Ama, es el más exquisito manjar que he probado nunca – decía mientras el Ama, sin apenas darle tiempo a responder, le aplastaba de nuevo la cara contra su Sagrado Culo.
- Laly, cariño, lámeme el coño – dijo, queriendo probar todos los dulces al mismo tiempo. Luego hizo un gesto a Jota para que se acercara más. Le besó e incluso consintió que deslizara suavemente las manos por su cuerpo. Se sentía como una Diosa con esas tres lenguas entregadas dando vado a sus caprichos y haciendo realidad todo aquello que la imaginación le dictaba.
- ¡Oh! Me aburres, ¿tú crees que éstas son formas de lamer el culo de tu Ama? – preguntó con enfado Rebeca, cuando la postura le empezaba a incomodar. De nuevo se ganó otra bofetada - ¡Apoya tu cabeza en el sofá, quiero que tu cara sea mi cojín. Veremos si así me complaces o no.
- Así, así ¿Ves cómo con un poco de mano dura te aplicas? Así me gusta, intenta penetrarme con la lengua. Así me gusta...Mmmm – Rebeca, sentada en la cara de su putita, sentía con gran placer como ésta le humedecía el culo con la lengua e incluso trataba de abrise paso por el esfínter. Se setía satisfecha, poderosa. Echaba la cabeza hacia atrás y acariciaba la cabellera de Laly, que inclinada sobre ella seguía comiéndole el coño. Haciendo un gesto con el índice ordenó a Jota que de nuevo se acercara y se sentara a su lado. Otra vez se besaron.
- ¿Crees, Jota, que esta esclava es digna de chuparte la polla? – Dijo esta vez señalando a Laly.
- Creo que sí – Respondió Jota, ansioso por tomar placer. Rebeca premiaba de esta forma a su alumno por la prudencia y cautela mantenida en los últimos lances de la sesión. Jota pareció entender muy bien lo que Rebeca esperaba de él, sabía que al final ese comportamiento le daría sus frutos.
Maestra y alumno brindaron y se besaron mientras sus respectivas esclavas les lamieron durante unos minutos: Rebeca dejó que su esclavo tomara aire, ya que su vejatoria función de cojín lameculos apenas le permitía respirar, para ordenarle de inmediato que le comiera el coño. Besaba a Jota e incluso dejó que éste le acariciara los senos, mientras brindaban reiteradamente y apoyaban sus copas sobre las cabezas de sus esclavos lamedores. Sin embargo, todavía faltaba mucho tiempo para la carnalidad. Pronto Rebeca ordenó a su feminizado esclavo que se despojara del vestido, después mandó a su alumno que lo atara en las cadenas, pues debía purgar todas las faltas cometidas tanto por “ella” como por su compañera de servidumbre, Laly, a la que Rebeca se negaba a castigar físicamente.
- ¿Tú crees que es normal que Laly me chupe mejor que tú? ¿Tú crees que es normal que una esclava que no he educado yo sea mejor que tú? ¡Me estás poniendo en evidencia! – recriminó Rebeca a su esclavo al tiempo que le propinaba una contundente bofetada en la cara. La putita, con las manos atadas en los eslabones más altos de las cadenas apenas acertó  a contestar que no.
-No, no es normal Mi Señora, siento mucho no haberlo hecho mejor – respondió, con los dedos de su Ama marcados en la cara..
- Laly ha sido infinitamente mejor que tú lamiéndome el coño, ella sí que me ha brindado auténtico placer, sin embargo, cuando tú has cogido su relevo he sentido cómo una sustancia adormecida y viscosa merodeaba por mi clítoris. Una sucia lengua que me chupaba sin pasión ¡No te da vergüenza, putita! Estarás de acuerdo conmigo en que mereces un severo correctivo ¿No?
- ¡Oh, sí Ama. Castígueme, pues no merezco otra cosa – respondió el esclavo.
Rebeca comenzó propinándole diez fortísimos y sonoros latigazos, a continuación invitó a su alumno para que hiciera lo mismo. El castigo continuó con la fusta y con la vara. Jota y su Maestra alternaban los golpes en las grupas del esclavo cada uno con un objeto distinto. A la vez, el Ama instruía a su aprendiz en las artes del manejo de dichos instrumentos: el látigo, y sobre todo la vara y la fusta. Los golpes iban sucediéndose, y en ocasiones el esclavo era obligado a contarlos y a dar las gracias por cada uno de ellos.
Después de los iniciales golpes de látigo se repitieron diversas tandas de diez y de veinte varazos y fustazos sólo interrumpidos por las breves caricias que Laly, por orden de sus Amos, daba en las ardientes y cada vez más magulladas posaderas del esclavo.
Rebeca, muy condescendiente con Laly, quiso que ella también participara en la contrición del sumiso esclavo, por lo que le ordenó que le colocara pinzas en los pezones y a su alrededor, mientras, tanto ella como Jota, continuaron la lección de fusta y caneo sobre el inmovilizado cuerpo del esclavo. Rebeca ordenaba continuamente a su putita que abriera bien las piernas, de forma que así perdía altura y sus manos y muñecas sufrían con mayor intesidad la fuerza de las cadenas.
Ernesto tenía en ese momento el aspecto de una equis, con los brazos abiertos en aspa y las piernas dispuestas de igual manera. A pesar de habérsele desprendido del vestido conservaba ese aire de feminidad que su Ama había ideado para él. Los zapatos de tacón resaltaban aún más su culo de forma que se convertía en un blanco fácil para la Maestra y su alumno. Las medias negras y el liguero hacían de su trasero un marco perfecto en cuyo lienzo Jota y Rebeca desataban incisivas y poderosas pinceladas de dolor.
Cuando el número de azotes sobrepasó con creces la cincuentena Rebeca ordenó a Laly que les sirviera más champán. Después de servir a sus Amos, la esclava continuó acariciando la espalda y el trasero de su compañero, mientras Jota y Rebeca buscaron la cara de la desdichada putita.
- ¿Has visto, Jota, que guapa está mi putita con tanta pinza de colores? ¿No crees que aquí hace falta un poquito de peso? – preguntó Rebeca a su ayudante mientras le abrazaba y le besaba.
- Por supuesto que sí – contestó Jota, al tiempo que brindaba con su Maestra.
Poco después los pezones del esclavo se vieron estirados hasta el límite debido al peso de las cadenas que su Ama había suspendido en las pinzas. El peso se iba sumando cadena a cadena, que Laly, de pie frente a ellos, les ofrecía en una bandeja, y de la que paulatinamente se iban sirviendo mientras bebían, se besaban y hacían comentarios y preguntas vejatorias al esclavo.
- ¿Estás contento así? Yo creo que con una cadenita más estarías más guapa y parecerías más puta de lo que eres ¿No iras a decepcionarme ahora, verdad? – preguntaba Rebeca con hiriente sorna.
- No Ama,... no...no... Disfrute conmigo – acertó por fin a contestar el esclavo.
Las cadenas fueron acumulando peso hasta que finalmente una de las pinzas se desprendió del pezón provocando un terrible dolor al maltratado esclavo. Su Ama tiró del otro extremo hasta que la otra pinza se desprendió del torturado pezón. Su esclavo parecía desmayarse por el sufrimiento, pero contuvo la exteriorización de su dolor lo mejor que pudo. Sus dos pezones mostraban la huella fresca y reciente de la mordedura de las pinzas.
Después el Ama fue quitando a fustazos el resto de las pinzas que Laly había puesto alrededor de los pezones. El esclavo haciendo un ímprobo esfuerzo contuvo con sumisión y entrega el agudo e intenso dolor que los pellizcos de las pinzas le producían al ser arrancadas de su piel por la fusta. Sin embargo no pudo evitar que los ojos se le llenaran de lágrimas.
- Laly, lámele los pezones – ordenó inmisericorde el Ama, mientras abrazaba a su alumno. La saliva de su compañera le producía un escozor terrible que casi no podía resistir. Pero, pronto fue reprimido.
- ¿Acaso no vas a agradecer el servicio que te brinda Laly? ¿Así es como le das las gracias por su gesto? – le recriminó Rebeca, cogiéndole fuertemente por la mandíbula y soltándole una bofetada.
Laly continuó lamiendo los pezones del esclavo mientras Rebeca se recreaba besando y metiendo mano a Jota, que a pesar de los impulsos se supo contener sin poner una sola mano encima de su Maestra. Rebeca, que había acometido la embestida para poner a prueba a su alumno, lo premió con una abierta sonrisa. A sólo un metro de distancia el feminizado esclavo iba poco a poco aliviando su dolor de forma que los lametones de Laly resultaban cada vez menos amargos y más dulces. Pero su Ama consideraba que la diversión no había hecho más que empezar, y que ésta pasaba en gran parte por su incondicional somentimiento a todo tipo de castigos y vejaciones.

Rebeca ordenó después que se soltara a su esclavo y que se le atara con las cadenas de castigo, es decir, con las manos a la espalda pero forzadas hacia arriba, casi a la altura de las cervicales. Tomó esta decisión como reprimenda porque al ser soltado no se tiró a sus pies para besarlos tal y como su Dueña esperaba, preocupándose más por el dolor que las cadenas le habían ocasionado en sus muñecas. Esto le costó en principio una bofetada y después, cuando ya besaba sus pies, una tanda de diez fustazos.
- ¿Así es como me agradeces que te suelte, putita insolente y maleducada? – preguntaba el Ama en tono recriminatorio a su esclavo por su falta de disciplina, mientras descargaba su enfado contra sus posaderas. Otra vez el esclavo trató de paliar la furia de su Ama poniendo su cara contra el suelo como muestra de respeto y sumisión. Rebeca, que tal vez le hubiera propinado diez golpes de fusta más, se sintió complacida con el gesto y le piso la cara, frotándose una vez más las suelas de sus Sagrados Zapatos contra su mejilla. Sin embargo esto no impidió que, después de recrearse un tiempo con la vejatoria pose, descargara cinco veces más la vara contra sus grupas.
- Espero que esto no vuelva a ocurrir más – advirtió amenazante Rebeca, alzando el índice de su mano derecha mientras desfiguraba el rostro de su esclavo con el empuje de su zapato.
- No Ama, no volverá a ocurrir – contestó, mientras contemplaba a su Dueña desde el suelo en un espectacular contrapicado.
Después del castigo fue otra vez Laly la encargada de darle consuelo y también de  inmovilizarlo con las cadenas de castigo. En ese momento Rebeca decidió dar a todos un respiro, que para Jota se convirtió en un premio en tanto que su Maestra lo llevó hasta la barra de la cocina y brindó con él. En la mirada y en el rostro de Rebeca se dibujaba un tono dulce que Jota interpretó acertadamente como una licencia para poder tocar a su Maestra. Se besaron, bebieron de nuevo y se solazaron con las manos, pero siempre era Rebeca la que manejaba la batuta; pronto quiso dejarlo claro.
Subida en el mármol de la barra, era ella la que dominaba la situación, la que gozaba de una posición más privilegiada. Alzándose el vestido y apartándose el tanguita ordenó su alumno que le lamiera el coño. Desde la altura de su Majestad podía contemplar, no sin ocultar el placer que Jota le estaba deparando, cómo Laly consolaba a su compañero, cómo le acariciaba los glúteos y la espalda, cómo le besaba en la boca y cómo le acariciaba el paquete descompuesto de su sexo, dado que la braguita usada que llevaba puesta apenas podía ocultarle el pene, menos aún cuando su polla comenzaba a erguirse por el sutil y sugerente trato que Laly le dispensaba. En ese momento Rebeca decidió que la fiesta debía continuar.

Rebeca mandó que todo el mundo se arreglara para continuar. Puso especial celo en que Laly se retocara el maquillaje y se pintara los labios, tal y como ella misma hizo. Al llegar de nuevo a la salita se sentó en el sofá junto a Jota. Poco después sus dos siervos se postraron a sus pies mientras ellos, indiferentes, barajaban la conveniencia de desprender al esclavo feminizado de las bragas y a Laly de su minifalda. Rebeca interrumpió súbitamente la conversación para recriminar a su esclavo su pobrísimo decoro.
- ¿Así es como obedeces tú a tu Ama? ¿Mira a Laly cómo se ha arreglado? – le recriminó asiéndolo con fuerza de las mandíbulas y girándole la cara hacia Laly – Está visto que hoy te has propuesto ponerme en evidencia delante de mi alumno y de su esclava- reiteró Rebeca, esta vez obsequiando al esclavo con una sonora bofetada.
- Laly,  trae un poco de maquillaje y un lápiz de labios y arregla a esta putita, si es que es posible – dijo echándose hacia atrás en un ostensible gesto de desesperación.
Cuando Laly llegó el esclavo se puso en pie y dejó que su compañera le pintara. Rebeca se levantó para contemplar los resultados de cerca y felicitó por ello a la esclava. La sesión se encaminaba de nuevo hacia otro punto climático, otro punto que debería estar obligatoriamente más alto que el anterior.
Al introducir su mano por entre las braguitas, Rebeca comprobó de un modo táctil algo que ya era perceptible con la vista, su esclavo se estaba mojando desde hacía ya tiempo.
- Pero mira que eres puta ¿Quién te ha dado a ti permiso para que te corras así como una cerda? ¡Contéstame!- gritó con fuerza Rebeca a la vez que le propinaba otra bofetada – Eres una puta incorregible, te voy a tener que  poner a trabajar en las esquinas, eso es lo único que mereces – le recriminaba el Ama mientras humedecía una y otra vez sus dedos con el semen que cubría todo su glande para introducírselos después en la boca – Cómetelo, chupa guarra. Cómete todo tu semen, viciosa ramera.
Obedeciendo de inmediato la imperiosa orden que Rebeca hizo señalando con el índice, Laly le quitó las bragas a su compañero y las puso en manos de su Ama.
- ¿Has visto cómo has dejado las bragas de Laly? Mucho más mojadas que ella. Si sigues mojándote así te azotaré hasta la extenuación – amenazaba Rebeca mientras tiraba las bragas hacia un rincón de la casa y ordenaba a su esclavo que las cogiera y las depositara en el cesto de la ropa sucia. El esclavo, a golpes de látigo, cogió las bragas del único modo que podía, con la boca, y las depositó en una canastilla situada al lado de la lavadora.
- Ven aquí - ordenó amenazante. Rebeca comprobó que el flujo de semen seguía humedeciendo el pene de su esclavo – Veo que eres incorregible, que eres mucho más puta de lo que en principio cabía esperar – le reprochaba introduciéndole sus dedos húmedos de semen en la boca
– Límpiame bien los dedos, límpialos. Te aseguro que como se caiga sobre la alfombra una sola gota de semen la vas a limpiar con tu sucia lengua ¿Entendido? – advirtió al tiempo que le propinaba un latigazo.
- No mereces ir pintada como una señorita, debes ir pintarrajeada como una auténtica ramera de esquina – decía el Ama mientras tomaba el lápiz de labios y pintaba a su esclavo de un modo desfachatado y soez, sobrepasando de una manera exagerada el límite de sus labios – Así estás más en consonancia con tu categoría, así estás como mereces.
Rebeca le recordó que por haber tomado placer sin permiso sería castigado con diez fustazos y diez varazos. El esclavo se arrodilló y le besó los pies.
Rebeca dirigió entonces la mirada hacia Laly, que desde hacía unos minutos era sometida al acoso de su Amo, que ejercía sobre ella todo tipo de tocamientos. Jota apartó sus manos de Laly al observar que su Maestra se acercaba. Rebeca le acarició el rostro con una mezcla de altanería y ternura. Después la rodeó con un andar pausado y le ordenó que se quitara la falda. Hizo un gesto significativo para que su alumno comprobara si la esclava había vuelto a mojarse sin pedir permiso.
Cuando Jota alzó los dedos para que su Maestra lo comprobara vio que estos estaban totalmente humedecidos. Sin embargo quiso comprobarlo por ella misma.
- ¡Oh! Cariño, has vuelto a mojarte – le reprochaba con dulzura Rebeca mientras se limpiaba los dedos en su boca, algo que ya había hecho previamente Jota.
El castigo era el mismo, diez golpes de fusta y diez de vara, pero Rebeca dicidió que sería su putita la que purgara por ella la pena, recibiendo así un castigo doble.
De rodillas y con cabeza metida entre las piernas de Laly, a la que Rebeca consintió que se sentara en el sofá, el esclavo fue recibiendo la severa tanda de golpes. Como ya era habitual fue obligado a contarlos y a dar las gracias por cada uno de ellos. Conforme iba avanzando el castigo las huellas de los varazos y los fustazos iban conviertiendo su trasero en un desorden de líneas profundas, que le enrojecían en tonos cada vez más oscuros. De vez en cuando permitía que Laly le acariciara durante unos segundos pero sin que eso supusiera alivio alguno para el contrito penitente.
Al llegar a cuarenta Rebeca puso su pie, en un marcado gesto de poderío, sobre la grupa del esclavo afirmando que se había divertido mucho. Pasados unos segundos sin que hubiera reacción, Rebeca repitió la frase con mayor fuerza y clavando ligeramente su tacon en el trasero de su siervo. La reacción que Rebeca esperaba no se hizo esperar, su esclavo le suplicó con un vacilante discurso que siguieran divirtiéndose con su cuerpo. El Ama buscó entonces la mirada de su alumno, sin disimular una abierta sonrisa de satisfacción.

Rebeca decidió que al trasero de su esclavo le faltaba color por lo que ordenó a Laly que encendiera las velas perfumadas de colores que guardaba en la estantería. Poco después las grupas y la espalda del esclavo fueron transformándose en un pluritonal cuadro vanguardista, cuyas pinceladas le provocaban un insufrible dolor. Rebeca y su alumno vertían, cada uno con dos velas, el confeti de fuego sobre la piel del esclavo que se sacudía y se estremecía por el punzante impacto de la cera candente.
- Mira qué guapo te hemos dejado – dijo en un momento Rebeca, cuando consideró que el castigo era ya suficiente – Es una pena que ahora te tengamos que limpiar. Sin embargo estás tan guapo que no puedo resistir la tentación de fotografiar mi obra – tomó una cámara y le hizo varias fotografías.
Rebeca y Jota limpiaron la cera esparcida por el cuerpo del esclavo con golpes de látigo, fusta y vara, convirtiendo el castigo en un tormento casi interminable. Los diez últimos golpes fueron especialmente duros, de modo que el esclavo apenas pudo contenerse, emitiendo al final estentóreos gritos de  dolor. Al terminar, entre sollozos contenidos, se dio la vuelta y besó los pies de su Ama; esta vez sí había aprendido bien la lección.
- Veo que estás aprendiendo. Ahora quiero que limpies bien todo esto – dijo,
señalando todas las virutillas de cera esparcidas por el suelo.
- No quiero ver ni un solo resto de cera en la alfombra – ordenó satisfecha, otra vez pisándole la cara.

Rebeca decidió que la fiesta debía tomar otro cariz por lo que ordenó a Laly que liberara al esclavo de las cadenas de castigo. Al sentirse desatado y devolver sus brazos a la posición habitual sintió como los hombros le crujían dolorosamente, debido a la forzada postura a la que había estado sometido durante tanto tiempo. Durante unos minutos permitió que Laly le masajeara los hombros, y que mutuamente se abrazaran y se besaran, al tiempo que Rebeca, otra vez sentada sobre la barra de mármol de la cocina, besaba a su alumno y le invitaba esta vez a que le lamiera los pezones. Rebeca no podía disimular el gozo que le proporcionaba ser Dueña y Señora de la situación. Desde su atalaya de Diosa disfrutaba de una perspectiva única, la de la contemplación del futuro que tomaría esa fiesta.
Rebeca decidió en primer lugar cambiar su vestuario, sustituyendo el sujetador rojo y el vestido de vinilo por una falda de látex con cremallera delantera y una camisa transparente sin sujetador. Cuando apareció de nuevo en la sala los dos esclavos permanecían de rodillas al lado de Jota. Rebeca desplegó su mano buscando el contacto con su alumno y tomándolo por la cintura se situó frente a los dos siervos.
- Bien, creo que ha llegado el momento de disfrutar con este par de putitas – decía mientras con su mano acariciaba la espalda de Jota.
Rebeca alzó la cara de su esclavo burlándose del pintalabios que desbordaba los contornos de sus labios dándole un aspecto desaliñado y torpe. El Ama le escupió en la cara tres veces y se deleitó contemplando como el sumiso esclavo lamía y absorbía la saliva que bañaba su rostro. Rebeca le extendió la saliva restante por toda la cara frotándole con la mano e introduciéndole los dedos en la boca.
- Sí, eso es lo que me pareces, una escupidera con cara de putita verbenera – le decía mientras le frotaba el rostro con la mano y le metía los dedos en la boca – ¡Abre bien esa boca! – le repetía, disparándole salivazos que entraban directamente en su garganta.
- Bien, ahora quiero que me quites las bragas sin que toques un solo poro de mi piel – ordenó mientras alzaba la cremallera de su falda de látex.
Mientras le quitaba las bragas no pudo evitar rozar su piel en un par de ocasiones por lo que recibió dos latigazos. Rebeca tenía siempre a mano la fusta o el látigo.
- Dámelas – ordenó – Ves, éstas sí que pueden estar mojadas, porque yo puedo tomar placer cuando quiera, o sea, igual que tú, cuando YO quiera – y le golpea con el tanguita en la cara – Mira, ¿lo ves? – mostraba desafiante a su afeminado esclavo, poniéndole la mancha de flujo ante los ojos – Vamos lámelas, limpia con tu lengua el flujo de mi tanguita.
El esclavó lamió las bragas aunque su Ama terminó introduciéndoselas en la boca.
Rebeca abrazó de nuevo a Jota, que siempre estaba a su lado, y le besó en la boca. Esta vez se situaron frente a la esclava Laly, a la que Jota ya había desprendido de la camiseta, de forma que iba únicamente vestida con los zapatos. Situándose por detrás de su alumno, Rebeca le acariciaba el pecho, el vientre y finalmente la entrepierna. Con una habilidad inusitada el Ama desabrochó el cinturón y el botón de los pantalones de cuero. Siempre desde atrás Rebeca miraba hacia abajo desafiante, buscando la mirada de Laly. Rebeca ordenó que le bajara los calzoncillos, permitiendo así que el Ama pudiera manipular sin problema el pene de su alumno. Laly, a pocos centímetros del miembro de su Amo abría la boca siguiendo las órdenes de Rebeca.
- Vamos, cómetela, cariño. Chupa bien chupada la polla de tu Amo, si no te castigaré de verdad – dijo Rebeca con indisimulada pasión, viendo cómo Laly se introducía el pene en la boca.
Pero la perversa imaginación de Rebeca, especialmente dotada para idear situaciones degradantes y vejatorias iba a deparar a su esclavo una terrible sorpresa.
- Ven aquí putita – dijo tirándole de la correa del collar que enroscaba su cuello, de forma que lo situó junto a la esclava – Laly, cariño, no te la comas tú toda. Sácatela de la boca y lámela, dale lengüetazos como si fuera un polo de fresa – decía con humillante sarcasmo.
- Venga, putita, ahora tú también. No vas a ser tan desconsiderada de no aceptar el gesto de Laly, que te ofrece compartir semejante manjar – le dijo mientras le quitaba el tanquita de la boca y se lo colocaba de sombrero.
El esclavo dudó durante unos segundos, hasta que la fusta de Rebeca le convenció de que lo mejor era obedecer. Situado frente a la boca de Laly, pero separado de ella por un enhiesto pene, el esclavo imaginó que la besaba, y así, su boca, siguiendo el ritmo de la de Laly, comenzó a lamer la polla de Jota. Esta vez sí que el esclavo se sentía absolutamente puta. Sin embargo, su degradación aún no había alcanzado el nivel más alto.
Rebeca apoyó su pie derecho sobre la pequeña mesa de la salita, de forma que su vulva quedaba más franca para la contemplación.
- Laly, cariño, acércate – dijo haciendo un gesto significativo con el dedo. Laly se acercó caminando de rodillas hasta situarse justo a sus pies. Pero en ese momento Rebeca estaba más pendiente de la humillación de su afeminado esclavo que de la obtención de su propio placer. Al ver que éste dudaba, abandonó a Laly y se acercó de nuevo hacia él.
- Bien, ahora es cuando me vas a demostrar que eres una auténtica putita. Quiero que te comas bien comida la polla de Jota, y más vale que lo hagas ahora mismo si no quieres que me enfade.
El esclavo volvió a dudar por lo que Rebeca tuvo que abandonar su postura complaciente para propinarle una tanda de fustazos. Espoleado por la ira contundente de su Ama, el degradado y feminizado esclavo tomó el pene del Amo Jota y se lo introdujo en la boca succionándolo con un apremio no exento de angustia y desesperación, pues temía que en cualquier momento su Ama descargara de nuevo la fusta sobre su lacerado cuerpo.
Satisfecha por la sumisión y la obediencia de su esclavo, Rebeca regresó frente a Laly y apoyando de nuevo el pie sobre la mesita le ofreció su coño para que se lo chupara. Después se sentó en el sofá y dejó que la esclava, arrodillada a sus pies, siguiera lamiéndoselo. El placer que le proporcinaba su lengua era similar al de la contemplación de su desdichado esclavo que, ejerciendo de puta, practicaba una felación a su aventajado alumno.
Al poco tiempo Jota también tomó asiento en el sofá, al lado de su Maestra, desprendido ya del calzado, los pantalones de cuero y el tanga. Rebeca besaba a su alumno y de vez en cuando ordenaba con sorna, como si de un baile de salón se tratara, el cambio de pareja.
De nuevo volvió a correr el champán. Rebeca y Jota brindaban, se besaban y bebían sin cesar. La Maestra de la Dominación reía con vejatorias carcajadas cada vez que ordenaba un “cambio de pareja” y veía como los dos esclavos se desplazaban precipitada y desordenadamente sobre el sexo que sólo un segundo antes había lamido el otro compañero de sumisión. La noche hizo irrupción en la casa casi de golpe, de modo que fue preciso encender la cálida y sugerente lámpara de pie que adornaba el rincón de la salita.
Rebeca sabía que la sesión había entrado ya en una cadencia imparable, que había que mantener el dinamismo para evitar que la ascesión climática perdiera su ritmo. Durante un tiempo dejó de que su afeminado esclavo le lamiera exclusivamente a Ella su Sagrado Sexo, mientras que Laly hizo lo propio con la polla de Jota.
- ¿Te da envidia Laly? ¿Te da envidia porque tiene una polla en la boca? – preguntó Rebeca a su esclavo, rompiendo un silencio que se había prologando durante varios minutos y que solo había sido profanado por los continuos jadeos.
- No, Ama, no. Yo estoy muy contento lamiendo su Sagrado Coño.
Rebeca tomó entonces uno de los penes de látex colocados encima de la mesita, cuya base la asentó en el clítoris. Rebeca era una mujer poderosa y caprichosa, lo único que podría envidiar de Jota es que éste tuviera polla. Ahora ella también la tenía.
- Vamos putita, a qué esperas, cómeme la polla. Cómemela despacito y bien.
De nuevo la Dueña y Señora de la situación quiso hacer alarde de su condición acaparando para ella todos los placeres. Así, mientras su putita le chupaba la polla, Jota le lamía los pezones y le besaba, y Laly, que fue obligada a enfundarse un guante de látex,  estimulaba el culo de su compañero de sumisión para deleite contemplativo de su Ama.
- Muy bien Laly. Así, aplícale bien el lubricante y métele el dedo. Primero uno y luego dos. Méteselos bien adentro y gíralos, quiero ver como mi putita se retuerce.
Después de varios minutos de grandísimo placer, y cuando el culo del esclavo había sido suficientemente estimulado, Rebeca entregó el pene que su putita le estaba lamiendo a Laly, mientras ella tomaba de la mesita otro de mayor diámetro.
- Muy bien Laly, eso es, fóllatelo por el culo, sodomízalo como se merece – decía mientras Jota le lamía los pezones y su esclavo le comía “la polla”.
Poco después el enorme pene, que además servía como “plug”, fue entregado a a la esclava para sustituirlo por el anterior de menor diámetro. A pesar del dolor y de la resistencia de su esfínter, Laly consiguió alojar en el culo del esclavo el enorme pollón de látex. Rebeca, que se había tumbado en el sofá, contemplaba el espectáculo con deleite, viendo a su “putita” besándole los pies entre sollozos y sintiendo cómo su alumno le lamía el coño con agradecida pasión.
Pero pronto Rebeca sintió deseos de sodomizar personalmente a su esclavo, por lo que se incorporó, desplazó a Laly y, tomando el pene con fuerza, comenzó a penetrarlo. Metía el pene hasta el fondo y luego lo sacaba por completo, de forma que podían contemplar el esfínter dilatado del degradado siervo.
- Mirad, mirad qué agujero tiene mi putita. Fijaos bien, hay que ser muy zorra para tener semejantes tragaderas – decía el Ama cada vez que sacaba el pene y les mostraba el dilatado culo. Después volvía a intruducirlo, provocando el dolor y las contusiones de su siervo.
- Ama, por piedad le pido que no siga torturándome así. Se lo suplico – dijo el esclavo entre sollozos y convulsiones.
- ¿Acaso no vas a aguantar cinco o seis embestidas más, guarra?- le reprochó propinándole un fuerte azote en el trasero.
Finalmente decidió dejar el pene de látex alojado en el interior de su culo, como si fuera un tapón. El esclavo dejó de convulsionarse y besó de inmediato los pies de su Ama.
- ¿Te sientes ahora más puta? ¿Acaso no te sientes ahora plenamente realizada como la puta que eres?- preguntó desafiante Rebeca, ordenando a su esclavo que se pusiera en pie. Mietras Jota seguía en el sofá disfrutando de la sumisión de Laly.
- Sí, Ama, me siento plenamente realizada como puta y le doy las gracias por ello - contestó el esclavo
Rebeca volvió a  atar la correa de paseo del perro en el collar de su esclavo, con la que le obligó a inclinar la cabeza al tiempo que volvía a hacer uso de él como escupidera humana.
- Gracias Ama – dijo el esclavo mientras relamía la saliva que acababa de recibir.
- Tengo ganas de orinar – sentenció contundente Rebeca, sin dar casi tiempo a su putita a pensar. De inmediato el esclavo se precipitó al lavabo y regresó corriendo a la salita, poniéndose de rodillas ante su Ama y alzando con sus dos manos una vasija a modo de orinal.Todavía tenía restos de saliva en la cara.
- ¡Quítame primero la falda, imbécil! – gritó furiosa Rebeca, soltando sobre la cara de su esclavo un sonoro tortazo.
- Perdón, Ama. Perdón – respondió todavía con desconcierto debido al impacto de la bofetada.
De nuevo con las manos alzadas sujetando la vasija, Rebeca desató una potentísima meada, largamente contenida, en la que daba por fin salida al champán bebido durante toda la tarde.
Con las manos en las caderas contemplaba satisfecha cómo su esclavo ponía especial cuidado en que no se cayera ni una sola gota al suelo.
- Vamos, a qué esperas. Límpiame – ordenó a su dubitativo esclavo que todavía esperaba a que las últimas gotas cayeran sobre el improvisado orinal. Intrudujo su lengua en su coño sorbiendo así sus últimas gotas. Rebeca había transformado la lengua de su esclavo en una toallita higiénica.
- Venga, bébete las últimas gotas de champán que todavía me quedan dentro. Límpiame bien, como merezco- Rebeca volvió a hacer uso de la correa para forzar a su perrita a tumbarse en el suelo boca arriba – Ahora quiero que me saques brillo – dijo, mientras se sentaba sobre el rostro de su esclavo, que sintió sobre la boca el peso de su Ama.
Rebeca se frotaba la vulva en la cara de su feminizado esclavo, de vez en cuando se sentaba plenamente y le conminaba a penetrarla con la lengua, orden que su putita obedecía sin rechistar. Se ahogaba en medio de ese mar de flujos y restos de orín y trataba de buscar aire en el interior de la vagina. Cuando ya estaba a punto de  pedir piedad con las manos, su Ama se alzaba ligeramente frotándole su humedecido sexo por el rostro, y permitiendo así que su esclavo aprovechara desesperadamente para tomar todo el aire que le había faltado. Poco después el Sagrado Coño volvía a caer sobre su nariz y su boca.
Cuando Rebeca consideraba que la lengua de su esclavo no penetraba con suficiente intensidad, le espoleaba para obtener de él un mayor placer.
- Así, así. Eso es ¿Ves como con un poco de mano dura te comportas mucho mejor? Así...Mmm- decía mientras le dejaba la impronta de su fusta en las piernas de su esclavo.
El esclavo no dejó de lamer hasta que su Ama consideró que ya era suficiente.
Rebeca tiró de la correa para obligar a su putita a que se pusiera de rodillas ante Ella. Tenía el rostro impregnado de restos de flujos, por lo que le frotó la cara con la mano.
- Eso es, cómetelo todo, no quiero que dejes nada – le decía mientras le manoseaba una y otra vez rostro y le introducía después los dedos en la boca. No contenta con ello Rebeca se introdujo dedos en su propio sexo y le ofreció el exquisito manjar a su esclavo.
- Gracias Ama – decía el disciplinado y sumiso esclavo, mientras su Ama le colocaba bien el tanguita sobre la cabeza, en un evidente gesto de oprobio y humillación.
Rebeca tomó después la vasija poniéndola a la altura de la nariz de su esclavo, que todavía continuaba de rodillas:
- Huélelo, verás qué aroma tiene. Conserva el buqué de los mejores espumosos – decía mientras introducía la cara de su siervo por la boca de la vasija- Huélelo, huélelo bien.
- Gracias, Ama. Reconozco que el olor es insuperable. Conserva el aroma de las ambrosías – respondió tratando de ser acertado con su Ama.
- Sí. Es una lástima que de repente tengamos tanto champán y que esté caliente. A mí no me gusta así ¿Quieres probarlo?
- No, Ama... Muchas... gracias... Ama.
- ¡Así es como respondes a las invitaciones de tu Señora? – le reprochó Rebeca, fingidamente indignada.
- ¿Quieres entonces que tire esta preciosa lluvia de oro por la taza del váter? – preguntó de nuevo obsequiándole con otra bofetada.
- Vamos quiero que mis invitados vean lo que eres capaz de hacer por satisfacer los caprichos de tu Ama- decía mientras lo llevaba como una perrita de la correa hasta el lado de la salita, donde su alumno disfrutaba de la contemplación del buen hacer de su Maestra, a la vez que practicaba el dominio sobre su esclava, obligándola sin descanso a que le lamiera la polla..
Jota observó admirado cómo el esclavo metía las manos en la vasija llena de orín y después se lamía los dedos, siguiendo al pie de la letra las órdenes de su Dueña y Señora. Fue entonces cuando, quizá por contagio, le vinieron con mayor apremio las ganas de mear. Tras consultarlo con su Maestra, ésta le invitó a que escanciara su lluvia de oro en la misma vasija que ella. Esta vez fue la esclava Laly la que limpió a fondo el pene de su Amo, siempre en presencia de la Gran Maestra, que supervisó personalmente la tarea de aseo.
- Así es cariño, chúpala bien. No quiero que de la polla de tu Amo caiga ni una sola gota – le decía colocándose en cuclillas por detras y agarrándole los pechos con fuerza.
Rebeca ordenó entonces a los dos esclavos que se desnudaran por completo y que se dirigieran al servicio. Una vez allí accedió a que el esclavo se liberara del pene que obstruía y dilataba su trasero. Después les obligó a meterse en la bañera y les ordenó que se mearan el uno al otro, mientras vertía sobre ellos la lluvia dorada de la vasija..
Laly fue la primera en mear por lo que fue obligada a arrojar su líquido sobre el cuerpo de su compañero.
- Muy bien, cariño, eso es. Méalo todo entero – decía con la fusta en la mano y colocando sus brazos en jarra- Vamos putita, abre la boca, saborea lo que la esclava Laly te ofrece- ordenaba desde su puesto de control, al otro lado de la bañera.
Rebeca escanciaba un poco de orín sobre el pecho de su esclavo mientras Laly le llenaba la boca con su cálida lluvia dorada.
Inmediatamente después fue ella la que recibió la cálida tempestad de su colega. Incorporado en un extremo de la bañera, el esclavo regaba con incontinecia el cuerpo de Laly, que, de rodillas frente a él, recibía en la boca, los pechos, el vientre y las piernas la tibia ducha que surgía con fuerza de su pene.
Al concluir la orgía de oro, Rebeca les obligó a tumbarse y arrastrarse por la ciénaga de orín que flotaba en la bañera, mientras besaba a Jota y le metía mano de un modo ya totalmente indisimulado.
- Eso, así, muy bien. Quiero que os frotéis bien con este néctar que os regalamos. Yo os declaro oficialmente bautizados como esclavos. Debéis besaros - decía mientras arrojaba sobre ellos todo el líquido dorado que todavía quedaba en la vasija.
Los dos esclavos se revolcaron en la bañera tal y como su Ama les indicaba, se frotaron, se metieron mano y se besaron, consumando así el bautismo de sumisión que su Ama había ideado para ellos.
El deleite que producía esta magistral lección de humillación hizo que los dos Amos evidenciaran de un modo cada vez más claro sus ganas de aliviarse. Se besaban y se tocaban si perder de vista el maravilloso espéctáculo de sus dos esclavos, que en la ciénaga de la bañera también se acariciaban y se besaban..
Rebeca salío del baño tomando de la mano a Jota.

Después llegó la ducha. Una ducha placentera y compartida en la que se jabonaron el uno al otro, intercambiando caricias, tocamientos y prolongados besos, tal y como habían hecho minutos antes en la bautismal ducha de oro.
Cuando terminaban de secarse escucharon cómo la voz de Rebeca les apremiaba para que se presentaran ante ella. Ambos entraron en la habitación del Ama postrándose de rodillas ante ella, que medio desnuda abrazaba y besaba a su alumno. Al instante sintió los labios de sus siervos besando sus Sagrados Pies.
- En general estoy satisfecha con vuestro comportamiento aunque hay todavía muchas cosas que mejorar. Tenéis media hora para recoger y poner orden en la salita, la cocina y el baño. Tengo ganas de salir a comer algo y tomar una copa, si tardáis os quedaréis en casa. Por cierto, también os doy permiso para solazaros como queráis. Pero ahora salid y cerrad la puerta – concluyó Rebeca, que enseñaba sugerentemente un pecho mientras manipulaba con maestría el pene de su alumno.
Tanto la pareja de esclavos como la de Amos tuvieron tiempo de aliviarse y de alcanzar la cima de esa placentera pendiente que habían comenzado a escalar a primera hora de la tarde, en el mismo momento en que se encontraron en la cafetería.
Después salieron a comer algo y a tomar unas copas. Sin embargo, pasada la media noche, oculto en cada gesto, se sentía que algo excitante se activaba de nuevo entre las dos parejas. Entre el perfume de los gin-tónics, el aroma de las cervezas y el ruido ensordecedor de la música era evidente que la libido de los cuatro amigos había vuelto a coger altura. La pasión, la sed de dominación, la lujuría y el deseo se percibían sin dificultad entre la maleza de cruces de miradas, sonrisas y palabras al oído. Pero esta vez las fuerzas parecían estar orientadas en sentido contrario.
- Rebeca, ve a la barra y pídeme otra copa – dijo Laly con naturalidad, sin querer perder la armonía mantenida a lo largo de la conversación, pero sin disimular tampoco el gesto severo de su mirada.
Cuando regresó, minutos después, apoyó la copa sobre la mesa y enseñó su bolso abierto a Ernesto, dentro estaban sus bragas todavía calientes.
 

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