DEL DOLOR Y LA MUERTE  2
 
LA  SILLA DE  HIERRO
 
Vagaba por un pasadizo oscuro, con paredes de roca viva chorreantes, a lo lejos se escuchaba el murmullo del agua. En la pared derecha cada cierto tramo había unos hachones colgados, unos conos desiguales, metálicos, abiertos en la parte superior, donde unos andrajos mezclados con pez ardían de forma cansina, soltaban un olor penetrante. Al fondo un fulgor indicaba el final del pasaje, se oían gritos que cortaban el aire denso, voces altas que aun no entendía, los guardias de la puerta me dejaron pasar sin ningún impedimento. Frente a mi se abría una estancia mas o menos circular muy amplia, un cruce de caminos, cuatro galerías desembocaban allí, entre las bocas de entrada, había otras oquedades, dos de ellas tenían rejas, como si fuesen celdas, las otras dos parecían almacenes. La gente vestía de forma rara, sacada del pasado. Dos de esas personas vestían ropones color pardo oscuro con capucha, semejantes a los hábitos que usan los monjes.

Sobre una mesa de madera tosca y a la luz de una vela, otro se afanaba en escribir con esmerado cuidado. Este vestía de negro con un ancho cuello de nido de abeja blanco, en su pecho en el lado izquierdo una cruz de Santiago roja. Había dos encapuchados con el torso descubierto que parecían ayudantes, y en el centro otro vestido de negro riguroso con capa y capucha, que parecía ser el de mayor jerarquía. Me sorprendí a mi mismo vestido de la misma manera, por eso supongo que los guardias me flanquearon las puertas sin hacer preguntas. Notaba que estaba allí, estando sin estar, me deslizaba sin mover los pies, o por lo menos no lo notaba. Seguí escrutando tras mi disfraz. Nadie se percató de mi presencia o nadie quiso notarla. Delante de una de las estancias que servían de trastero, se requemaba en una fragua una montañita de carbón, había adquirido ya un color naranja rojizo, lo que me hizo suponer que estaba en una fase de mantenimiento. En una pared colgaban dos desdichados atados con grilletes por las muñecas. De una de las celdas partían gritos de súplica y de clemencia de una mujer, mezclados con gemidos lastimeros. En medio parecía haber un pozo de agua, y en la parte superior no podía distinguir el techo, percibía una corriente de aire que subía hacia allí, lo que me indicó que habría una abertura a modo de chimenea.

Los ayudantes preparaban en silencio, sin recibir órdenes, de una forma mecánica una silla de hierro, la acercaban al centro de la estancia. Pude ver que en el apoyapies, el asiento y en respaldo sobresalían unas superficies puntiagudas, no como para clavarse en la piel, pero si para molestar con su presencia. Arrastraban ya hasta el lugar a la mujer, envuelta en harapos, la pusieron delante del encapuchado. Con un gesto de cabeza la desnudaron. El cuerpo casi de una niña quedo a la vista. Veía la mirada lasciva del jefe, y el babear de los ayudantes, se tapaba como podía con las manos. De las mangas del hábito, apareció una vara, con ligeros golpes le obligaba a separar los brazos, a mostrar su desnudez. Empezó un examen manual, cada uno de los ayudantes sujetaba un brazo, las manos del examinador, sobaban los pechos, los apretaba, los giraba para buscar algo que evidentemente no había, que daño podía haber causado una criatura tan frágil? me preguntaba, quise intervenir y parar la situación, mis gritos se ahogaban en mi alrededor, parecía que nadie me oía, intenté parar una mano, mi mano pasaba como quien corta un haz de luz. Comenzaba a descubrir mi sino, yo estaba allí y los veía, ellos estaban allí pero no me veían. Seguía examinando, los ayudantes estiraron los brazos obligando a doblarse. Palpaba las nalgas, las manos se perdían entre las piernas, la niña gemía, seguía manipulando con fuerza hasta que un hilito de sangre se vio correr por sus piernas. Es bruja ! exclamó, la primera vez que le oía hablar. La llevaron a la silla, cerraron las ataduras a la altura de su pecho, las que inmovilizaban los brazos, y las que sujetaban las piernas. El escribiente miraba desde lejos la escena, esperando la orden para empezar a escribir.

El jefe se dirigió hacia el escribiente, los dos comenzaron a hablar, hablaban de la huérfana, mas parecía una negociación, una repartición de bienes que un auto de fe. La verdad me golpeó con fuerza, desde ese momento supe que la niña nunca volvería a salir de allí, ni con vida ni sin ella. Cuanto más me indignaba más real me volvía, lo podía notar, su pecado ser una rica heredera sin nadie que la protegiese ante la avaricia de gente sin escrúpulos. Veía el babear de los verdugos, las chanzas de estos ante la indiferencia de sus superiores, el mínimo contoneo de la niña por la incomodidad de los pinchos. Atizaron las ascuas de la fragua y las vertieron en un grueso caldero de hierro , el caldero lo depositaron bajo el asiento de la silla de hierro, con un fuelle lo aireaban cogiendo un tono rojizo amenazador. La niña empezaba a sudar, en esas condiciones juraría lo que fuese. Tras muchas preguntas de respuestas sugestionadas, casi dictadas. El Superior miró al escribiente y este comenzó a escribir.
 
..... Me llamo María , Hija del Conde de Bargota, juro que soy bruja, que en las noches de Luna llena, yo y otras gentes nos reuníamos en el paraje de las quebradas, junto a un altar de piedra y donde un árbol rojo en forma de cruz de San Andrés nace, para fornicar y con nuestros conjuros traer a Lucifer. Juro que en varias ocasiones transformado mitad hombre, mitad macho cabrío me poseyó y poseyó a otras, embarazándolas, y en esa misma noche dimos a luz a niños que pasaron a formar parte de sus huestes, juro que tras orgías descomunales, de sexo y bebida, y plantas que atolondraban nuestros entenderes, éramos poseídas una y otra vez por un miembro descomunal, que rasgaba nuestros interiores, y gracias a la magia al amanecer nos transformábamos en humo y volando o algo así, entrábamos por la chimenea y volvíamos a nuestros aposentos ..........

Se retorcía de dolor, los ojos se desencajaban de las órbitas, el olor chocarrado comenzaba a inundar la estancia, notaba como me volvía cada vez mas sólido. El rostro de satisfacción y de lascivia del jefe lo decía todo, ya tenían lo que querían pero seguían torturando a la pequeña.

Comencé a gritar y algo debieron sentir por que todos giraron la cabeza al unísono, vi como se tornó su gesto en preocupación, duró una fracción de segundo y volvieron a lo que estaban haciendo, yo me desvanecí a la vez que el despertador sonaba en mi mesilla........
 

Daryus.
 
 

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