MI REVISION MEDICA ANUAL
Eran las 4 de la tarde, y a pesar de la pereza
y el atontamiento de la hora de la siesta, tuvo que asearse deprisa, vestirse
y salir corriendo con las llaves del coche en la mano.
A las 5 y media tenía cita con el doctor
para un chequeo rutinario por orden de la empresa en la que trabajaba,
y el único hueco relativamente libre que tenía el Doctor
era ese día a esa hora.
Aunque salió con adelanto de su domicilio,
pilló el atasco de la salida de los colegios y se imaginó
cómo estaría para la hora que llegase el consultorio: lleno
de chavales griposos esperando su turno para conseguir un justificante
y saltarse las clases del viernes para que sus padres pudiesen salir antes
a tomar el camino de la sierra y descansar un par de días.
No es que no le gustasen los niños,
es que por lo general le irritaban, y no hablemos ya en la sala de espera
del médico donde ni él mismo sabia quien estaba mas nervioso:
si los chavales por miedo a recibir alguna vacuna sorpresa o él.
Como sospechaba, llegó 10 minutos tarde
y la sala de espera era ya el patio de la guardería, con niños
jugando, chillando y saltando por todas partes (qué pesadilla).
Afortunadamente, sin embargo, se acercó a la recepcionista para
indicar que ya había llegado, y ésta le contestó con
una sonrisa natural y agradable que le estaban esperando, y que sería
el siguiente en pasar.
De modo que tomó asiento entre una
niña gastroenterítica y un niño hiperactivo... Menuda
combinación.
Cuando se disponía a sacar el móvil
para echarse una partidita a algo durante la espera, oyó una voz
femenina por el altavoz que interpelaba su nombre: "Jorge Aranda, por favor,
pase por la consulta del Dr. Martínez".
Jorge se levantó y se dirigió
hacia la sala 315, la de siempre. Llamó a la puerta con 3 golpecitos
discretos y una voz femenina contestó "Adelante, pase".
Cuando entró vio a la recepcionista
de pie, entregándole una carpeta a una chica que no había
visto en su vida.
Iba vestida con una bata blanca, medias blancas
y zuecos blancos, por lo que él dedujo que sería una nueva
enfermera hasta que leyó en la chapa de su bata: "Dra. Isabel Martínez".
La doctora tendió su mano y Jorge no
tuvo por menos que estrecharla asumiendo definitivamente que tal vez la
joven era la sucesora de su médico habitual.
Sentándose los dos entablaron la típica
conversación: "Muy bien, Jorge, por lo que veo, vienes a revisión,
¿Verdad?" "-Si, para el trabajo, nada grave espero..."
"-¿Te encuentras bien? ¿Has
estado bien durante todo el año, verdad? Veo que sólo tuviste
una baja hace unos días y fue poco duradera."
"Nada, las anginas, como siempre, que con
los cambios de tiempo..."
"Muy bien, Jorge, quiero que pases detrás
del biombo y te desnudes para mi, ¿vale? Puedes quedarte con el
slip puesto."
Jorge se dirigió al espacio indicado
y comenzó a despojarse de la ropa mientras oía los típicos
ruidos del instrumental de consulta preparados para la revisión.
Cuando estuvo listo, salió y siguió las órdenes de
la Dra. Isabel, consistentes en sentarse en la camilla y relajarse.
Evidentemente, no iba a ponerse nervioso por
una revisión de rutina: oídos, vista, presión sanguínea,
etc. aunque siempre queda la sospecha.
Isabel comenzó tomándole la
tensión.
"-¿Qué edad tienes, Jorge?"
"42"
"-No te importará que te tutee, ¿verdad?
Te veo tan joven..." Cuando iba a contestarle, la doctora le hizo señas
de que se callara para poder escuchar mejor y tomar la tensión con
precisión.
"Bueno, esto esta muy bien, 11 - 6. Espero
que no te importe, me han dejado hoy solita porque con todo el lío
que hay de vacunaciones, las enfermeras no dan a basto. Tengo que ir haciendo
yo las anotaciones" "-No, no que va... si estamos todos hasta arriba de!
trabajo" "-Si, no? Bueno
Jorge, ahora voy a ver como andamos de pulmones.
Vamos a ver si puedo calentar un poco el estetoscopio antes de plantártelo.
Je je je". Jorge contestó con una sonrisa. Por lo que parece, le
había tocado el día de suerte
de la revisión médica agradable y de momento no había
nada que temer.
La doctora comenzó a auscultar a Jorge
"Respira hondo... Suelta el aire despacito... Vuelve a respirar... suéltalo...".
Todo iba fenomenal pero... "Uy, Jorge, ¿cuánto hace de lo
de las anginas que me comentaste antes?" "-Hará un par de semanas,
¿por?" "Te estoy notando los bronquios un poco protestones, ¿eh?
¿Qué tomaste para curarlas?"
"-Lo de siempre, Amoxicilina. Lo que pasa
es que siempre me pasa lo mismo, cuando me encuentro mejor lo dejo y así
estoy, todo el invierno acatarrado." "-A ver si te voy a tener que regañar
como a los niños..."
Jorge se sintió un tanto incómodo
después de ese comentario, pero supuso que le recetaría otra
caja de antibióticos, y a tirar."¿Te notas cansado, con fiebre...?"
"-No, nada fuera de lo normal."
"-Bueno, vamos a ver como estás ya
que esta aquí. A ver, túmbate boca abajo en la camilla."
Jorge obedeció inmediatamente sin saber muy bien para qué
tenia que estar tumbado, pero no esperaba nada malo.
Sin embargo, de repente notó como Isabel
le bajó los boxers hasta debajo de las nalgas y empezó a
sospechar que no podía ser nada bueno: estar sobre una camilla con
el culo al aire no le traía buenos recuerdos.
"Voy a tomarte la temperatura, ¿de
acuerdo? Vas a notar algo frió en el culete, pero no te preocupes
que no duele, es solo un termómetro."
"-Pero oiga... ¿No me puede tomar la
temperatura como a la gente normal?"
"-¿Cómo como a la gente normal?
Aquí los termómetros que usamos son los termómetros
rectales, que son más fiables que los otros. Venga, no me seas quejica
que esto no duele"
Vio de reojo como ella se calzaba unos guantes
de látex blancos y sacaba del armario un cilindro de cristal bastante
largo. Después, lo untó bien con una especie de pomada transparente
y de nuevo se dirigió a él:
“¿Ves? No es nada. Le ponemos bien
de lubricante y casi ni lo vas a notar. No seas quejica, a ver si te voy
a tener que mandar a la sala de espera con el resto de los niños..."
Jorge se resigno sin mediar palabra. Se sentía
completamente humillado tanto por los procedimientos como por el toniquete
de voz condescendiente... Tan amable como le parecía en un principio
su nueva doctora, empezaba a sospechar que la visita no iba a ser un camino
de rosas.
Sintió como ella le separaba las nalgas
con dos dedos y empezaba a insertar haciendo un poco de fuerza el tubo
de cristal helado por su pobre ano que no había recibido visitas
externas desde que se inventaron los antipiréticos en pastilla,
haría unos 25 años. Tensó los músculos con
la sensación desagradable "Tranquilo, chico, que esto no es nada...
Pues si te pones así nada mas empezar..." ¿Qué?!?!?!
¡Jorge sufrió un colapso! ...
¿Qué era eso de "nada mas empezar"... qué pretendía
hacerle? Descuartizarle por no haberse acabado la caja de Augmentine...
¡Por Dios!
Isabel le dio un cachete "amistoso" en el
trasero y le dijo que aguantase 5 minutitos, enseguida volvía.
A través de la puerta oía la
voz de su doctora riéndose con otra chica. Esperaba que no estuviesen
mirándole y riéndose de él porque se sentía
no sólo incomodo albergando 10 cms de cristal dentro del recto,
si no por el aspecto que tenía que tener desprovisto de ropa interior
y con el palito saliéndole del culo.
Al rato volvió Isabel muy sonriente
y preguntó "¿Qué tal? ¿No ha sido para tanto
verdad?" mientras sacaba bruscamente el termómetro. Jorge se quejó
con un "mmmffff" que la doctora escuchó. "Venga, hombre, ánimo
que esto se pasa sólo una vez al año." Observando la temperatura
añadió "Uy, estamos un poquito mal aún, eh? 37'7..."
Mientras Jorge pensaba que sería el
bochorno que le había hecho pasar. Ya se disponía a subirse
los boxers cuando la doctora le dijo "Quietecito, hasta que no te lo diga,
no te los subas, que aún no hemos acabado... Esto no me gusta nada.
Has manchado termómetro y por lo que he podido apreciar, no te has
sentido nada bien cuando te lo he puesto. Vamos a ver si está todo
bien por ahí dentro. ¿Te han mirado como tienes la próstata
alguna vez?
"-Pues no... Vamos que yo sepa... ¿Y
cómo vamos a verlo?"
"-Tú relájate."
Isabel abrió una puerta contigua a
la consulta y abrió el grifo, seguramente para lavar el termómetro
mientras el pobre paciente cavilaba:
Claro, relajadísimo... Jorge sintió
como iba incrementando el odio hacia la chica que le había parecido
tan amable en un momento, proporcionalmente a cómo crecía
el miedo que tenía. Si algo le daba pavor, eran las agujas y las
inyecciones y aunque no era creyente, estaba rezando por no ver a entrar
a la Dra. Isabel con una jeringa.
Cuando ella volvió, entró con
un supositorio en una mano y en la otra algo que a él le pareció
una bolsa de agua caliente de las antiguas, bastante grande y con un tubito.
"Muy bien, Jorge, te voy a limpiar bien por dentro para poder explorarte...
Relájate todo lo que puedas... No te dolerá mucho." BINGO!
Palabras claves para desatar un ataque de pánico en la consulta
médica. Según su experiencia "No te dolerá mucho"
era sinónimo de "procura que no se te salten demasiado las lágrimas".
Notó como la doctora separaba sus nalgas,
le introducía el supositorio e incluso sintió como metía
uno de sus dedos bien dentro de su ano con ánimo de que no se saliera.
“Bien, ahora vamos a esperar diez minutos para que surta efecto”. Pasó
luego a aplicarle de nuevo el lubricante en el ano sin saber muy bien de
qué iba la guerra. A continuación, notó como le insertaba
algo bastante más grueso que el termómetro y ahogó
un quejido. "Muy bien, corazón, supongo que ya sabes como funciona
esto, ¿no?" Jorge negó con la cabeza, y con los ojos cerrados
por la incomodidad que le estaba causando ese tubo rígido, en su
entrada hasta ese momento más sagrada.
"¿Cómo que no? No me digas que
nunca te han puesto un enema, una lavativa o como lo quieras llamar..."
Mientras el chico pensaba cuán humillante era aquello y las veces
que había pensado lo mucho que tenía que doler.
"Mira, ahora voy a abrir este tubito para
q la solución entre en tu intestino y te limpie bien por dentro.
Estate tranquilo, que aunque es un poco incómodo no duele, ¿vale?
Después, dejaremos que haga efecto un ratito y pasaras a la sala
de baño para evacuarlo."
"Yo sólo venía a la revisión
del curro... No creo que esto proceda. ¡OUCH!"
La solución jabonosa empezó
a hacerse camino, y empezó a notar algo ardiente dentro del intestino.
"-Anda, cálmate quejica."
"-Pero es que tengo algo de prisa..."
"No, no tenemos prisa, la salud es lo primero.
Relájate y compórtate o voy a tener que darte una azotaina
como a los niños malos, que no has dejado de quejarte desde que
entraste y no me dejas hacer mi trabajo. Cuanto menos tiempo perdamos en
tonterías, antes podrás irte a casa..."
Jorge cada vez se sentía más
lleno y más escocido por dentro. Empezó a sentir escalofríos
y retortijones "¡Por favor, páralo! Esto duele... mmmmfffffff"
"-Shhhh, ya queda sólo la mitad."
¿Sólo!? Dios... no podía
aguantar ese dolor por más tiempo, y aún faltaba el doble.
Jorge sintió como empezaban a escapársele un par de lágrimas.
"Por favor, Jorge, no seas crío y estate
quieto o tendremos que repetirlo para poder hacerte una buena limpieza"
"-No, por favor, más no..."
Jorge ya estaba sumido en unos retortijones
espantosos cuando la doctora prosiguió "No ha sido para tanto. Ahora
quiero que permanezcas como estas 10 minutitos, ¿de acuerdo? Mientras
yo voy a preparar lo que necesito para tu exploración rectal..."
¿Porqué?!?!? Joder... Sus tripas ardían y mucho temía
por las palabras del médico, que esta era la parte más agradable
de la visita.
En lo que estaba tumbado pudo ver como la
Dra. Isabel acercaba un taburete a los pies de la camilla y una mesa con
rueditas repleta de un montón de tubos e instrumentos que no había
visto en su vida, propios del gabinete de cualquier inquisidor.
"Muy bien, ves? Te estas portando fenomenalmente
ahora. Ya queda menos."
El paciente sudaba a mares! durante la eterna
espera "Necesito irme ya, de verdad, me duele mucho, tengo que echarlo
todo fuera, no aguanto, por favor..." Al escuchar esas palabras, la doctora
se puso mucho mas seria. "Vamos a hacer lo que yo te diga. Esto es una
ciencia, no una barraca de feria. Si te digo que tienes que esperar es
por algo, ¡niñato! Me estas empezando a crispar los nervios
y eso no es bueno ni para ti ni para mi".
Al cabo de un rato de silencio, Jorge notó
las manos de su sádica inquisidora separando sus nalgas y sacando
el incómodo tubo. "Muy bien, pasa a la sala contigua, es el lavabo.
Tomate tu tiempo y procura calmarte".
Jorge se levanto de un salto procurando no
derramar el líquido que llevaba dentro de camino al baño,
que aunque estaba al lado se le hizo eterno. Si recibirlo había
sido horrible, expulsarlo no fue una tarea más fácil. Cuando
hubo terminado, notó que estaba completamente escocido y dolorido.
Volvió a la consulta con los calzones puestos y Isabel le indicó
que se los quitase y se tumbase con las rodillas pegadas al pecho boca
abajo. El infierno acababa de empezar, como sospechaba.
"Muy bien Jorge, ¿has mantenido relaciones
con hombres alguna vez? ¿Te han entrado por la puerta de atrás?"
"-¡Por supuesto que no!"
"- Bueno, ahora vas a averiguar lo que se
siente"
Jorge adoptó la postura indicada por
la doctora, aterrado. Intentó distraer su mente y pensó que
al menos nadie más sabría de su humillación mas allá
de las puertas, cuando entró la recepcionista: "Hola, Sr. Aranda,
¿cómo va?"
Doctora: "Está muy quejica, no me está
colaborando nada".
Recepcionista: "Uy, a ver si vamos a tener
que sujetarle como las madres..." Mientras le guiñaba el ojo, la
chica de recepción de pacientes se dirigió a su compañera:
"¿Vas a necesitar algo?"
"-Si, ve preparándome un par de benzetacil
y dos de las que tú ya sabes, a ver si así se nos calma un
poco".
Jorge no sabiendo ya donde esconder la cara,
oyó cómo la chica de la sonrisa bonita pasaba a la sala de
preparación de torturas, pero supuso que iba a por recetas, o algo
parecido. Salió de golpe de sus pensamientos cuando notó
como la doctora le volvía a untar su ahora escocidísimo agujerito
con la materia viscosa y fría. Le estaba poniendo una buena cantidad,
y repartiéndola bien alrededor cuando un dedo se introdujo en la
cavidad. No aguantando la horrible sensación, el paciente no pudo
evitar dar un ahogado grito.
"Te he avisado... Ya me tienes harta" Isabel
saco el dedo y le asesto unos cuantos azotes que le dejaron algo dolorido,
pero le causaron una tremenda erección. Caray con la nena salvaje...
Isabel volvió a introducir su dedo con menos delicadeza, luego otro
y luego un tercer dedo. "Se acabó la amabilidad contigo, amigo..."
Comenzó a darle un masaje en la próstata, al principio incómodo
y doloroso, pero que fue tornándose en una de las experiencias más
placenteras que jamás hubiese sentido el paciente.
Estaba en sus ensoñaciones cuando por
fin notó que le liberaban de la intrusión y escuchó
la voz de la recepcionista "¿Le vas a meter el pico de pato?"
"-Ahá, quiero comprobar que no hay
heridas ni desgarros".
De nuevo Jorge notó cómo algo
horadaba su más que dilatado agujero. Algo muy frió e incomodo.
Empezó a sonar algo así como un "clack" repetidas veces.
A cada clack, notaba una punzada en el trasero y como el cacharro metálico
iba abriéndole el ano y causándole un dolor que casi terminó
en desmayo.
Sintió las miradas de ambas sanitarias
clavadas en su trasero y el dolor punzante e intenso. La sensación
de que le iban a desgarrar y de cómo le manipulaban sus dedos en
su interior llegó a ser agradable. Pero todo eso no hacía
más que excitarle más llegado a este punto.
"Bueno Jorge, parece que todo está
bien por la retaguardia. Te estas portando muy bien, cielo. Lo que no haga
una buena azotaina a tiempo, sea cual sea la edad..."
Las dos bromearon cuando la chica de la entrada
se dio cuenta de que el paciente tenía el trasero enrojecido y ahora
comprendía porqué. "¡No me lo puedo creer! Vaya, vaya,
vaya... ¿le has tenido que zurrar?"
"-Si, estaba siendo un niño muy malo..."
“-Date la vuelta y túmbate de espaldas,
ahora revisaremos la vanguardia.”
La Dra. Isabel se dirigió a su ayudante
y le pidió que le fuera preparando una Sonda Foley calibre 18, lubricante
urológico, una jeringuilla de 10 ml., otra de 60 ml., una botella
de suero salino de 500 cc y una bolsa depósito para la orina.
De nuevo volvió a repetir: “esto no
te va a doler, pero puede que sientas alguna molestia”. De nuevo el paciente
humillado se temió lo peor preguntándose el objeto de dicha
revisión.
Separó las piernas de Jorge y flexionó
un poco sus rodillas, de modo que no entorpecieran sus movimientos. Se
volvió a enfundar unos nuevos guantes de látex, tomó
una gasa empapada en Betadine y se dispuso a comenzar. Con una mano tomó
su pene y retiró el prepucio hacia atrás, mientras con la
otra y blandiendo la gasa comenzó a desinfectar el pene en toda
su extensión, prestando especial dedicación en el glande.
Jorge comenzó a sonrojarse, sintió
que con las caricias recibidas con la gasa su miembro comenzaba a cambiar
de tamaño.
“-Cris mira” dijo la Dra., “parece que le
gusta a nuestro hombrecito, está comenzando a tener una erección”.
Ambas reían a carcajadas poniendo más en ridículo
al ridiculizado Jorge. “Allá tu, la sonda te va a resultar mucho
más molesta cuanto más erección tengas”.
Cogió la sonda, la lubricó en
toda su longitud y comenzó a introducirla muy despacio por el pequeño
y estrecho agujerito. Cuando llevaba aproximadamente la mitad introducida,
preguntó: “te duele”, a lo que Jorge respondió que no pero
sentía ciertas molestias.
El pene de Jorge estaba completamente tieso
y había multiplicado su tamaño inicial en longitud y grosor,
tanto que no necesitaba ser sujetado ya por la Dra.
Una vez toda dentro, colocó una pinza
en el extremo para cerrar la evacuación, acopló la bolsa
depósito, tomó una jeringa e inyectó su contenido
en una de las bocas de la sonda. “Esto es para hinchar el globo que se
encuentra al final de la sonda y no pueda salirse”, explicó. “Ahora
vamos a realizarte un lavado de la vejiga son suero para prevenir posibles
infecciones”. Y comenzó a vaciar una botella de suero inyectándolo
con una jeringa bastante grande.
Cuando ya quedaba poco líquido por
inyectar, Jorge replicó: “no por favor, más no, estoy lleno
ya y tengo necesidad de ir al baño”.
“-Aguanta, ya queda poco” me contestaron y
vaciaron la última jeringa. Masajearon su vientre y retiraron la
pinza que impedía la salida de todo el líquido retenido.
-“Uffff” exclamó Jorge, “por fin, no
podía más”. El líquido vació su vejiga y lleno
la bolsa dispuesta para tal efecto. Una vez finalizado el vaciado, la ayudante
vació el globo de la sonda y la extrajo tan lentamente como había
sido introducida. Ya aliviado, de nuevo su miembro se puso erecto, firme
y duro por tanta excitación.
-“Gracias Jorge, nos facilitas la tarea”,
dijo la Dra. Isabel con sonrisa maliciosa y perversa. “Ahora necesito una
muestra tuya de semen, así que comienza a masturbarte hasta que
eyacules y lo haces en este frasquito para su posterior análisis”.
-“Ah no, esto ya es demasiado para una simple
revisión médica”, contestó Jorge. No le dio tiempo
a terminar de hablar cuando recibió de una de las manos de la Dra.
un apretón en sus testículos. Encogiéndose y llevándose
las manos a los mismos, “de acuerdo, tendrán su muestra”. Y comenzó
a masturbarse ante la atenta mirada de Isabel y su enfermera, primero muy
lentamente todavía dolorido por el apretón y luego cada vez
más rápido y con más energía. Llegado el momento,
comenzó a gemir y sentir pequeños espasmos, de su pene comenzó
a brotar pequeños chorros de semen a duras penas podía acertar
para depositarlo en el pequeño recipiente.
-“Eres un torpe, has derramado fuera casi
toda la muestra”, le dijo la enfermera intentando ordeñar su miembro
y recuperar la cantidad suficiente… “con lo poco que has depositado dentro
no habrá suficiente, así que ya sabes lo que te toca, te
voy a ordeñar hasta que vuelvas a eyacular, y procura no tardar
en hacerlo”.
Cristina meneó el pene de su paciente
con mucha rapidez y energía, lo que hizo que enseguida volviesen
los gemidos y espasmos. Esta vez no se derramó ni una sola gota,
cayendo todo en el interior del recipiente.
Jorge interrumpió de nuevo humillado
y con la cara ardiendo de vergüenza para preguntar si ya estaba todo
y se podía incorporar.
"No, cariño, túmbate así,
boca abajo y relaja ese culete. No me gusta nada esa bronquitis que parece
que tienes. Me voy a asegurar de que sales de aquí como un roble.
Cristina... ¿Has preparado las inyecciones que te he dicho?"
¿QUÉ?!?! ¿INYECCIONES?
¡NO! Por eso sí que no pasaba. "Mire, doctora, creo que ya
he tenido suficiente por hoy. Porqué no me receta algo que pueda
tomar en casa y acabamos. Tiene que haber gente esperando fuera, porque
llevamos mucho tiempo..." No acabó la frase, y ya notó el
algodón frió por el alcohol acariciando la piel de su nalga
derecha. "Por favor, no... De verdad, me dan pánico las agujas,
por favor!"
"Tranquilo, procuraremos no hacerte mucho
daño, aunque debes saber que el Benzetacil escuece bastante" "-No,
por favor no!" "Jorge, Jorge... no me montes una escenita o vamos a tener
que ponerte en vez de dos, cuatro para que aprendas a obedecer..."
"¿2? ¿4? ¿Qué?"
Notó sin más preaviso como una
aguja iba profundizando bajo su piel y dentro de su músculo lentamente
y comenzó a emitir un grito de un susurro a un "AAAAAAAAAAAH!" intenso
a medida que la aguja se abría camino y el líquido se expandía
dentro de su nalga.
En respuesta Cristina se dirigió a
Isabel "¿Le vas a poner las otras, verdad?" "-Si, va a aprender
a perderle el miedo a las inyecciones". La doctora sacó la aguja
con un movimiento más bien brusco "Bien, Jorge, vamos a por el otro
cachete. Como vuelvas a escandalizar, te voy a poner 2 más y mucho
más grandes. Enséñaselas, Cris..."
La recepcionista levantó el mentón
de Jorge para enseñarle un par de jeringuillas enormes repletas
de líquido y con un par de agujas, no sólo gruesas, si no,
larguísimas. Jorge lloriqueó "nooo, no, por favor, de verdad...
nooooooo".
A estas alturas su cara estaba empapada de
lágrimas que no dejaban de brotar y fueron más cuando notó
el segundo pinchazo en la nalga contraria. Notó de nuevo la aguja
atravesarle y el horrible escozor del medicamento liberándose dentro
de él. Fue inevitable, volvió a gritar sin poder controlarlo.
Isabel sacó la aguja, le limpio con
el algodón y acto seguido le suministró otra tanda de azotes,
esta vez más severos y abundantes.
Jorge no podía evitar sentirse como
un crío de 10 años siendo castigado por la peor de las madrastras,
sin embargo, cada vez notaba su miembro más y más erguido
pegado a su estómago.
"Ahora, nene, vamos a hacer algo que no vas
a olvidar en tu vida..." El paciente reconoció la voz de la recepcionista
y alzó de nuevo la vista para ver una sonrisa bastante picara entre
las lágrimas.
"Venga, Cris, las dos a la vez, sé
que te gusta jejeje" Doctora y enfermera volvieron a pasar un algodón
húmedo por las doloridas y aun escocidas por el medicamento cachas
de Jorge.
La doctora volvió a pronunciarse: "Recuerda
no dejar que se seque el alcohol, así le escocerá más"
y ya dirigiéndose a Jorge: "Esto sí que va a doler... Es
agua destilada, algo tan sencillo como eso... Pero vas a sentir tal dolor,
que te vas a correr de gusto".
A la voz de tres, ambas señoritas insertaron
las enormes agujas en los glúteos de Jorge, muy despacito... El
notaba el dolor creciente y la sensación de estar siendo domado
por dos perfectas sádicas. Una vez tuvo las agujas bien clavadas,
ambas empezaron a empujar el émbolo lentamente, dejando que la solución
hiciese el trabajo deseado.
Jorge empezó a gemir. Su gemido fue
creciendo hasta convertirse en grito, pero aquellas jeringuillas no acababan
nunca de vaciarse. En ese dolor tan punzante, el paciente empezó
a discernir un placer como nunca antes había sentido. A mitad de
inyección, la doctora hizo que Jorge se pusiese a 4 patas, y Cristina
comenzó a acariciar su pene lentamente en un vaivén incesante.
Cuando casi todo el agua había pasado
del otro lado de las agujas, Cris se centró en el glande de su paciente
y lo acarició hasta que el gemido de Jorge pasó de ser un
gemido sordo de dolor a una expresión de placer. Se corrió
una y mil veces en un orgasmo eterno que hizo que temblase todo su cuerpo.
Una vez retiradas las agujas, Isabel volvió
a dirigirse a su no tan joven como ella paciente susurrándole al
oído: "Cariño, sé que he sido una niña muy
mala, pero también sé que te ha encantado la exploración.
Ahora relájate y vístete mientras te preparo el documento
para la oficina. Puedes vestirte cuando quieras..."
Después de un considerable reposo,
y aún asimilando lo ocurrido, Jorge fue a lavarse y a ponerse la
ropa detrás de la cortinilla.
Cuando se acercó a la mesa, Isabel
le extendió dos folios, uno escrito a ordenador y otro de su puño
y letra. Ambos se estrecharon la mano y se sonrieron mutuamente.
Al salir de la consulta, ya vacía la
sala de espera, Jorge se despidió de la intrusa que se había
medio colado en la consulta con un guiño de ojo que ella devolvió
con una amplia sonrisa.
Caminó como pudo hasta el coche, abrió
la puerta y sintió un tremendo dolor al sentarse. Estuvo un rato
inmóvil, esperando a que disminuyese el escozor y pensando en lo
ocurrido. Tomó entre sus manos los folios expedidos por la doctora.
El primero, escrito a ordenador y con toda clase de sellos, era un informe
bastante sencillo acreditando que el paciente Jorge Aranda reunía
todas las capacidades para desempeñar su labor en la empresa, bla,
bla, bla...
Tomó el segundo escrito a mano y leyó
"Me has hecho disfrutar bastante, pero la próxima vez, quiero que
me hagas disfrutar todavía mucho más. Puedes llamarme cuando
quieras y concertar una cita... No tardes cariño, estoy deseando
clavarte tantas agujas como puedas soportar ¿Qué te parecería
mañana por la noche?".
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