EL PRECIO DE LA DULZURA

 

Dedicado a las que no perdéis vuestra dulzura cuando azotáis.
 

Capítulo 1
 

Tengo treinta años pero cuando suena el teléfono mi corazón salta como el de 
  un
adolescente.

-Nos veremos en  la cafetería del  parador de M.,  el viernes a  las seis de 
  la
tarde. Habrás llegado antes que yo. Recién afeitado, limpio y bien vestido.  
Sin
nada que hacer hasta la tarde del día siguiente. En la mesa, doblado, 
tendrás un
diario abierto  por la  página de  anuncios por  palabras. Hablaremos,  y si 
nos
parece bien contrataremos la habitación. La pagaremos a medias.

-Como digas.

Cuelga.
 

***
 

Una mujer en un  turismo rojo parece que  me observa cuando entro  por la 
puerta
del parador. Son las seis menos veinte. He decidido no ponerme un traje, 
después
de dudarlo mucho, y he optado por vestir de sport: una americana verde de  
lana,
corbata y pantalones  a juego. Llevo  también un periódico  bajo el brazo  y 
una
pequeña maleta. Me ha parecido hermosa, aunque he evitado mirarla  
directamente.
No tomo  café para  evitar el  mal aliento,  pero no  me resisto  a encender 
  un
cigarro. Bebo un  refresco, pendiente de  la entrada, inclinándome  de 
cuando en
cuando  sobre  el periódico  abierto.  Anuncios de  contactos.  Siento el  
latir
impaciente de mi corazón.

Ahí está. Parece una ejecutiva o una  abogada, con su traje de chaqueta 
crudo  y
su portafolios  de cuero.  Su melena  morena, corta,  con las  puntas 
rozando el
cuello, se  mece al  compás que  marca su  paso, enmarcando  la sonrisa 
húmeda y
blanquísima, afectuosa. Se acerca. Veo  el brillo inquisidor de las  
pupilas. No
me mintió  cuando dijo  que tenía  veintisiete años.  Es elegante,  
distinguida,
bellísima. Antes  estaba impaciente,  ahora temo  no comportarme  con el  
aplomo
necesario. Se sienta delante de mí.

-Hola, ¿cómo estás?

-Muy impresionado.

-Igual que yo.

No le creo,  pero agradezco la  amabilidad de su  réplica. Apago el  
cigarrillo,
arrepentido por haberlo encendido.

-Perdona, estaba nervioso. ¿Te molesta que fume?

-No. Pero si subimos a la habitación dejarás de hacerlo. Si tienes muchas 
ganas,
me pedirás permiso.

-Como quieras.

Nos miramos unos segundos. Bajo los ojos a la mesa, a mi vaso, a sus manos, 
y la
miro de nuevo a la cara.

-Pareces un poco cohibido.

-Lo siento.

-No te preocupes, no me desagrada.

Aunque lo que dice es perfectamente audible, habla con un susurro que nadie  
más
que yo  puede percibir.  Se acerca  un camarero,  ella le  pide una  
coca-cola y
espera a que se aleje para continuar.

-¿Nunca has hecho esto, verdad?

-No... ¿y tú?

-Parecías  muy  preocupado  por establecer  límites  -me  dice desatendiendo 
  mi
pregunta.

-Bueno... es que sólo  conozco este mundo por  lo que he leído  y por lo que 
  he
visto en internet -le digo, excusándome-. Quiero probar, entrar en la 
situación,
pero sin exageraciones.

Nos callamos, con nuestras miradas enfrentadas. El camarero coloca en la 
mesa el
servicio de ella y se marcha.

-¿Tienes miedo de que sea demasiado cruel?

La  dulzura  de  su  belleza  y  de su  voz  me  hacen  creer  que  mis 
antiguas
prevenciones ya son innecesarias. Le sonrío e intento explicarle:

-Supongo que tú... has visto las exageraciones a que me refiero: otras  
personas
que entran en la escena, juegos escatológicos, terribles palizas...

Su sonrisa me desconcierta: no sé si es comprensiva o irónica.

-No  permitiré  que  establezcas límites  -dice  sencillamente  después de  
unos
segundos.

-¿No...?

-Puedes marcharte cuando  quieras, pero mientras  quieras estar conmigo  
tendrás
que aceptar lo que yo desee.

Respiro hondo, sin saber qué decirle, y  mi mano va a la cajetilla de  
cigarros,
instintivamente. Ella me la quita con suavidad y la aparta. Yo no protesto.

-Acabas de apagar uno. No fumes más.

-Está bien.

-No temas. Siempre te daré tiempo para que puedas detenerme antes de 
someterte a
algo que  supere tu  resistencia. Para  eso tendrás  tu contraseña. Por 
ejemplo:
"Suena una campana" -se detiene y bebe un sorbo de su vaso-. Estás en tu 
derecho
a  decirla cuando  quieras; pero  ten mucho  cuidado, porque  si me  parece 
que
resistes poco te echo sin oportunidad de rectificar, ¿entendido?

-Entendido.

-Odio la vulgaridad.  Quiero que seas  sumiso, modesto y  delicado. Si 
vienes  a
hacer una  parodia, reconócelo  y vete.  Y si  eres un  masoquista 
provocador  y
piensas desobedecer para que me ensañe, vete también.

El tono de su voz, aunque amable,  es serio y amenazante. Por nada del  
mundo me
iría.

-Intentaré no defraudarte.

-Tengo una bolsa en el coche. Espérame en la recepción.
 

***
 

Contrata  la  habitación  a  su  nombre, sin  importarle  que  vea  su  
carné de
identidad. Ya sé que se llama Cristina.  Ella todavía no sabe cómo me llamo  
yo.
Habitación  302. Espaciosa.  Una cama  de matrimonio.  Terraza con  vistas a 
  la
piscina. El  empleado que  nos la  muestra parece  curioso por nuestra 
relación.
Ella abona el terreno, para  divertirse, mostrándose muy fría y  
displicente. No
le da propina. Él me  dirige la mirada pero yo  nada tengo que decir. Se  
va: la
puerta se cierra evocándome la cancela de una prisión.

Deposito mi maleta sobre el banco que hay a los pies de la cama.

-¿Qué has traído? -me pregunta.

-Una muda de ropa, un pijama y las cosas de aseo.

-Ábrela.

Desempaqueto con cuidado el pantalón  gris, la camisa amarilla terrosa,  la 
ropa
interior, el pijama y la bolsa de tela donde guardo los zapatos. Ha quedado 
a la
vista una caja de preservativos, pero no muestra interés en ellos. Siguiendo 
sus
indicaciones,  saco  los  zapatos  para mostrárselos  y  pongo  en  su mano  
los
calzoncillos. Son blancos, elásticos y sin costura, ceñidos y cerrados.

-¿Son iguales los que llevas puestos?

-Sí.

-Pon la ropa en el armario. Lleva lo demás al cuarto de baño y vuelve aquí.

Cuando estoy en el cuarto de  baño, ella comienza a deshacer también  su 
pequeño
equipaje. Yo espero, deambulando por la habitación. El portafolios lo deja 
sobre
la banqueta, cerrado.

Me reclama con un movimiento del dedo índice y me acerco.

-Vacíate los bolsillos, por favor.

Voy dejando junto al maletín el tabaco, la cartera, el mechero, las llaves y 
  un
pañuelo. Coge la cartera.

-¿Puedo verla?

-Sí.

-David -dice, por el gusto de pronunciar mi nombre.

-Sí, Cristina.

-Esclavo.

-Ama.

-Traes mucho  dinero -me  comenta, mirando  por encima  el compartimento  de 
los
billetes. Sonrío.

-Sí... pero espero no gastarlo todo.

-Ya... -ríe-. Guarda todo esto en el armario.

Obedezco. Ella se sienta en un sillón.

-Trae el maletín.

Lo pongo sobre la pequeña  mesa que hay a su  lado. Ella lo abre. Ante  mí, 
bien
ordenada, una profusión de instrumentos de tortura. Acierto a ver finas  
cadenas
de  hierro,  muñequeras  de  cuero  y  látigos  de  varias  clases.  
Contengo la
respiración. Ella se divierte con mi angustia.

-No tiembles. Pareces un corderito -me dice para incrementarla.

-Ya... -río estúpidamente-. Estoy algo asustado.

-Asustado y avergonzado.

-Sí -lo reconozco.

Me sonríe, encantadora.

-No creas que eso me ablanda. Tengo  dudas sobre si me sirves como esclavo  
y no
quiero perder el  tiempo, así que  voy a tratarte  duro desde el  principio 
para
ponerte a prueba -no pierde la sonrisa, que ahora es cruel, y entorna los  
ojos.
Su voz es suave e inflexible-. Voy a disfrutar humillándote.

Bajo los ojos, incapaz de sostener su mirada.

-Desnúdate.

Asiento en silencio y, después de unos segundos, me despojo de la chaqueta.

-Tira la ropa. Después la recogerás -mi chaqueta cae al suelo-. Descálzate.

Me quito los zapatos y los calcetines, agachándome, y cuando termino los  
aparto
con un pie. La  miro, creyendo que quiere  indicarme cada prenda de  la que 
debo
despojarme, pero ella no hace más que esperar, tranquilamente. Me deshago de 
  la
corbata, desabotono la camisa y la  dejo caer sobre la chaqueta. Ella  tiene 
los
codos apoyados en los brazos del sillón y junta las yemas de los dedos de  
ambas
manos, tocándose el mentón y los labios, muy seria. Respiro hondo, me 
desabrocho
los pantalones y me los quito con torpeza.

-Espera.

Me observa. Es patente el enardecimiento de mi sexo.

-Date la vuelta.

Permanezco unos segundos de espalda hasta que me manda girar de nuevo.

-Ya veo que te gusta ir bien ceñido.

-Es más cómodo, pero me pondré lo que tú digas.

-Desde luego que sí que lo harás. Más cómodo... -ríe-. Venga, desnudo.

Me quito los calzoncillos y me expongo al examen de su mirada. En contraste  
con
mi vergüenza, mi verga, liberada, apunta  desafiante al techo, por encima de 
  su
cabeza.

Durante  un  rato  se  limita  a  observarme,  con  expresión 
desasosegantemente
crítica.  Después  se  levanta  y se  acerca  al  maletín.  Reclama mis  
muñecas
enseñándome con un gesto cómo debo ponerlas: los dos antebrazos extendidos 
hacia
ella, las palmas de  las manos hacia arriba.  Me coloca dos muñequeras  de 
cuero
negro, ajustando sus hebillas.  La operación me excita  extraordinariamente. 
Con
un collar  del mismo  material reviste  mi cuello.  Se abrocha  también con  
una
hebilla. Lo deja  bastante holgado y  lo gira para  que la anilla  metálica 
que,
como los brazaletes, tiene prendida, quede hacia delante.

-Quiero que te tranquilices.

Ensarta el  mosquetón de  una fina  cadena a  la anilla  del collar. Desliza 
sus
dedos por los eslabones, tensándola un poco, y la suelta dejándola rebotar 
sobre
mi pecho. Entonces descorre las cortinas por completo. Diviso hasta el 
horizonte
el paisaje de la campiña. La luz baña por completo mi desnudez.

-Te vendrá bien tomar un poco de fresco. Sal a la terraza.

No hay edificios a la vista. La  altura de la habitación y el antepecho  de 
obra
parece que protegen de la visión de quienes estén en los jardines del hotel. 
Dos
paredes laterales  que llegan  hasta el  techo separan  de las  terrazas de  
las
habitaciones vecinas. Estoy  sopesando el riesgo  de que puedan  verme 
cuando se
impacienta mi ama y me propina una sonora bofetada.

-¿No obedeces?

-Sí, perdona -contesto llevándome la mano a la mejilla, sorprendido.

Abro la puerta corredera y salgo, titubeante. No me acerco al antepecho para 
que
nadie pueda ver el collar y la cadena que pende de él.

-Arrodíllate -ordena mi ama desde la  habitación, en voz baja. Después busca 
  en
su maletín y se me acerca con dos cadenas cortas. Me lleva tirando de la  
cadena
del cuello, haciéndome  caminar de rodillas,  y me hace  ponerme de espaldas 
  al
antepecho. Las dos  cadenas las ensarta  con mosquetones de  las anillas de  
mis
brazaletes y de la barandilla metálica que remata el antepecho. Quedo cara a 
  la
habitación, arrodillado con los brazos en cruz.

Me observa durante unos segundos.

-Conviene que te mantengas derecho y sostengas los brazos en horizontal.

Me deja así. Entra en la habitación y cierra la puerta. La veo sacar un 
refresco
de la nevera. Busca en el armario y  se sienta en un sillón con un libro.  
Pasan
largos minutos. Ella no levanta la cabeza  de su lectura. Si dejo que bajen  
los
brazos  las  manos  caen  atrás,  colgadas  de  la  barandilla.  Para  
evitar la
consiguiente tensión debo sentarme sobre los talones. Así retrocede el 
tronco  y
doblo  algo  los  brazos, en  posición  más  relajada. A  pesar  de  sus 
últimas
palabras, es lo que termino haciendo cuando las fuerzas me fallan, pero veo  
que
gira la cabeza y me mira con reproche y adopto de nuevo la postura correcta. 
  No
basta con eso. Viene a la terraza y se planta ante mí.

-Muy mal, David -aunque con un volumen  de voz bajo, su tono es de  gran 
enfado.
Mi sexo se despierta con su presencia y su reprimenda.

-Lo siento, no podía más...

Desprende los mosquetones de mis muñequeras y tirando de la cadena del 
cuello me
hace ponerme de pie, puede que exponiéndome  a la vista de alguien que ande  
por
el jardín.

-¡Adentro!  -grita aunque  es casi  un susurro,  acompañando la  orden con  
una
enérgica palmada en una nalga. Entro en la habitación, muy turbado.

Ella me sigue y cierra la puerta.

-¡Muy mal!

-Créeme, no podía más...

-Mis riñas las recibes de rodillas, esclavo indigno.

Me hinco de hinojos ante ella.

-¿Me estás provocando a  propósito para que te  azote? Ya te he  advertido 
sobre
eso.

-No. Te lo juro.

-Cállate. Los brazos en  cruz -arrastra un sillón  y se sienta frente  a mí, 
muy
cerca-. Si los bajas antes de que te lo permita, estás rechazado.

Estoy muy derecho, también lo está mi sexo, y mantengo los brazos  
horizontales.
El temor de que cumpla su amenaza me da fuerzas: por nada bajaré los brazos. 
  No
mucho tiempo después  siento que algo  en ellos se  romperá, pero no  los 
dejaré
caer; en el creciente dolor, me siento reconfortado por su atención.

-Vas a aprender a esforzarte. Esto no es un juego: quiero que verdaderamente 
  te
sientas mi esclavo.

-Así es como me siento, Cristina -musito.

-Cállate.  Te  dije  que  querías que  fueras  sumiso,  modesto  y delicado  
¿te
acuerdas?

-Sí.

-Incluso ahora  estás fallando  -me dice-:  yo ya  sé lo  que duele mantener 
los
brazos así, no hace falta que crispes  de ese modo la cara. No alardees  
como si
fueras un héroe: obedece con modestia.

Aunque  el dolor  es casi  insoportable ya,  intento obedecer  también en  
eso:
mostrarle mi  postura irreprochable,  mi sonrisa  tranquila, si  puedo 
llegar  a
conseguirla, y mi erección.

-Puedes descansar, ya es suficiente -concede después de un rato. Abrazo el  
aire
con fuerza, apretando los brazos contra mi pecho, aliviándome.

-Gracias.

Del  maletín, sin  pausa, alcanza  algo: un  amasijo de  correas y  anillas 
que
despliega ante mis ojos.

-Es un arnés ¿Has llevado alguna vez algo parecido?

-No.

Un simple gesto de su mano y estoy de pie, a su alcance.

¡Me toca  con sus  manos! Ciñe  apretadamente a  la parte  alta de  mis 
caderas,
ajustándolo con un pasador,  un cinturón hecho de  dos piezas de gruesa  
tela de
nylon que se unen  en los costados con  dos broches de cierre  automático. 
Queda
colgando, en la parte delantera, otra pieza formada por tiras más estrechas, 
  en
forma de Y. La pasa  por mi entrepierna y por  la separación de mis nalgas  
y la
abrocha  al cinturón,  mosquetón en  anilla, por  detrás. Mis  genitales 
quedan
enmarcados por los brazos de la parte superior de la Y y por el cinturón. De 
uno
de los brazos están prendidas tres tiras delgadas, horadadas para abrocharse 
  en
sendas hebillas  dispuestas en  el otro  brazo. Pasa  las cintas  sobre mi 
verga
endurecida aprisionándola con fuerza contra en vientre al ensartar las tiras 
  en
las hebillas.  Mis testículos  cuelgan por  debajo de  las tiras abrochadas, 
sin
opresión, pero pronto compruebo que tampoco va a ser indulgente con ellos:  
como
si les pusiera una bufanda  en miniatura, rodea estrechamente la  parte 
superior
del escroto con una pequeña cinta  negra, de unos dos centímetros de  ancha, 
que
cierra con velcro. Mis testículos presionan  la piel estirada en la parte  
de la
bolsa que asoma por  debajo. De la cinta  cuelga una cadenita muy  fina, 
como de
reloj de bolsillo, que termina en un gancho. Me muestra una pesa de balanza.

-Doscientos gramos.

La cuelga del gancho, con cuidado de  no soltarla de golpe. Queda por encima 
  de
la altura  de mis  rodillas. La  presión es  soportable, pero  no sé  por 
cuanto
tiempo.

Se pone de pie y me hace retroceder  un paso posando la mano sobre mi pecho. 
  Se
aparta y me observa, sonriente.

-Estás muy gracioso.

La miro y bajo la cabeza, humillado.

-A la menor queja, duplicaré el peso.

-Sí, ama.

-Recoge las cadenas que han quedado en la terraza, ponlas en mi maletín, y 
lleva
al armario toda tu ropa.

Obedezco en silencio. Debo tener  cuidado para no hacer movimientos  bruscos 
que
hagan oscilar la pesa. Moverme así, sintiendo además la presión de las  
correas,
es una experiencia desconocida, dolorosa y extrañamente excitante. Cuando 
cierro
la puerta del armario, ella se ha acercado y ha abierto la del suyo.

Vuelta hacia mí, se quita la chaqueta y la cuelga de una percha, se desanuda 
  el
pañuelo del cuello  y lo dobla  cuidadosamente antes de  guardarlo en un  
cajón.
Decrece su altura al bajar de los  zapatos de tacón. La miro sin parpadear.  
Sin
aspavientos, como si estuviera sola, pero  sin dejar de mirarme, a los  
ojos, al
centro preso de mi cuerpo, se  despoja de la blusa. Lleva un  sencillo 
sujetador
blanco, de tejido elástico, que dibuja  sus pequeños pezones. Admiro o adoro 
  la
perfección con la que lo colma mientras mi ama guarda su blusa. Abre su 
falda  y
sale  de  ella cuidadosamente,  sin  dejar que  la  prenda toque  el  suelo. 
Las
pequeñas bragas son una delgada cinta  en los costados. Sus medias se  
sostienen
por ligas  elásticas. De  repente toda  de blanco,  hasta las  ligas son  de 
ese
color, me parece una princesa, una novia,  más deseable pero, ay, el arnés y 
  el
ahorcamiento de mis testículos son un suplicio, más inaccesible aún.

No termina de desnudarse. Veo que introduce la mano en la bolsa de viaje. 
Cuando
la saca, un temblor convulsiona de arriba abajo mi cuerpo: empuña y acaricia 
una
fusta de  caballería. Se  cruzan durante  unos segundos  nuestras miradas. 
No he
visto  mayor belleza:  La cara  alzada y  seria, los  labios apretados,  
desliza
amenazante sus dedos sobre la varilla. Me es imposible mantener la quietud 
ni la
compostura, se oye mi respiración irregular y me parecen a punto de estallar 
las
correas que me contienen. No se detiene: sin palabras toma la cadena que  
cuelga
de  mi cuello  y ensarta  el extremo  a las  anillas de  mis muñequeras.  Yo 
le
facilito la operación ofreciéndole las muñecas cuando entiendo lo que  
pretende.
Al deslizar  la cadena  por las  anillas tirando  hacia arriba  del extremo, 
que
hábilmente prende del mosquetón que ya sujetaba la cadena al collar, mis  
brazos
quedan recogidos en mi pecho y mis manos, juntas y presas bajo el mentón.

-Mereces que te azote -me dice con naturalidad.

Asiento con un ademán.

-Sí, ama.

-Ven.

Me toma de un brazo y me conduce junto  al banco que hay a los pies de la  
cama.
Hace que  me arrodille  sobre su  superficie acolchada,  en un  extremo, 
mirando
hacia  el  extremo contrario.  Ella  desaparece un  momento  y regresa  con  
dos
látigos. Los dispone, con la fusta, sobre el asiento, delante de mí. Uno de  
los
látigos, el mas corto, tiene una empuñadura rígida, forrada de cuero, de la  
que
penden un buen número de filamentos de plástico, el otro tiene el mango 
trenzado
y tres trallas planas, de cuero, de unos cuarenta centímetros.

Todo lo que dice y todo lo  que hace está destinado a comprobar mis  
reacciones.
Me siento en  una prueba que  quiero superar a  toda costa, y  aunque sé que 
  el
rubor delata mi vergüenza, la miro a los ojos valientemente. Ella me toma 
por la
barbilla y me acaricia una nalga.

-David, mis castigos son reales, mis latigazos duelen de verdad. Puede que  
este
sea el momento en que debas pronunciar la contraseña.

Niego moviendo la cabeza.

-No. Quiero sufrir tu castigo. Azótame, Cristina.

-Tienes que inclinar  el tronco hacia  delante apoyando los  antebrazos 
sobre el
asiento.

Hago lo que  me dice y  mis labios tocan  el asiento. El  peso suspendido de 
mis
testículos se hace más insoportable. En tensión aguardo los azotes sobre mi 
culo
erguido. Mi ama agarra el mango del látigo de plástico.

-El flail no te dolerá, será como un masaje.

Las lenguas  duchan delicadamente  mis muslos  y mi  culo, una  y otra  vez, 
sin
herirme. Al  susto inicial  sigue una  sensación crecientemente  placentera. 
Con
dificultad, volviendo la cabeza, veo, y perfectamente oigo, a mi ama  
esforzarse
en cada azote. Me  abandono al sonido, al  ritmo siempre igual de  los 
trallazos
sobre  mis piernas  y mis  nalgas hasta  que unos  minutos después  se 
detiene.
Nuestras respiraciones son ahora  parecidas, por distintos motivos.  
Abandona el
flail y agarra el otro látigo.

-La cuarta sí te dolerá.

Enseguida aprecio la  diferencia cuando la  nueva disciplina muerde  mi 
piel. Al
principio suavemente, en el límite entre la caricia y el azote, después algo 
más
fuerte, como pellizcos  ardientes pero sin  rebasar lo soportable,  si no es 
  la
excitación lo que eleva el umbral de mi dolor. Se detiene entonces y me  
relajo,
recobrando el  ritmo de  mi respiración,  cuando un  látigazo en  toda regla 
cae
sobre mi culo como un cuchillo. Grito y mi involuntario movimiento hace  
oscilar
la pesa de mis testículos.  Cuando veo que mi ama  eleva su brazo de nuevo,  
sin
embargo, recobro la postura para ofrecerme. Se abate de nuevo toda su fuerza 
con
un terrible estallido y  esta vez consigo ahogar  la queja. Hay lágrimas  en 
mis
ojos, pero  no protesto  y vuelvo  a erguir  el culo,  dócil al  castigo, y 
ella
vuelve a herirlo con la misma  sevicia. Abandona entonces el látigo y  
agarra un
puñado de mi pelo  para indicarme con un  tirón que me incorpore.  Me hace 
bajar
del banco. Me acaricia en una mejilla, delicadamente. Después, con un 
tironcito,
despega el velcro y libera mis testículos.

-Te perdono la fusta. Es demasiado cruel para ti, por ahora.

-Gracias.

-Deja que te  vea -me dice  sentándose en el  banco. Sus dedos  recorren la 
zona
azotada. Después, me gira para ponerme frente a ella y sonríe-. No ha sido 
nada.
Ni siquiera te he levantado la piel.

Yo también sonrío, orgulloso.

Se levanta de nuevo y entonces, ante mí, bien calientes mis nalgas, pone un  
pie
sobre el  banco y  se quita  una liga.  La misma  operación y  se quita la 
otra.
Después las medias. Con incomparable sencillez, se desnuda por completo.

-Aún no he terminado contigo. A la cama.

Me echo boca arriba. Se sube a horcajadas sobre mi abdomen, libera mis 
muñecas y
tira a un lado la cadena. Tímidamente poso las manos sobre sus muslos, 
tanteando
si me está permitido, sorprendiéndome encantado que no ponga reparo.

-Te lo ruego, deja que me quite el arnés.

Separa mis  manos, poniéndolas  sobre el  lecho, y  retrocede gateando hasta 
las
piernas. Me desnuda soltando los broches laterales del cinturón y se deshace 
del
arnés.  Empuña  el  mástil  con  fuerza  y  se  yergue,  mirándome  con  
fingida
agresividad.

-Te la voy a comer, esclavo. Ábrete de piernas.

¡Dios mío! Se  ovilla entre mis  piernas y me  besa y me  lame desde los  
muslos
hasta el vientre y los testículos. Me muerde junto a la horcajadura y 
después en
la  verga, haciéndome  gemir y  hasta gritar  de dolor  y de  placer, cerca  
del
límite. Dobla mis rodillas  y alcanza la parte  trasera de mis muslos  y con 
sus
dedos presiona sobre mi ano y finalmente enfunda mi sexo con su preciosa 
boca  y
sin  dejar  de  moverse me  hace  penetrar  hasta su  garganta.  Soy  un 
esclavo
convertido en dios. Me agito incontenible mientras continúa su ritmo  
incesante.
Deseo acariciar su  pelo, pero no  quiero que parezca  que intento conducir  
sus
movimientos y dejo mis brazos sobre las sábanas, inmóviles hasta que me  
derramo
entre convulsiones y veo como entre brumas al amor de mi vida saborear mi  
semen
como si fuera  nata y no  dejar de lamerme  y de acariciarme  hasta que pasa 
  el
sentimiento infinito.

Viene a la cabecera y se arrodilla  sentada sobre los talones, a mi lado.  
Me he
incorporado y la miro como si  acabara de despertar, incrédulo, y adoro  su 
cara
ahora tan  alegre y  su boca  húmeda y  el cuerpo  bellísimo que, 
equívocamente,
parece ofrecerme.  Sus manos  caen a  los lados  elegantemente, 
acariciándose la
parte externa de los muslos, y separa las piernas permitiendo que vea su 
centro.

-Amor mío, te regalo mi vida.

-Ssss... eso es precisamente lo que quiero.

-¿Puedo besarte?

Me ofrece sonriente la mano y pone sus dedos en mis labios. Tiendo la mía  
hacia
ella para acariciarla, pero niega con la cabeza y la retiro.

-¿No puedo tocarte? Me gustaría darte placer.

-Cuando yo diga y como yo diga podrás tocarme, esclavo.

-Claro, ama, perdona.

-Quiero que nos tomemos  un descanso -me dice  entonces-. Entra en el  
cuarto de
baño y date una ducha, enjabonándote bien. Saldremos a dar un paseo.

Salto de la cama al momento.

-¿Qué ropa me pongo?

-Cuando vuelvas  te diré.  Antes de  entrar en  la ducha  quítate los 
cueros: se
estropean.

Examino orgulloso el reflejo de mi imagen con muñequeras y collar, y mis  
nalgas
enrojecidas. No  he cerrado  la puerta.  Me aplico  en la  limpieza porque 
lo ha
ordenado mi ama.

Ella sigue desnuda cuando regreso. Sobre el banco ha dispuesto la ropa que 
traje
puesta  y el  contenido de  mis bolsillos,  incluido el  tabaco. Me  observa 
un
momento mientras me visto.

-Yo también  voy a  entrar en  el baño.  Cuando vuelva,  habrás recogido  
todo y
habrás guardado en mi armario el maletín. Fuma un cigarro, si quieres.

-Gracias.

Obedezco sus órdenes. Tarda poco y cuando vuelve está radiante.

-¿Vamos?

-Cuando quieras.
 
 
 
 

Capítulo 2
 

Están ya ocupados algunos de los veladores del bar que hay cerca de la  
piscina,
pero  Cristina  prefiere pasear  y  tomamos un  camino  de tierra,  arbolado 
  de
naranjos.  Observo  que otros  paseantes  se fijan  en  mi ama  al  cruzarse 
con
nosotros y que no parece advertirlo, seguramente por lo acostumbrada que 
está  a
que eso ocurra. Pienso  en mi suerte: ellos  tienen acaso cinco, diez  
segundos,
para mirarla antes  de desaparecer; soy  yo quien permanece  a su lado,  
todo el
tiempo. En ese momento se vuelve  hacia mí como si conociera mis  
pensamientos y
quisiera oírmelos decir en voz alta.

-Nunca me he sentido mejor, no podía imaginar...

-Lo sé.

-¿...Yo te gusto, Cristina?

Finge dudar la respuesta, mirándome abajo.

-Bueno... tienes un sabor agradable...

Sonrío.

Caminamos  muy despacio  y en  silencio sin  que dé  la impresión  de que  
ella
necesite hablar, mientras yo no soy capaz de hacer las preguntas que 
torturan mi
mente, hasta que digo:

-¿Has venido antes aquí, verdad?

-Sí. Varias veces.

Se detiene y me mira, seria.

-Debes saber que tengo tres esclavos.

No contesto nada, pero mi decepción es difícil de disimular.

-¿Te disgusta eso?

-No... -contesto en voz baja.

Responde a mi mentira con una risa limpia, que no hiere.

-Sí -admito un momento después-. Me disgusta mucho, Cristina.

Me da un beso y se coge de mi brazo para guiarme a un banco.

-Dos son chicas: Beatriz y Paula. Tienen veintidós y veinticuatro años.  
Beatriz
es mi esclava desde  hace dos años, se  dio a mí cuando  cumplí los 
veinticinco,
como regalo de cumpleaños. Paula empezó unos meses después. El otro es un 
chico,
se llama Nacho, tiene veintisiete. Es mío desde hace seis meses.

-¿Los conociste igual que a mí?

-No...

-No había imaginado que te gustaran  las chicas -le dije. Me quedé  
pensativo y,
un momento  después, añadí:-.  A mí  me ha  dejado de  gustar todo  lo que 
había
deseado en las mujeres. Ya sólo me gustas tú.

-Eres un encanto, David.

-¿Es que te parezco sumiso, modesto y delicado? -le pregunto, con una sombra 
  de
ironía en el tono de mi voz.

-Por ahora me has parecido suficientemente sumiso, suficientemente 
modesto...  y
muy delicado.

-Nota media: seis con cinco.

Cristina ríe.

-Sí, algo así.

-No es mucho...

-Pues intenta mejorar.

Mirar su mirada es como dejarme  atrapar envuelto por su belleza y  abrirle 
todo
mi interior. También a eso me someto.

-Lo intentaré -le prometo, ahora sin ironía.

-Más le  vale a  tu piel  que lo  consigas. Ya  has podido  comprobarlo -me 
dice
poniendo en mi mejilla la mano con la que me ha azotado. La busco con mis 
labios
y ella se la deja besar-. Vamos  a cenar, me han entrado ganas con  el 
aperitivo
que he tomado de ti.
 

***
 

La jefa de camareros recibe a  Cristina como a una clienta distinguida.  
Sabe de
antemano la mesa  que prefiere, a  la que nos  conduce, y retira  
atentamente la
silla para ayudarle a sentarse. Nos entrega una carta a cada uno.

-Se nota que vienes mucho.

Ella se limita a mirarme.

-¿Estoy muy pesado con las preguntas?

-No. No te preocupes por eso.

-Estoy pensando que te verá cada vez acompañada de alguien distinto.

-Así es.

-¿No te importa?

-No. Me divierte. Deja la carta, elegiré yo.

Abandono  a  un  lado la  carpeta.  Ella  apoya sobre  la  mesa  los 
antebrazos,
cruzándolos, y se inclina ligeramente hacia delante. Me pierdo en sus ojos, 
otra
vez.

-Me gustaría que estuvieras desnudo.

Me río, sintiendo la pulsión en mi entrepierna.

-Podrías haber llamado al servicio de habitaciones.

-Ya... pero lo que  me gustaría es que  todos vieran que me  perteneces. 
Haberte
traído de la cadena y estar como ahora,  pero tú en cueros y la fusta encima 
  de
la mesa. Quiero que te imagines que es así.

Viene  la  maîtresse  y Cristina  pide  para  los dos.  Cuando  se  marcha, 
ella
continúa:

-Retiraría tus cubiertos y te obligaría a comer con las manos y a la menor  
cosa
que me disgustara, por ejemplo que miraras a otra chica, llamaría a la  
camarera
y le pediría que te atara las  muñecas y te sujetara para darte un  buen 
fustazo
en las nalgas.

Durante  la  comida  sólo  habla ella,  haciéndome  vivir  lo  que imagina.  
Por
imposible que sea la historia, la supongo muy capaz de todo lo que cuenta.

-Algunos de los otros clientes mirarían, pero seguirían en lo suyo.

-¿No estás hablando demasiado fuerte?

-¿Quieres que me calle?

-No.

-La maîtresse,  mientras te  sujeta para  que te  castigue, mira  tu cuerpo  
con
interés.  Ya he  dejado marcado  tu culo  pero ella  no te  suelta y  
empieza a
acariciarte el pecho. Entonces te vuelves alarmado hacia mí, pero yo no  
atiendo
a tu súplica de forma que no te  quedan dudas de cuál es mi deseo. Ella  se 
abre
el pantalón y te muestra que tiene  puesto un pene artificial. Te echa sobre 
  la
mesa y,  con unas  pataditas en  tus pies,  te abre.  Mientras te sodomiza 
tú no
dejas de mirarme.

-Demasiado para mí...

Estoy sin embargo acalorado y ella lo  sabe. Tengo un momento de duda, corto 
  el
filete en trozos, dejo los cubiertos a un lado, cojo un pedazo con la mano y 
  me
lo llevo a la boca. Su rostro se  ilumina. Miro a las otras mesas y al  
servicio
temiendo que alguien me haya visto.

-Tranquilo, no pasará nada. Sigue.

Llama a la maîtresse, que se acerca enseguida. Me detengo.

-¿No  comes? -me  pregunta ella  con tono  exigente cuando  la empleada  
está a
nuestro lado. La miro,  trago saliva, pero me  atrevo: me llevo otro  trozo 
a la
boca. Ella se dirige a la maîtresse:- Traiga algo de pan, por favor.

La camarera no parece encontrar nada raro. Le trae lo que pide y se marcha.

Al terminar, me ordena ir al  lavabo a enjabonarme las manos. Cuando  
regreso al
comedor, desde lejos  veo que ha  abandonado su lugar.  Vacilo. Se me  
acerca la
maîtresse:

-Señor: la señorita me ha pedido que  le diga que lo espera en la  
cafetería. En
el salón de al lado, señor.

-Gracias.

-A usted.

Me recibe exultante.

-Has estado muy bien.

-Eres terrible. No me atreveré a volver a este sitio.

-Has sido tú. Descarado.

Los dos reímos.

-Menos mal que no has llevado la historia hasta el final.

-Es pronto aún. ¿Quieres fumar?

-Sí, gracias.

-Cuando  subamos  a  la  habitación, lo  primero  que  harás  será 
desnudarte  y
cepillarte los dientes. He dejado en  el lavabo un tubo de vaselina.  Quiero 
que
te apliques una buena porción de ella en el ano.

La orden borra instantáneamente mi sonrisa. Retiro de mi boca el cigarro que 
aún
no he encendido.

-Oh... por favor... ¿Es eso necesario, Cristina?

Por toda respuesta me traspasa con  una mirada helada. Se ha extinguido  
toda la
alegría de hace sólo unos segundos. Se pone de pie.

-No vas a fumar. Guarda el tabaco.

Sin añadir una palabra,  introduzco el cigarro en  la cajetilla y la  meto 
en un
bolsillo de  mi chaqueta  con el  mechero. La  sigo al  ascensor con  el 
corazón
encogido, culpándome por mi torpeza.

-Perdóname, te lo ruego -le digo  cuando estamos subiendo-. Haré todo lo  
que tú
desees.

La expresión de su rostro no se suaviza, pero me dice:

-Eso está mucho mejor.

-¿Ya no estás enfadada?

Me da una bofetada, suave y posesiva, y no responde.
 

***
 

Al llegar a la habitación, abre la puerta del baño.

-Obedece.

Entro y cara a ella comiezo a quitarme la ropa deprisa. Me deja. He cumplido 
sus
instrucciones y me espera sentada en  un sillón, con las muñequeras y  el 
collar
preparados sobre la mesa. Veo orgulloso, en sus ojos, cómo le agrada que sin 
que
pronuncie  una orden  me ponga  a su  alcance, me  arrodille y  le ofrezca  
las
muñecas, aunque no dice nada mientras me coloca con ademán dominante los  
signos
de mi esclavitud. Ahora me empuja  en el pecho, retrocedo... y parece  
olvidarse
de mí. Toma su libro de la mesa y lo abre por la marca que había dejado.  
Frente
a ella, desnudo y  de rodillas, su actitud  me convierte, repentinamente, en 
  un
objeto de la  habitación que no  merece más atención  que cualquier otro.  
No es
necesario una palabra para saber qué  desea, ni deseo otra cosa sino  
permanecer
inmóvil, derecho,  atento al  movimiento casi  imperceptible de  sus ojos,  
a su
expresión concentrada, a la irresistible altivez de su indiferencia.

Cuando todo se detiene, el tiempo pierde su medida...

Sé cuánto es el dolor en mis rodillas pero no cuántos minutos transcurren  
antes
de que  deje el  libro y,  sin mirarme  siquiera, se  dirija al  cuarto de  
baño
cubriendo mi cuerpo  con la deliciosa  brisa de su  paso. No estoy  
autorizado a
moverme mientras le oigo  cepillarse los dientes, y  ni tan sólo giro  la 
cabeza
cuando está a mi  espalda, trasteando en el  armario, ni cuando se  acerca 
hasta
situarse justo detrás de mí.

-Va a ser una noche difícil para ti, esclavo -me anuncia-. Ponte de pie.

Hago lo que me dice. Ordena que me vuelva. No he acabado de ver que está 
desnuda
y que  tiene las  dos manos  extendidas hacia  mí cuando  ha colocado dos 
pinzas
metálicas en mis pezones. Creo que oigo mi grito antes de advertir que es  
dolor
lo que  siento. Bajo  la cabeza  para mirarlas,  aterrado. Parecen dos 
inocentes
mariposas que se hubieran posado sobre mi cuerpo, pero se aferran sin piedad 
con
agudas punzadas. Mi cuerpo se estremece, cierro los ojos y aprieto los puños 
con
fuerza evitando  volver a  gritar y  procurando recobrar  el ritmo  normal 
de mi
respiración. Consigo  abrir los  ojos y  a través  de mi  suplicio veo  a la 
más
delicada belleza evaluando tranquilamente mi capacidad para sufrir el dolor  
que
me  desea,  y comprendo  que  esta tortura  es  la barrera  que  interpone 
entre
nuestros cuerpos desnudos pero también la escarpada ladera que generosamente 
  me
muestra, como camino para merecer la cima. Es justo que sufra por ella...

Agarra un mechón de mi vello púbico y tira de él.

-Cuando te quite las pinzas te sodomizaré.

Fascinado por  la fiereza  con la  que tuerce  la boca  y acuciado  por mi 
deseo
incontenible, me rindo y me someto sin reservas a su poder.

-Hazlo ya si quieres.

-No hay prisa, antes me apetece divertirme un poco más. Pon las manos detrás 
  de
la cabeza.

La piel de mi pecho  se estira y sus dedos  se entretienen un rato pulsando  
las
pinzas, tañendo la melodía de mi dolor,  y lo soporto hasta que, de repente, 
  me
las arranca con dos  tirones que me provocan  un alarido. Ella parece  
asustarse
por un momento, después retira suavemente  mis manos de mis pezones, acerca  
sus
labios y me los  besa repetidamente depositando cada  vez un poco de  su 
saliva,
como un bálsamo,  hasta que ve  que me recupero.  Parece arrepentida de  
haberme
hecho tanto daño, y yo agradezco su consuelo desde lo más profundo.

"Os voy a follar",  nos decía un sargento  en el servicio militar.  
Aberraciones
del lenguaje que son aberraciones del macho prehistórico: Te voy a convertir 
  en
hembra para que compruebes qué macho soy. Ganas de vomitar.

Cristina me va a follar. Tiemblan hasta los músculos de mi cara cuando abre  
una
caja de tafilete, como un joyero  rectangular, y me muestra su contenido.  
Es un
pequeño pene de plástico, de unos diez centímetros de longitud. Tiene una  
forma
bulbosa alargada, no  demasiado gruesa, un  cuello estrecho y  una base 
ancha  y
plana como una moneda gigante para que no se pierda dentro del cuerpo.

Se sienta en el borde de la cama.

-Antes quiero ver qué sabes hacer con la boca, para comprobar si me sirves  
para
satisfacer a Nacho.

Sostiene el juguete con sus dos manos, sobre sus muslos, esperándome. Yo 
respiro
hondo y expulso ruidosamente el aire contenido.

-¿A qué esperas? ¿Es necesario que coja la fusta?

-No...

Violentándome,  luchando contra  la fuerza  de mis  músculos que  se 
resisten  a
obedecer a mi voluntad sometida, avanzo a ella y me arrodillo. Mi boca se 
abre a
punto de alcanzar  el pene cuando  ella lo retira  y lo tira  sobre las 
sábanas.
Entonces, como si  estallara después de  haber estado conteniéndose  largo 
rato,
suelta un gemido mientras  abraza y besa mi  cabeza. Da un enérgico  tirón 
de mi
pelo y me obliga  a mirarla. Se mezclan  nuestras respiraciones. Me besa  en 
los
labios.

-¿Quieres demostrarme  qué sabes  hacer con  la boca?  -me pregunta, 
susurrante,
separando las rodillas.

-Amor...

Miro, como  deslumbrado, la  flor abierta  de su  deseo y  me sumerjo  entre 
sus
muslos.  Bebo de  su fuente  hasta emborracharme  y mi  lengua, enloquecida  
de
felicidad, baila sobre  su cumbre para  servir sólo a  su placer. Sus  
muslos me
atenazan con fuerza y sus dedos revuelven mi pelo hasta que cae atrás, 
jadeante.
Se relaja la  presión y alzo  la cabeza para  ver su paisaje.  Beso su 
vientre y
quiero recorrer  su valle,  tenso y  palpitante, pero  me obliga  a volver. 
Poco
después se incorpora y me hace levantar la cabeza sujetándome por las 
sienes.

-Métemela, esclavo.

Por un momento  me quedo desconcertado.  Mis ojos buscan  el pene de  
plástico y
ella suelta una carcajada.

-Tonto...

Enrojezco, feliz. De la caja que lo  guardaba ha sacado un preservativo y me 
  lo
muestra sosteniéndolo entre los  dedos índice y corazón  de la mano derecha. 
  Se
acuesta en  el centro  de la  cama y  yo, arrodillado  en el  espacio entre  
sus
piernas, me lo coloco mientras sus  dedos sustituyen a mi boca. Me  detengo, 
con
la funda ya puesta, a observarla  mientras se acaricia. Ella me lo  permite. 
Con
el recogimiento de quien es hallado digno de la contemplación del misterio,  
con
la indecible emoción de descubrir que se encuentra hermosa en mi mirada,  
guardo
para mí  las leves  ondulaciones de  su cuerpo,  el íntimo  y limpísimo goce 
que
demuda su rostro, transportada su belleza a una superior belleza.

-Eres preciosa.

-Ven...

Entro en Cristina  despacio, dejándome guiar.  Se desprende de  ella un 
profundo
quejido y parece que una nube cruza  por sus ojos. Cuando por primera vez  
puede
acogerme por completo  me quedo quieto,  muy dentro. Ella  se abraza, 
clavándome
las uñas, y por su exhalación parece que no pudiera soportarlo y quisiera 
que yo
la dejara, pero sé que merecería que me arrancara la piel a tiras si lo 
hiciera.
Me separo un poco, apoyando las manos, y observo su rostro mientras me muevo 
con
ritmo regular. Sus  gemidos son una  celestial armonía. Me  exige, me ruega, 
  me
apremia, me conforta...: todas las expresiones están en sus ojos. Con sus  
manos
me acaricia apretándolas  al deslizarlas sobre  mi piel, como  con urgencia 
para
expresar lo que con palabras no puede decirse. Sigo la pauta de su placer 
que es
el mío, que no distingo del que prende también mi cuerpo, en un único  
incendio,
hasta  que abrazados  todo se  desborda y  pierde su  control y  sin embargo 
  es
perfecto y es absoluto y somos uno.

Nuestras manos y nuestras miradas enlazadas, la acompaño en su regreso, y sé 
que
no necesito ahora pedir permiso para comulgarla con mil besos en la cara, en 
  el
cuello y en los pechos. Ella me deja hacer, tierna y condescendiente, hasta  
que
el efecto de mis atenciones acaba siendo su risa cristalina.

-¿Es que te hago cosquillas?

-No...

Parece que cobra renovada energía y abrazándome me hace rodar para ponerse 
sobre
mí, como si me venciera en la lucha. Mis manos acarician su culo  
reconociéndolo
por completo,  como la  mirada de  un ciego,  y no  dejan de hacerlo aunque 
ella
recupera el dominio componiendo con el dedo  índice de su mano derecha y con 
  mi
boca la señal de silencio. Lo beso y hago un amago de morderlo, en broma.

-¿Te rebelas contra tu dueña, esclavo?

-No. Nunca dejaré de obedecerte ni de adorarte.

-¿Nunca?

-Nunca -respondo  hundiendo blandamente  las yemas  de los  dedos en  su 
carne y
separando sus nalgas.

Extiende su  mano y  alcanza el  pene de  plástico. Me  besa en  los labios 
y me
desafía con la mirada.

-Voy a metértelo por el culo.

-Soy tuyo. Puedes hacerlo.

Sonríe y me vuelve a besar.

-Te obligaré a llevarlo dentro toda la noche.

-Sí, mi amor.

Me besa de nuevo.

-Dormirás en el suelo, encadenado.

-Lo haré por ti.

Otro beso, más sabroso y más largo, baña mi boca.

-Te despertaré a mitad de tu sueño para darte latigazos.

-Como tú desees, amor mío.

Recuesta su cabeza  en mi pecho,  me lo besa  y durante largo  rato se 
abandona,
indolente, a mis caricias.
 

***
 

Sale del cuarto de baño y me encuentra de rodillas, esperándola. Lleva un 
pijama
de algodón compuesto de un holgado  y ligero pantaloncito que le cubre  
hasta la
mitad de  los muslos  y una  camiseta de  manga corta,  celeste con  
infinitas y
diminutas  florecitas  rosas.  Sonrío para  mis  adentros  recordando que  
había
imaginado  el  encuentro  con  una  dominatrix  cubierta  de  plásticos  
negros,
tachuelas y correajes.

Se planta ante mí con  una cadena en la mano.  Me hace ponerme de pie  y 
ensarta
mis muñequeras al collar.

Tira al suelo, junto a la cama, una almohada.

Toma el pene de plástico en sus manos y señala al lecho.

-Ponte ahí de rodillas y abre bien el culo.

De espaldas a  mi ama, me  arrodillo separando las  piernas todo lo  
posible. Me
empuja en los hombros y caigo sobre los antebrazos como cuando me azotó, 
pero ya
no tiemblo por humillarme así delante de ella. Me explora primero con los 
dedos,
recreándose en su dominio  y comprobando si estoy  bien lubricado, y añade  
algo
más de vaselina. Siento que  voy a ser violado, pero  por un ángel. Me lleva 
  al
cielo y me  arrastra por el  suelo... Está en  su derecho. La  punta del 
juguete
toca mi ano, presionándolo. Contengo  la respiración cuando comienza a  
ceder el
esfínter. Lo empuja adentro de golpe.

-Ya puedes acostarte en tu sitio, esclavo.

Obedezco dócilmente. Produce una sensación muy extraña, pero no duele. Ella 
pone
en hora un despertador y lo coloca sobre la mesilla de noche.

-A las tres y media te azotaré.

Estoy encogido, buscando una postura que me permita conciliar el sueño. Ella 
  ha
dejado preparada  sobre la  mesilla de  noche la  cuarta de  tres trallas, 
se ha
acostado y ha apagado la  luz. Oigo su respiración. Parece  plácidamente 
dormida
mientras rindo tributo de esclavo. No  es un juego: realmente voy a  sufrir 
esta
noche como es real el tapón que me ha fijado y la incomodidad de las cadenas 
que
aprisionan  mis muñecas.  Repaso con  gran excitación  todos los  sucesos 
desde
nuestro primer encuentro  en la cafetería.  Boca arriba, mis  nalgas se 
aplastan
contra el suelo haciéndose mayor la presión del pene de plástico que llevo, 
pero
es  la postura  en la  que parece  que puedo  descansar. La  noche se  hace 
más
suave...

Me despierta el pitido. Mi primera  sensación es no saber dónde estoy.  
Cristina
enciende la luz y salta de la cama con sorprendente energía.

-De pie.

Lo primero que veo en ella es el látigo, que ya sostiene en su mano derecha. 
  Me
levanto con dificultad.

-Ponte en el banco y adopta la postura.

Hago lo que me dice despacio, con pereza, pero ella sabe como despabilarme. 
Esta
vez no  prepara mi  piel con  el flail,  sino comenzando  a latigar con 
suavidad
sobre  toda  la  superficie  de  mi  espalda  y  sobre  mis  nalgas.  
Incrementa
gradualmente la fuerza,  inclemente, hasta superar  la intensidad de  los 
peores
azotes de la tarde. Estoy a punto  de no poder aguantar más, sorprendido por 
  la
dureza del castigo, cuando se detiene.

-Al suelo otra vez. A dormir.

De nuevo a oscuras. Todo ha sido muy  rápido. Es como si de repente en la  
noche
hubiera aparecido  un ardor  inexplicable en  mi espalda  y en  mi culo.  No 
hay
consuelo. Recuerdo sus exigencias sobre la modestia y sofoco la agitación de 
  mi
respiración, lo mejor que puedo.

Aún  no es  de día  cuando uno  de mis  ligeros sueños  es interrumpido.  En 
la
penumbra, mis ojos acostumbrados a lo oscuro, la veo descender al suelo.  
Suelta
mis muñecas.

-Puedes subir a la cama.

Voy a su lado, bajo las suaves sábanas.  Me pone boca abajo y me saca el  
tapón,
que lleva  al cuarto  de baño,  me quita  el collar  y las  muñequeras y me 
besa
muchas veces en el pelo y en la cara, rozándome con todo su cuerpo.

-¿Ves cuánto te amo? -le digo.

-Duerme, descansa.

Me despierta con caricias. Enseguida me doy cuenta de que debe de ser tarde, 
por
la luz  que inunda  la habitación.  Ella parece  llevar mucho  tiempo 
levantada.
Nuestro equipaje está recogido: su maletín, su bolsa de viaje y mi maleta  
están
colocados sobre el  banco. Ha preparado  sobre un sillón,  que ha acercado  
a la
cama, la ropa  que debo ponerme  y se ha  vestido con un  traje oscuro que,  
por
masculino, resalta  su feminidad  como no  haría ninguna  otra ropa  que 
hubiera
elegido. Tiene  la chaqueta  abierta y  pone los  brazos en  jarras. Observo 
las
formas de sus pechos someramente adivinadas bajo la camisa blanca, y su 
graciosa
corbata roja.

-¿Cómo te encuentras? -me pregunta.

-Bien -contesto incorporándome.

Retira las sábanas destapándome por completo.

-He pedido el desayuno. Vístete, no quiero que la camarera te vea desnudo.

Antes de que me ponga nada revisa  los efectos del látigo sobre mis nalgas  
y mi
espalda.

-Estás bien.

Me visto, halagado porque no deje  de contemplarme mientras lo hago. Después 
  le
pido permiso  para ir  al cuarto  de baño.  No he  terminado cuando  llaman 
a la
puerta y todo está preparado en la terraza cuando salgo.

Me sirve el café.

-¿Por qué no quieres que me vea desnudo la camarera?

Ella sonríe.

-Se enamoraría de ti.

-No tendría ninguna esperanza.

No dice nada pero parece complacida. La miro comer, embelesado.

-Te has portado bien. Mereces mucho más que un seis y medio.

-Gracias.

-La verdad es que te he mentido: sí me gustaría que la camarera te viera 
desnudo
-añade con malicia.

Sé a lo que se refiere: a  la historia que me hizo imaginar mientras  
cenábamos.
Enseguida cambia de conversación, para  quitarme la oportunidad de hablar  
sobre
ello. Me pregunta si suelo vestir así, le gusta mi ropa. Reconozco que no,  
sólo
tengo  tres  chaquetas y  me  las pongo  muy  ocasionalmente, y  casi  nunca 
uso
corbata. Se me ocurre decirle que ahora me siento raro por estar vestido 
delante
de ella. Se ríe, con su deliciosa dulzura...
 

***
 

No  sabemos despedirnos.  Parados delante  de su  coche nos  decimos adiós  
sin
concertar  una  nueva cita.  Tenemos  nuestros teléfonos  y  supongo que  
deberé
esperar a  que ella  lo desee.  Antes de  separarnos nos  besamos en  los 
labios
ligeramente, me extraña que con cierta frialdad.

He dado varios  pasos y oigo  que me llama.  Está dentro del  coche asomada 
a la
ventanilla. Regreso.

-Aunque eres el mayor  por edad, quiero que  sepas que te considero  el 
inferior
entre todos mis esclavos.

-Sí, ama...

El coche arranca y lo veo alejarse.
 

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