EL PRECIO DE LA DULZURA
Dedicado a las que no perdéis vuestra
dulzura cuando azotáis.
Capítulo 1
Tengo treinta años pero cuando suena
el teléfono mi corazón salta como el de
un
adolescente.
-Nos veremos en la cafetería del
parador de M., el viernes a las seis de
la
tarde. Habrás llegado antes que yo.
Recién afeitado, limpio y bien vestido.
Sin
nada que hacer hasta la tarde del día
siguiente. En la mesa, doblado,
tendrás un
diario abierto por la página
de anuncios por palabras. Hablaremos, y si
nos
parece bien contrataremos la habitación.
La pagaremos a medias.
-Como digas.
Cuelga.
***
Una mujer en un turismo rojo parece que
me observa cuando entro por la
puerta
del parador. Son las seis menos veinte. He
decidido no ponerme un traje,
después
de dudarlo mucho, y he optado por vestir de
sport: una americana verde de
lana,
corbata y pantalones a juego. Llevo
también un periódico bajo el brazo y
una
pequeña maleta. Me ha parecido hermosa,
aunque he evitado mirarla
directamente.
No tomo café para evitar
el mal aliento, pero no me resisto a encender
un
cigarro. Bebo un refresco, pendiente
de la entrada, inclinándome de
cuando en
cuando sobre el periódico
abierto. Anuncios de contactos. Siento el
latir
impaciente de mi corazón.
Ahí está. Parece una ejecutiva
o una abogada, con su traje de chaqueta
crudo y
su portafolios de cuero. Su melena
morena, corta, con las puntas
rozando el
cuello, se mece al compás
que marca su paso, enmarcando la sonrisa
húmeda y
blanquísima, afectuosa. Se acerca.
Veo el brillo inquisidor de las
pupilas. No
me mintió cuando dijo que
tenía veintisiete años. Es elegante,
distinguida,
bellísima. Antes estaba impaciente,
ahora temo no comportarme con el
aplomo
necesario. Se sienta delante de mí.
-Hola, ¿cómo estás?
-Muy impresionado.
-Igual que yo.
No le creo, pero agradezco la amabilidad
de su réplica. Apago el
cigarrillo,
arrepentido por haberlo encendido.
-Perdona, estaba nervioso. ¿Te molesta
que fume?
-No. Pero si subimos a la habitación
dejarás de hacerlo. Si tienes muchas
ganas,
me pedirás permiso.
-Como quieras.
Nos miramos unos segundos. Bajo los ojos a
la mesa, a mi vaso, a sus manos,
y la
miro de nuevo a la cara.
-Pareces un poco cohibido.
-Lo siento.
-No te preocupes, no me desagrada.
Aunque lo que dice es perfectamente audible,
habla con un susurro que nadie
más
que yo puede percibir. Se acerca
un camarero, ella le pide una
coca-cola y
espera a que se aleje para continuar.
-¿Nunca has hecho esto, verdad?
-No... ¿y tú?
-Parecías muy preocupado
por establecer límites -me dice desatendiendo
mi
pregunta.
-Bueno... es que sólo conozco
este mundo por lo que he leído y por lo que
he
visto en internet -le digo, excusándome-.
Quiero probar, entrar en la
situación,
pero sin exageraciones.
Nos callamos, con nuestras miradas enfrentadas.
El camarero coloca en la
mesa el
servicio de ella y se marcha.
-¿Tienes miedo de que sea demasiado
cruel?
La dulzura de su belleza
y de su voz me hacen creer que
mis
antiguas
prevenciones ya son innecesarias. Le sonrío
e intento explicarle:
-Supongo que tú... has visto las exageraciones
a que me refiero: otras
personas
que entran en la escena, juegos escatológicos,
terribles palizas...
Su sonrisa me desconcierta: no sé si
es comprensiva o irónica.
-No permitiré que
establezcas límites -dice sencillamente después
de
unos
segundos.
-¿No...?
-Puedes marcharte cuando quieras, pero
mientras quieras estar conmigo
tendrás
que aceptar lo que yo desee.
Respiro hondo, sin saber qué decirle,
y mi mano va a la cajetilla de
cigarros,
instintivamente. Ella me la quita con suavidad
y la aparta. Yo no protesto.
-Acabas de apagar uno. No fumes más.
-Está bien.
-No temas. Siempre te daré tiempo para
que puedas detenerme antes de
someterte a
algo que supere tu resistencia.
Para eso tendrás tu contraseña. Por
ejemplo:
"Suena una campana" -se detiene y bebe un
sorbo de su vaso-. Estás en tu
derecho
a decirla cuando quieras; pero
ten mucho cuidado, porque si me parece
que
resistes poco te echo sin oportunidad de rectificar,
¿entendido?
-Entendido.
-Odio la vulgaridad. Quiero que seas
sumiso, modesto y delicado. Si
vienes a
hacer una parodia, reconócelo
y vete. Y si eres un masoquista
provocador y
piensas desobedecer para que me ensañe,
vete también.
El tono de su voz, aunque amable, es
serio y amenazante. Por nada del
mundo me
iría.
-Intentaré no defraudarte.
-Tengo una bolsa en el coche. Espérame
en la recepción.
***
Contrata la habitación
a su nombre, sin importarle que vea
su
carné de
identidad. Ya sé que se llama Cristina.
Ella todavía no sabe cómo me llamo
yo.
Habitación 302. Espaciosa.
Una cama de matrimonio. Terraza con vistas a
la
piscina. El empleado que nos la
muestra parece curioso por nuestra
relación.
Ella abona el terreno, para divertirse,
mostrándose muy fría y
displicente. No
le da propina. Él me dirige la
mirada pero yo nada tengo que decir. Se
va: la
puerta se cierra evocándome la cancela
de una prisión.
Deposito mi maleta sobre el banco que hay a
los pies de la cama.
-¿Qué has traído? -me
pregunta.
-Una muda de ropa, un pijama y las cosas de
aseo.
-Ábrela.
Desempaqueto con cuidado el pantalón
gris, la camisa amarilla terrosa, la
ropa
interior, el pijama y la bolsa de tela donde
guardo los zapatos. Ha quedado
a la
vista una caja de preservativos, pero no muestra
interés en ellos. Siguiendo
sus
indicaciones, saco los zapatos
para mostrárselos y pongo en su mano
los
calzoncillos. Son blancos, elásticos
y sin costura, ceñidos y cerrados.
-¿Son iguales los que llevas puestos?
-Sí.
-Pon la ropa en el armario. Lleva lo demás
al cuarto de baño y vuelve aquí.
Cuando estoy en el cuarto de baño,
ella comienza a deshacer también su
pequeño
equipaje. Yo espero, deambulando por la habitación.
El portafolios lo deja
sobre
la banqueta, cerrado.
Me reclama con un movimiento del dedo índice
y me acerco.
-Vacíate los bolsillos, por favor.
Voy dejando junto al maletín el tabaco,
la cartera, el mechero, las llaves y
un
pañuelo. Coge la cartera.
-¿Puedo verla?
-Sí.
-David -dice, por el gusto de pronunciar mi
nombre.
-Sí, Cristina.
-Esclavo.
-Ama.
-Traes mucho dinero -me comenta,
mirando por encima el compartimento de
los
billetes. Sonrío.
-Sí... pero espero no gastarlo todo.
-Ya... -ríe-. Guarda todo esto en el
armario.
Obedezco. Ella se sienta en un sillón.
-Trae el maletín.
Lo pongo sobre la pequeña mesa
que hay a su lado. Ella lo abre. Ante mí,
bien
ordenada, una profusión de instrumentos
de tortura. Acierto a ver finas
cadenas
de hierro, muñequeras
de cuero y látigos de varias
clases.
Contengo la
respiración. Ella se divierte con mi
angustia.
-No tiembles. Pareces un corderito -me dice
para incrementarla.
-Ya... -río estúpidamente-. Estoy
algo asustado.
-Asustado y avergonzado.
-Sí -lo reconozco.
Me sonríe, encantadora.
-No creas que eso me ablanda. Tengo dudas
sobre si me sirves como esclavo
y no
quiero perder el tiempo, así
que voy a tratarte duro desde el principio
para
ponerte a prueba -no pierde la sonrisa, que
ahora es cruel, y entorna los
ojos.
Su voz es suave e inflexible-. Voy a disfrutar
humillándote.
Bajo los ojos, incapaz de sostener su mirada.
-Desnúdate.
Asiento en silencio y, después de unos
segundos, me despojo de la chaqueta.
-Tira la ropa. Después la recogerás
-mi chaqueta cae al suelo-. Descálzate.
Me quito los zapatos y los calcetines, agachándome,
y cuando termino los
aparto
con un pie. La miro, creyendo que quiere
indicarme cada prenda de la que
debo
despojarme, pero ella no hace más que
esperar, tranquilamente. Me deshago de
la
corbata, desabotono la camisa y la dejo
caer sobre la chaqueta. Ella tiene
los
codos apoyados en los brazos del sillón
y junta las yemas de los dedos de
ambas
manos, tocándose el mentón y
los labios, muy seria. Respiro hondo, me
desabrocho
los pantalones y me los quito con torpeza.
-Espera.
Me observa. Es patente el enardecimiento de
mi sexo.
-Date la vuelta.
Permanezco unos segundos de espalda hasta que
me manda girar de nuevo.
-Ya veo que te gusta ir bien ceñido.
-Es más cómodo, pero me pondré
lo que tú digas.
-Desde luego que sí que lo harás.
Más cómodo... -ríe-. Venga, desnudo.
Me quito los calzoncillos y me expongo al examen
de su mirada. En contraste
con
mi vergüenza, mi verga, liberada, apunta
desafiante al techo, por encima de
su
cabeza.
Durante un rato se
limita a observarme, con expresión
desasosegantemente
crítica. Después
se levanta y se acerca al maletín.
Reclama mis
muñecas
enseñándome con un gesto cómo
debo ponerlas: los dos antebrazos extendidos
hacia
ella, las palmas de las manos hacia
arriba. Me coloca dos muñequeras de
cuero
negro, ajustando sus hebillas. La operación
me excita extraordinariamente.
Con
un collar del mismo material reviste
mi cuello. Se abrocha también con
una
hebilla. Lo deja bastante holgado y
lo gira para que la anilla metálica
que,
como los brazaletes, tiene prendida, quede
hacia delante.
-Quiero que te tranquilices.
Ensarta el mosquetón de
una fina cadena a la anilla del collar. Desliza
sus
dedos por los eslabones, tensándola
un poco, y la suelta dejándola rebotar
sobre
mi pecho. Entonces descorre las cortinas por
completo. Diviso hasta el
horizonte
el paisaje de la campiña. La luz baña
por completo mi desnudez.
-Te vendrá bien tomar un poco de fresco.
Sal a la terraza.
No hay edificios a la vista. La altura
de la habitación y el antepecho de
obra
parece que protegen de la visión de
quienes estén en los jardines del hotel.
Dos
paredes laterales que llegan hasta
el techo separan de las terrazas de
las
habitaciones vecinas. Estoy sopesando
el riesgo de que puedan verme
cuando se
impacienta mi ama y me propina una sonora
bofetada.
-¿No obedeces?
-Sí, perdona -contesto llevándome
la mano a la mejilla, sorprendido.
Abro la puerta corredera y salgo, titubeante.
No me acerco al antepecho para
que
nadie pueda ver el collar y la cadena que
pende de él.
-Arrodíllate -ordena mi ama desde la
habitación, en voz baja. Después busca
en
su maletín y se me acerca con dos cadenas
cortas. Me lleva tirando de la
cadena
del cuello, haciéndome caminar
de rodillas, y me hace ponerme de espaldas
al
antepecho. Las dos cadenas las ensarta
con mosquetones de las anillas de
mis
brazaletes y de la barandilla metálica
que remata el antepecho. Quedo cara a
la
habitación, arrodillado con los brazos
en cruz.
Me observa durante unos segundos.
-Conviene que te mantengas derecho y sostengas
los brazos en horizontal.
Me deja así. Entra en la habitación
y cierra la puerta. La veo sacar un
refresco
de la nevera. Busca en el armario y
se sienta en un sillón con un libro.
Pasan
largos minutos. Ella no levanta la cabeza
de su lectura. Si dejo que bajen
los
brazos las manos caen
atrás, colgadas de la barandilla.
Para
evitar la
consiguiente tensión debo sentarme
sobre los talones. Así retrocede el
tronco y
doblo algo los brazos, en
posición más relajada. A pesar de
sus
últimas
palabras, es lo que termino haciendo cuando
las fuerzas me fallan, pero veo
que
gira la cabeza y me mira con reproche y adopto
de nuevo la postura correcta.
No
basta con eso. Viene a la terraza y se planta
ante mí.
-Muy mal, David -aunque con un volumen
de voz bajo, su tono es de gran
enfado.
Mi sexo se despierta con su presencia y su
reprimenda.
-Lo siento, no podía más...
Desprende los mosquetones de mis muñequeras
y tirando de la cadena del
cuello me
hace ponerme de pie, puede que exponiéndome
a la vista de alguien que ande
por
el jardín.
-¡Adentro! -grita aunque
es casi un susurro, acompañando la orden con
una
enérgica palmada en una nalga. Entro
en la habitación, muy turbado.
Ella me sigue y cierra la puerta.
-¡Muy mal!
-Créeme, no podía más...
-Mis riñas las recibes de rodillas,
esclavo indigno.
Me hinco de hinojos ante ella.
-¿Me estás provocando a
propósito para que te azote? Ya te he advertido
sobre
eso.
-No. Te lo juro.
-Cállate. Los brazos en cruz -arrastra
un sillón y se sienta frente a mí,
muy
cerca-. Si los bajas antes de que te lo permita,
estás rechazado.
Estoy muy derecho, también lo está
mi sexo, y mantengo los brazos
horizontales.
El temor de que cumpla su amenaza me da fuerzas:
por nada bajaré los brazos.
No
mucho tiempo después siento que
algo en ellos se romperá, pero no los
dejaré
caer; en el creciente dolor, me siento reconfortado
por su atención.
-Vas a aprender a esforzarte. Esto no es un
juego: quiero que verdaderamente
te
sientas mi esclavo.
-Así es como me siento, Cristina -musito.
-Cállate. Te dije
que querías que fueras sumiso, modesto
y delicado
¿te
acuerdas?
-Sí.
-Incluso ahora estás fallando
-me dice-: yo ya sé lo que duele mantener
los
brazos así, no hace falta que crispes
de ese modo la cara. No alardees
como si
fueras un héroe: obedece con modestia.
Aunque el dolor es casi insoportable
ya, intento obedecer también en
eso:
mostrarle mi postura irreprochable,
mi sonrisa tranquila, si puedo
llegar a
conseguirla, y mi erección.
-Puedes descansar, ya es suficiente -concede
después de un rato. Abrazo el
aire
con fuerza, apretando los brazos contra mi
pecho, aliviándome.
-Gracias.
Del maletín, sin pausa,
alcanza algo: un amasijo de correas y anillas
que
despliega ante mis ojos.
-Es un arnés ¿Has llevado alguna
vez algo parecido?
-No.
Un simple gesto de su mano y estoy de pie,
a su alcance.
¡Me toca con sus manos! Ciñe
apretadamente a la parte alta de mis
caderas,
ajustándolo con un pasador, un
cinturón hecho de dos piezas de gruesa
tela de
nylon que se unen en los costados con
dos broches de cierre automático.
Queda
colgando, en la parte delantera, otra pieza
formada por tiras más estrechas,
en
forma de Y. La pasa por mi entrepierna
y por la separación de mis nalgas
y la
abrocha al cinturón, mosquetón
en anilla, por detrás. Mis genitales
quedan
enmarcados por los brazos de la parte superior
de la Y y por el cinturón. De
uno
de los brazos están prendidas tres
tiras delgadas, horadadas para abrocharse
en
sendas hebillas dispuestas en
el otro brazo. Pasa las cintas sobre mi
verga
endurecida aprisionándola con fuerza
contra en vientre al ensartar las tiras
en
las hebillas. Mis testículos
cuelgan por debajo de las tiras abrochadas,
sin
opresión, pero pronto compruebo que
tampoco va a ser indulgente con ellos:
como
si les pusiera una bufanda en miniatura,
rodea estrechamente la parte
superior
del escroto con una pequeña cinta
negra, de unos dos centímetros de ancha,
que
cierra con velcro. Mis testículos presionan
la piel estirada en la parte
de la
bolsa que asoma por debajo. De la cinta
cuelga una cadenita muy fina,
como de
reloj de bolsillo, que termina en un gancho.
Me muestra una pesa de balanza.
-Doscientos gramos.
La cuelga del gancho, con cuidado de
no soltarla de golpe. Queda por encima
de
la altura de mis rodillas. La
presión es soportable, pero no sé por
cuanto
tiempo.
Se pone de pie y me hace retroceder un
paso posando la mano sobre mi pecho.
Se
aparta y me observa, sonriente.
-Estás muy gracioso.
La miro y bajo la cabeza, humillado.
-A la menor queja, duplicaré el peso.
-Sí, ama.
-Recoge las cadenas que han quedado en la terraza,
ponlas en mi maletín, y
lleva
al armario toda tu ropa.
Obedezco en silencio. Debo tener cuidado
para no hacer movimientos bruscos
que
hagan oscilar la pesa. Moverme así,
sintiendo además la presión de las
correas,
es una experiencia desconocida, dolorosa y
extrañamente excitante. Cuando
cierro
la puerta del armario, ella se ha acercado
y ha abierto la del suyo.
Vuelta hacia mí, se quita la chaqueta
y la cuelga de una percha, se desanuda
el
pañuelo del cuello y lo dobla
cuidadosamente antes de guardarlo en un
cajón.
Decrece su altura al bajar de los zapatos
de tacón. La miro sin parpadear.
Sin
aspavientos, como si estuviera sola, pero
sin dejar de mirarme, a los
ojos, al
centro preso de mi cuerpo, se despoja
de la blusa. Lleva un sencillo
sujetador
blanco, de tejido elástico, que dibuja
sus pequeños pezones. Admiro o adoro
la
perfección con la que lo colma mientras
mi ama guarda su blusa. Abre su
falda y
sale de ella cuidadosamente,
sin dejar que la prenda toque el suelo.
Las
pequeñas bragas son una delgada cinta
en los costados. Sus medias se
sostienen
por ligas elásticas. De
repente toda de blanco, hasta las ligas son de
ese
color, me parece una princesa, una novia,
más deseable pero, ay, el arnés y
el
ahorcamiento de mis testículos son
un suplicio, más inaccesible aún.
No termina de desnudarse. Veo que introduce
la mano en la bolsa de viaje.
Cuando
la saca, un temblor convulsiona de arriba
abajo mi cuerpo: empuña y acaricia
una
fusta de caballería. Se
cruzan durante unos segundos nuestras miradas.
No he
visto mayor belleza: La cara
alzada y seria, los labios apretados,
desliza
amenazante sus dedos sobre la varilla. Me
es imposible mantener la quietud
ni la
compostura, se oye mi respiración irregular
y me parecen a punto de estallar
las
correas que me contienen. No se detiene: sin
palabras toma la cadena que
cuelga
de mi cuello y ensarta el
extremo a las anillas de mis muñequeras.
Yo
le
facilito la operación ofreciéndole
las muñecas cuando entiendo lo que
pretende.
Al deslizar la cadena por las
anillas tirando hacia arriba del extremo,
que
hábilmente prende del mosquetón
que ya sujetaba la cadena al collar, mis
brazos
quedan recogidos en mi pecho y mis manos,
juntas y presas bajo el mentón.
-Mereces que te azote -me dice con naturalidad.
Asiento con un ademán.
-Sí, ama.
-Ven.
Me toma de un brazo y me conduce junto
al banco que hay a los pies de la
cama.
Hace que me arrodille sobre su
superficie acolchada, en un extremo,
mirando
hacia el extremo contrario.
Ella desaparece un momento y regresa con
dos
látigos. Los dispone, con la fusta,
sobre el asiento, delante de mí. Uno de
los
látigos, el mas corto, tiene una empuñadura
rígida, forrada de cuero, de la
que
penden un buen número de filamentos
de plástico, el otro tiene el mango
trenzado
y tres trallas planas, de cuero, de unos cuarenta
centímetros.
Todo lo que dice y todo lo que hace está
destinado a comprobar mis
reacciones.
Me siento en una prueba que quiero
superar a toda costa, y aunque sé que
el
rubor delata mi vergüenza, la miro a
los ojos valientemente. Ella me toma
por la
barbilla y me acaricia una nalga.
-David, mis castigos son reales, mis latigazos
duelen de verdad. Puede que
este
sea el momento en que debas pronunciar la
contraseña.
Niego moviendo la cabeza.
-No. Quiero sufrir tu castigo. Azótame,
Cristina.
-Tienes que inclinar el tronco hacia
delante apoyando los antebrazos
sobre el
asiento.
Hago lo que me dice y mis labios
tocan el asiento. El peso suspendido de
mis
testículos se hace más insoportable.
En tensión aguardo los azotes sobre mi
culo
erguido. Mi ama agarra el mango del látigo
de plástico.
-El flail no te dolerá, será
como un masaje.
Las lenguas duchan delicadamente
mis muslos y mi culo, una y otra vez,
sin
herirme. Al susto inicial sigue
una sensación crecientemente placentera.
Con
dificultad, volviendo la cabeza, veo, y perfectamente
oigo, a mi ama
esforzarse
en cada azote. Me abandono al sonido,
al ritmo siempre igual de los
trallazos
sobre mis piernas y mis
nalgas hasta que unos minutos después se
detiene.
Nuestras respiraciones son ahora parecidas,
por distintos motivos.
Abandona el
flail y agarra el otro látigo.
-La cuarta sí te dolerá.
Enseguida aprecio la diferencia cuando
la nueva disciplina muerde mi
piel. Al
principio suavemente, en el límite
entre la caricia y el azote, después algo
más
fuerte, como pellizcos ardientes pero
sin rebasar lo soportable, si no es
la
excitación lo que eleva el umbral de
mi dolor. Se detiene entonces y me
relajo,
recobrando el ritmo de mi respiración,
cuando un látigazo en toda regla
cae
sobre mi culo como un cuchillo. Grito y mi
involuntario movimiento hace
oscilar
la pesa de mis testículos. Cuando
veo que mi ama eleva su brazo de nuevo,
sin
embargo, recobro la postura para ofrecerme.
Se abate de nuevo toda su fuerza
con
un terrible estallido y esta vez consigo
ahogar la queja. Hay lágrimas en
mis
ojos, pero no protesto y vuelvo
a erguir el culo, dócil al castigo, y
ella
vuelve a herirlo con la misma sevicia.
Abandona entonces el látigo y
agarra un
puñado de mi pelo para indicarme
con un tirón que me incorpore. Me hace
bajar
del banco. Me acaricia en una mejilla, delicadamente.
Después, con un
tironcito,
despega el velcro y libera mis testículos.
-Te perdono la fusta. Es demasiado cruel para
ti, por ahora.
-Gracias.
-Deja que te vea -me dice sentándose
en el banco. Sus dedos recorren la
zona
azotada. Después, me gira para ponerme
frente a ella y sonríe-. No ha sido
nada.
Ni siquiera te he levantado la piel.
Yo también sonrío, orgulloso.
Se levanta de nuevo y entonces, ante mí,
bien calientes mis nalgas, pone un
pie
sobre el banco y se quita
una liga. La misma operación y se quita la
otra.
Después las medias. Con incomparable
sencillez, se desnuda por completo.
-Aún no he terminado contigo. A la cama.
Me echo boca arriba. Se sube a horcajadas sobre
mi abdomen, libera mis
muñecas y
tira a un lado la cadena. Tímidamente
poso las manos sobre sus muslos,
tanteando
si me está permitido, sorprendiéndome
encantado que no ponga reparo.
-Te lo ruego, deja que me quite el arnés.
Separa mis manos, poniéndolas
sobre el lecho, y retrocede gateando hasta
las
piernas. Me desnuda soltando los broches laterales
del cinturón y se deshace
del
arnés. Empuña el
mástil con fuerza y se yergue,
mirándome con
fingida
agresividad.
-Te la voy a comer, esclavo. Ábrete
de piernas.
¡Dios mío! Se ovilla entre
mis piernas y me besa y me lame desde los
muslos
hasta el vientre y los testículos.
Me muerde junto a la horcajadura y
después en
la verga, haciéndome gemir
y hasta gritar de dolor y de placer, cerca
del
límite. Dobla mis rodillas y
alcanza la parte trasera de mis muslos y con
sus
dedos presiona sobre mi ano y finalmente enfunda
mi sexo con su preciosa
boca y
sin dejar de moverse me
hace penetrar hasta su garganta. Soy un
esclavo
convertido en dios. Me agito incontenible
mientras continúa su ritmo
incesante.
Deseo acariciar su pelo, pero no
quiero que parezca que intento conducir
sus
movimientos y dejo mis brazos sobre las sábanas,
inmóviles hasta que me
derramo
entre convulsiones y veo como entre brumas
al amor de mi vida saborear mi
semen
como si fuera nata y no dejar
de lamerme y de acariciarme hasta que pasa
el
sentimiento infinito.
Viene a la cabecera y se arrodilla sentada
sobre los talones, a mi lado.
Me he
incorporado y la miro como si acabara
de despertar, incrédulo, y adoro su
cara
ahora tan alegre y su boca
húmeda y el cuerpo bellísimo que,
equívocamente,
parece ofrecerme. Sus manos caen
a los lados elegantemente,
acariciándose la
parte externa de los muslos, y separa las
piernas permitiendo que vea su
centro.
-Amor mío, te regalo mi vida.
-Ssss... eso es precisamente lo que quiero.
-¿Puedo besarte?
Me ofrece sonriente la mano y pone sus dedos
en mis labios. Tiendo la mía
hacia
ella para acariciarla, pero niega con la cabeza
y la retiro.
-¿No puedo tocarte? Me gustaría
darte placer.
-Cuando yo diga y como yo diga podrás
tocarme, esclavo.
-Claro, ama, perdona.
-Quiero que nos tomemos un descanso -me
dice entonces-. Entra en el
cuarto de
baño y date una ducha, enjabonándote
bien. Saldremos a dar un paseo.
Salto de la cama al momento.
-¿Qué ropa me pongo?
-Cuando vuelvas te diré.
Antes de entrar en la ducha quítate los
cueros: se
estropean.
Examino orgulloso el reflejo de mi imagen con
muñequeras y collar, y mis
nalgas
enrojecidas. No he cerrado la
puerta. Me aplico en la limpieza porque
lo ha
ordenado mi ama.
Ella sigue desnuda cuando regreso. Sobre el
banco ha dispuesto la ropa que
traje
puesta y el contenido de
mis bolsillos, incluido el tabaco. Me observa
un
momento mientras me visto.
-Yo también voy a entrar
en el baño. Cuando vuelva, habrás recogido
todo y
habrás guardado en mi armario el maletín.
Fuma un cigarro, si quieres.
-Gracias.
Obedezco sus órdenes. Tarda poco y cuando
vuelve está radiante.
-¿Vamos?
-Cuando quieras.
Capítulo 2
Están ya ocupados algunos de los veladores
del bar que hay cerca de la
piscina,
pero Cristina prefiere pasear
y tomamos un camino de tierra, arbolado
de
naranjos. Observo que otros
paseantes se fijan en mi ama al cruzarse
con
nosotros y que no parece advertirlo, seguramente
por lo acostumbrada que
está a
que eso ocurra. Pienso en mi suerte:
ellos tienen acaso cinco, diez
segundos,
para mirarla antes de desaparecer; soy
yo quien permanece a su lado,
todo el
tiempo. En ese momento se vuelve hacia
mí como si conociera mis
pensamientos y
quisiera oírmelos decir en voz alta.
-Nunca me he sentido mejor, no podía
imaginar...
-Lo sé.
-¿...Yo te gusto, Cristina?
Finge dudar la respuesta, mirándome
abajo.
-Bueno... tienes un sabor agradable...
Sonrío.
Caminamos muy despacio y en
silencio sin que dé la impresión de que
ella
necesite hablar, mientras yo no soy capaz
de hacer las preguntas que
torturan mi
mente, hasta que digo:
-¿Has venido antes aquí, verdad?
-Sí. Varias veces.
Se detiene y me mira, seria.
-Debes saber que tengo tres esclavos.
No contesto nada, pero mi decepción
es difícil de disimular.
-¿Te disgusta eso?
-No... -contesto en voz baja.
Responde a mi mentira con una risa limpia,
que no hiere.
-Sí -admito un momento después-.
Me disgusta mucho, Cristina.
Me da un beso y se coge de mi brazo para guiarme
a un banco.
-Dos son chicas: Beatriz y Paula. Tienen veintidós
y veinticuatro años.
Beatriz
es mi esclava desde hace dos años,
se dio a mí cuando cumplí los
veinticinco,
como regalo de cumpleaños. Paula empezó
unos meses después. El otro es un
chico,
se llama Nacho, tiene veintisiete. Es mío
desde hace seis meses.
-¿Los conociste igual que a mí?
-No...
-No había imaginado que te gustaran
las chicas -le dije. Me quedé
pensativo y,
un momento después, añadí:-.
A mí me ha dejado de gustar todo lo que
había
deseado en las mujeres. Ya sólo me
gustas tú.
-Eres un encanto, David.
-¿Es que te parezco sumiso, modesto
y delicado? -le pregunto, con una sombra
de
ironía en el tono de mi voz.
-Por ahora me has parecido suficientemente
sumiso, suficientemente
modesto... y
muy delicado.
-Nota media: seis con cinco.
Cristina ríe.
-Sí, algo así.
-No es mucho...
-Pues intenta mejorar.
Mirar su mirada es como dejarme atrapar
envuelto por su belleza y abrirle
todo
mi interior. También a eso me someto.
-Lo intentaré -le prometo, ahora sin
ironía.
-Más le vale a tu piel
que lo consigas. Ya has podido comprobarlo -me
dice
poniendo en mi mejilla la mano con la que
me ha azotado. La busco con mis
labios
y ella se la deja besar-. Vamos a cenar,
me han entrado ganas con el
aperitivo
que he tomado de ti.
***
La jefa de camareros recibe a Cristina
como a una clienta distinguida.
Sabe de
antemano la mesa que prefiere, a
la que nos conduce, y retira
atentamente la
silla para ayudarle a sentarse. Nos entrega
una carta a cada uno.
-Se nota que vienes mucho.
Ella se limita a mirarme.
-¿Estoy muy pesado con las preguntas?
-No. No te preocupes por eso.
-Estoy pensando que te verá cada vez
acompañada de alguien distinto.
-Así es.
-¿No te importa?
-No. Me divierte. Deja la carta, elegiré
yo.
Abandono a un lado la
carpeta. Ella apoya sobre la mesa los
antebrazos,
cruzándolos, y se inclina ligeramente
hacia delante. Me pierdo en sus ojos,
otra
vez.
-Me gustaría que estuvieras desnudo.
Me río, sintiendo la pulsión
en mi entrepierna.
-Podrías haber llamado al servicio de
habitaciones.
-Ya... pero lo que me gustaría
es que todos vieran que me perteneces.
Haberte
traído de la cadena y estar como ahora,
pero tú en cueros y la fusta encima
de
la mesa. Quiero que te imagines que es así.
Viene la maîtresse
y Cristina pide para los dos. Cuando se
marcha,
ella
continúa:
-Retiraría tus cubiertos y te obligaría
a comer con las manos y a la menor
cosa
que me disgustara, por ejemplo que miraras
a otra chica, llamaría a la
camarera
y le pediría que te atara las
muñecas y te sujetara para darte un buen
fustazo
en las nalgas.
Durante la comida sólo
habla ella, haciéndome vivir lo que imagina.
Por
imposible que sea la historia, la supongo
muy capaz de todo lo que cuenta.
-Algunos de los otros clientes mirarían,
pero seguirían en lo suyo.
-¿No estás hablando demasiado
fuerte?
-¿Quieres que me calle?
-No.
-La maîtresse, mientras te
sujeta para que te castigue, mira tu cuerpo
con
interés. Ya he dejado marcado
tu culo pero ella no te suelta y
empieza a
acariciarte el pecho. Entonces te vuelves
alarmado hacia mí, pero yo no
atiendo
a tu súplica de forma que no te
quedan dudas de cuál es mi deseo. Ella se
abre
el pantalón y te muestra que tiene
puesto un pene artificial. Te echa sobre
la
mesa y, con unas pataditas en
tus pies, te abre. Mientras te sodomiza
tú no
dejas de mirarme.
-Demasiado para mí...
Estoy sin embargo acalorado y ella lo
sabe. Tengo un momento de duda, corto
el
filete en trozos, dejo los cubiertos a un
lado, cojo un pedazo con la mano y
me
lo llevo a la boca. Su rostro se ilumina.
Miro a las otras mesas y al
servicio
temiendo que alguien me haya visto.
-Tranquilo, no pasará nada. Sigue.
Llama a la maîtresse, que se acerca enseguida.
Me detengo.
-¿No comes? -me pregunta
ella con tono exigente cuando la empleada
está a
nuestro lado. La miro, trago saliva,
pero me atrevo: me llevo otro trozo
a la
boca. Ella se dirige a la maîtresse:-
Traiga algo de pan, por favor.
La camarera no parece encontrar nada raro.
Le trae lo que pide y se marcha.
Al terminar, me ordena ir al lavabo a
enjabonarme las manos. Cuando
regreso al
comedor, desde lejos veo que ha
abandonado su lugar. Vacilo. Se me
acerca la
maîtresse:
-Señor: la señorita me ha pedido
que le diga que lo espera en la
cafetería. En
el salón de al lado, señor.
-Gracias.
-A usted.
Me recibe exultante.
-Has estado muy bien.
-Eres terrible. No me atreveré a volver
a este sitio.
-Has sido tú. Descarado.
Los dos reímos.
-Menos mal que no has llevado la historia hasta
el final.
-Es pronto aún. ¿Quieres fumar?
-Sí, gracias.
-Cuando subamos a la
habitación, lo primero que harás
será
desnudarte y
cepillarte los dientes. He dejado en
el lavabo un tubo de vaselina. Quiero
que
te apliques una buena porción de ella
en el ano.
La orden borra instantáneamente mi sonrisa.
Retiro de mi boca el cigarro que
aún
no he encendido.
-Oh... por favor... ¿Es eso necesario,
Cristina?
Por toda respuesta me traspasa con una
mirada helada. Se ha extinguido
toda la
alegría de hace sólo unos segundos.
Se pone de pie.
-No vas a fumar. Guarda el tabaco.
Sin añadir una palabra, introduzco
el cigarro en la cajetilla y la meto
en un
bolsillo de mi chaqueta con el
mechero. La sigo al ascensor con el
corazón
encogido, culpándome por mi torpeza.
-Perdóname, te lo ruego -le digo
cuando estamos subiendo-. Haré todo lo
que tú
desees.
La expresión de su rostro no se suaviza,
pero me dice:
-Eso está mucho mejor.
-¿Ya no estás enfadada?
Me da una bofetada, suave y posesiva, y no
responde.
***
Al llegar a la habitación, abre la puerta
del baño.
-Obedece.
Entro y cara a ella comiezo a quitarme la ropa
deprisa. Me deja. He cumplido
sus
instrucciones y me espera sentada en
un sillón, con las muñequeras y el
collar
preparados sobre la mesa. Veo orgulloso, en
sus ojos, cómo le agrada que sin
que
pronuncie una orden me ponga
a su alcance, me arrodille y le ofrezca
las
muñecas, aunque no dice nada mientras
me coloca con ademán dominante los
signos
de mi esclavitud. Ahora me empuja en
el pecho, retrocedo... y parece
olvidarse
de mí. Toma su libro de la mesa y lo
abre por la marca que había dejado.
Frente
a ella, desnudo y de rodillas, su actitud
me convierte, repentinamente, en
un
objeto de la habitación que no
merece más atención que cualquier otro.
No es
necesario una palabra para saber qué
desea, ni deseo otra cosa sino
permanecer
inmóvil, derecho, atento al
movimiento casi imperceptible de sus ojos,
a su
expresión concentrada, a la irresistible
altivez de su indiferencia.
Cuando todo se detiene, el tiempo pierde su
medida...
Sé cuánto es el dolor en mis
rodillas pero no cuántos minutos transcurren
antes
de que deje el libro y,
sin mirarme siquiera, se dirija al cuarto de
baño
cubriendo mi cuerpo con la deliciosa
brisa de su paso. No estoy
autorizado a
moverme mientras le oigo cepillarse
los dientes, y ni tan sólo giro la
cabeza
cuando está a mi espalda, trasteando
en el armario, ni cuando se acerca
hasta
situarse justo detrás de mí.
-Va a ser una noche difícil para ti,
esclavo -me anuncia-. Ponte de pie.
Hago lo que me dice. Ordena que me vuelva.
No he acabado de ver que está
desnuda
y que tiene las dos manos
extendidas hacia mí cuando ha colocado dos
pinzas
metálicas en mis pezones. Creo que
oigo mi grito antes de advertir que es
dolor
lo que siento. Bajo la cabeza
para mirarlas, aterrado. Parecen dos
inocentes
mariposas que se hubieran posado sobre mi
cuerpo, pero se aferran sin piedad
con
agudas punzadas. Mi cuerpo se estremece, cierro
los ojos y aprieto los puños
con
fuerza evitando volver a gritar
y procurando recobrar el ritmo normal
de mi
respiración. Consigo abrir los
ojos y a través de mi suplicio veo a la
más
delicada belleza evaluando tranquilamente
mi capacidad para sufrir el dolor
que
me desea, y comprendo que
esta tortura es la barrera que interpone
entre
nuestros cuerpos desnudos pero también
la escarpada ladera que generosamente
me
muestra, como camino para merecer la cima.
Es justo que sufra por ella...
Agarra un mechón de mi vello púbico
y tira de él.
-Cuando te quite las pinzas te sodomizaré.
Fascinado por la fiereza con la
que tuerce la boca y acuciado por mi
deseo
incontenible, me rindo y me someto sin reservas
a su poder.
-Hazlo ya si quieres.
-No hay prisa, antes me apetece divertirme
un poco más. Pon las manos detrás
de
la cabeza.
La piel de mi pecho se estira y sus dedos
se entretienen un rato pulsando
las
pinzas, tañendo la melodía de
mi dolor, y lo soporto hasta que, de repente,
me
las arranca con dos tirones que me provocan
un alarido. Ella parece
asustarse
por un momento, después retira suavemente
mis manos de mis pezones, acerca
sus
labios y me los besa repetidamente depositando
cada vez un poco de su
saliva,
como un bálsamo, hasta que ve
que me recupero. Parece arrepentida de
haberme
hecho tanto daño, y yo agradezco su
consuelo desde lo más profundo.
"Os voy a follar", nos decía un
sargento en el servicio militar.
Aberraciones
del lenguaje que son aberraciones del macho
prehistórico: Te voy a convertir
en
hembra para que compruebes qué macho
soy. Ganas de vomitar.
Cristina me va a follar. Tiemblan hasta los
músculos de mi cara cuando abre
una
caja de tafilete, como un joyero rectangular,
y me muestra su contenido.
Es un
pequeño pene de plástico, de
unos diez centímetros de longitud. Tiene una
forma
bulbosa alargada, no demasiado gruesa,
un cuello estrecho y una base
ancha y
plana como una moneda gigante para que no
se pierda dentro del cuerpo.
Se sienta en el borde de la cama.
-Antes quiero ver qué sabes hacer con
la boca, para comprobar si me sirves
para
satisfacer a Nacho.
Sostiene el juguete con sus dos manos, sobre
sus muslos, esperándome. Yo
respiro
hondo y expulso ruidosamente el aire contenido.
-¿A qué esperas? ¿Es necesario
que coja la fusta?
-No...
Violentándome, luchando contra
la fuerza de mis músculos que se
resisten a
obedecer a mi voluntad sometida, avanzo a
ella y me arrodillo. Mi boca se
abre a
punto de alcanzar el pene cuando
ella lo retira y lo tira sobre las
sábanas.
Entonces, como si estallara después
de haber estado conteniéndose largo
rato,
suelta un gemido mientras abraza y besa
mi cabeza. Da un enérgico tirón
de mi
pelo y me obliga a mirarla. Se mezclan
nuestras respiraciones. Me besa en
los
labios.
-¿Quieres demostrarme qué
sabes hacer con la boca? -me pregunta,
susurrante,
separando las rodillas.
-Amor...
Miro, como deslumbrado, la flor
abierta de su deseo y me sumerjo entre
sus
muslos. Bebo de su fuente
hasta emborracharme y mi lengua, enloquecida
de
felicidad, baila sobre su cumbre para
servir sólo a su placer. Sus
muslos me
atenazan con fuerza y sus dedos revuelven
mi pelo hasta que cae atrás,
jadeante.
Se relaja la presión y alzo
la cabeza para ver su paisaje. Beso su
vientre y
quiero recorrer su valle, tenso
y palpitante, pero me obliga a volver.
Poco
después se incorpora y me hace levantar
la cabeza sujetándome por las
sienes.
-Métemela, esclavo.
Por un momento me quedo desconcertado.
Mis ojos buscan el pene de
plástico y
ella suelta una carcajada.
-Tonto...
Enrojezco, feliz. De la caja que lo guardaba
ha sacado un preservativo y me
lo
muestra sosteniéndolo entre los
dedos índice y corazón de la mano derecha.
Se
acuesta en el centro de la
cama y yo, arrodillado en el espacio entre
sus
piernas, me lo coloco mientras sus dedos
sustituyen a mi boca. Me detengo,
con
la funda ya puesta, a observarla mientras
se acaricia. Ella me lo permite.
Con
el recogimiento de quien es hallado digno
de la contemplación del misterio,
con
la indecible emoción de descubrir que
se encuentra hermosa en mi mirada,
guardo
para mí las leves ondulaciones
de su cuerpo, el íntimo y limpísimo goce
que
demuda su rostro, transportada su belleza
a una superior belleza.
-Eres preciosa.
-Ven...
Entro en Cristina despacio, dejándome
guiar. Se desprende de ella un
profundo
quejido y parece que una nube cruza
por sus ojos. Cuando por primera vez
puede
acogerme por completo me quedo quieto,
muy dentro. Ella se abraza,
clavándome
las uñas, y por su exhalación
parece que no pudiera soportarlo y quisiera
que yo
la dejara, pero sé que merecería
que me arrancara la piel a tiras si lo
hiciera.
Me separo un poco, apoyando las manos, y observo
su rostro mientras me muevo
con
ritmo regular. Sus gemidos son una
celestial armonía. Me exige, me ruega,
me
apremia, me conforta...: todas las expresiones
están en sus ojos. Con sus
manos
me acaricia apretándolas al deslizarlas
sobre mi piel, como con urgencia
para
expresar lo que con palabras no puede decirse.
Sigo la pauta de su placer
que es
el mío, que no distingo del que prende
también mi cuerpo, en un único
incendio,
hasta que abrazados todo se
desborda y pierde su control y sin embargo
es
perfecto y es absoluto y somos uno.
Nuestras manos y nuestras miradas enlazadas,
la acompaño en su regreso, y sé
que
no necesito ahora pedir permiso para comulgarla
con mil besos en la cara, en
el
cuello y en los pechos. Ella me deja hacer,
tierna y condescendiente, hasta
que
el efecto de mis atenciones acaba siendo su
risa cristalina.
-¿Es que te hago cosquillas?
-No...
Parece que cobra renovada energía y
abrazándome me hace rodar para ponerse
sobre
mí, como si me venciera en la lucha.
Mis manos acarician su culo
reconociéndolo
por completo, como la mirada de
un ciego, y no dejan de hacerlo aunque
ella
recupera el dominio componiendo con el dedo
índice de su mano derecha y con
mi
boca la señal de silencio. Lo beso
y hago un amago de morderlo, en broma.
-¿Te rebelas contra tu dueña,
esclavo?
-No. Nunca dejaré de obedecerte ni de
adorarte.
-¿Nunca?
-Nunca -respondo hundiendo blandamente
las yemas de los dedos en su
carne y
separando sus nalgas.
Extiende su mano y alcanza el
pene de plástico. Me besa en los labios
y me
desafía con la mirada.
-Voy a metértelo por el culo.
-Soy tuyo. Puedes hacerlo.
Sonríe y me vuelve a besar.
-Te obligaré a llevarlo dentro toda
la noche.
-Sí, mi amor.
Me besa de nuevo.
-Dormirás en el suelo, encadenado.
-Lo haré por ti.
Otro beso, más sabroso y más
largo, baña mi boca.
-Te despertaré a mitad de tu sueño
para darte latigazos.
-Como tú desees, amor mío.
Recuesta su cabeza en mi pecho,
me lo besa y durante largo rato se
abandona,
indolente, a mis caricias.
***
Sale del cuarto de baño y me encuentra
de rodillas, esperándola. Lleva un
pijama
de algodón compuesto de un holgado
y ligero pantaloncito que le cubre
hasta la
mitad de los muslos y una
camiseta de manga corta, celeste con
infinitas y
diminutas florecitas rosas.
Sonrío para mis adentros recordando que
había
imaginado el encuentro con
una dominatrix cubierta de plásticos
negros,
tachuelas y correajes.
Se planta ante mí con una cadena
en la mano. Me hace ponerme de pie y
ensarta
mis muñequeras al collar.
Tira al suelo, junto a la cama, una almohada.
Toma el pene de plástico en sus manos
y señala al lecho.
-Ponte ahí de rodillas y abre bien el
culo.
De espaldas a mi ama, me arrodillo
separando las piernas todo lo
posible. Me
empuja en los hombros y caigo sobre los antebrazos
como cuando me azotó,
pero ya
no tiemblo por humillarme así delante
de ella. Me explora primero con los
dedos,
recreándose en su dominio y comprobando
si estoy bien lubricado, y añade
algo
más de vaselina. Siento que voy
a ser violado, pero por un ángel. Me lleva
al
cielo y me arrastra por el suelo...
Está en su derecho. La punta del
juguete
toca mi ano, presionándolo. Contengo
la respiración cuando comienza a
ceder el
esfínter. Lo empuja adentro de golpe.
-Ya puedes acostarte en tu sitio, esclavo.
Obedezco dócilmente. Produce una sensación
muy extraña, pero no duele. Ella
pone
en hora un despertador y lo coloca sobre la
mesilla de noche.
-A las tres y media te azotaré.
Estoy encogido, buscando una postura que me
permita conciliar el sueño. Ella
ha
dejado preparada sobre la mesilla
de noche la cuarta de tres trallas,
se ha
acostado y ha apagado la luz. Oigo su
respiración. Parece plácidamente
dormida
mientras rindo tributo de esclavo. No
es un juego: realmente voy a sufrir
esta
noche como es real el tapón que me
ha fijado y la incomodidad de las cadenas
que
aprisionan mis muñecas.
Repaso con gran excitación todos los sucesos
desde
nuestro primer encuentro en la cafetería.
Boca arriba, mis nalgas se
aplastan
contra el suelo haciéndose mayor la
presión del pene de plástico que llevo,
pero
es la postura en la que
parece que puedo descansar. La noche se hace
más
suave...
Me despierta el pitido. Mi primera sensación
es no saber dónde estoy.
Cristina
enciende la luz y salta de la cama con sorprendente
energía.
-De pie.
Lo primero que veo en ella es el látigo,
que ya sostiene en su mano derecha.
Me
levanto con dificultad.
-Ponte en el banco y adopta la postura.
Hago lo que me dice despacio, con pereza, pero
ella sabe como despabilarme.
Esta
vez no prepara mi piel con
el flail, sino comenzando a latigar con
suavidad
sobre toda la superficie
de mi espalda y sobre mis nalgas.
Incrementa
gradualmente la fuerza, inclemente,
hasta superar la intensidad de los
peores
azotes de la tarde. Estoy a punto de
no poder aguantar más, sorprendido por
la
dureza del castigo, cuando se detiene.
-Al suelo otra vez. A dormir.
De nuevo a oscuras. Todo ha sido muy
rápido. Es como si de repente en la
noche
hubiera aparecido un ardor inexplicable
en mi espalda y en mi culo. No
hay
consuelo. Recuerdo sus exigencias sobre la
modestia y sofoco la agitación de
mi
respiración, lo mejor que puedo.
Aún no es de día
cuando uno de mis ligeros sueños es interrumpido.
En
la
penumbra, mis ojos acostumbrados a lo oscuro,
la veo descender al suelo.
Suelta
mis muñecas.
-Puedes subir a la cama.
Voy a su lado, bajo las suaves sábanas.
Me pone boca abajo y me saca el
tapón,
que lleva al cuarto de baño,
me quita el collar y las muñequeras y me
besa
muchas veces en el pelo y en la cara, rozándome
con todo su cuerpo.
-¿Ves cuánto te amo? -le digo.
-Duerme, descansa.
Me despierta con caricias. Enseguida me doy
cuenta de que debe de ser tarde,
por
la luz que inunda la habitación.
Ella parece llevar mucho tiempo
levantada.
Nuestro equipaje está recogido: su
maletín, su bolsa de viaje y mi maleta
están
colocados sobre el banco. Ha preparado
sobre un sillón, que ha acercado
a la
cama, la ropa que debo ponerme
y se ha vestido con un traje oscuro que,
por
masculino, resalta su feminidad
como no haría ninguna otra ropa que
hubiera
elegido. Tiene la chaqueta abierta
y pone los brazos en jarras. Observo
las
formas de sus pechos someramente adivinadas
bajo la camisa blanca, y su
graciosa
corbata roja.
-¿Cómo te encuentras? -me pregunta.
-Bien -contesto incorporándome.
Retira las sábanas destapándome
por completo.
-He pedido el desayuno. Vístete, no
quiero que la camarera te vea desnudo.
Antes de que me ponga nada revisa los
efectos del látigo sobre mis nalgas
y mi
espalda.
-Estás bien.
Me visto, halagado porque no deje de
contemplarme mientras lo hago. Después
le
pido permiso para ir al cuarto
de baño. No he terminado cuando llaman
a la
puerta y todo está preparado en la
terraza cuando salgo.
Me sirve el café.
-¿Por qué no quieres que me vea
desnudo la camarera?
Ella sonríe.
-Se enamoraría de ti.
-No tendría ninguna esperanza.
No dice nada pero parece complacida. La miro
comer, embelesado.
-Te has portado bien. Mereces mucho más
que un seis y medio.
-Gracias.
-La verdad es que te he mentido: sí
me gustaría que la camarera te viera
desnudo
-añade con malicia.
Sé a lo que se refiere: a la historia
que me hizo imaginar mientras
cenábamos.
Enseguida cambia de conversación, para
quitarme la oportunidad de hablar
sobre
ello. Me pregunta si suelo vestir así,
le gusta mi ropa. Reconozco que no,
sólo
tengo tres chaquetas y me
las pongo muy ocasionalmente, y casi nunca
uso
corbata. Se me ocurre decirle que ahora me
siento raro por estar vestido
delante
de ella. Se ríe, con su deliciosa dulzura...
***
No sabemos despedirnos. Parados
delante de su coche nos decimos adiós
sin
concertar una nueva cita.
Tenemos nuestros teléfonos y supongo que
deberé
esperar a que ella lo desee.
Antes de separarnos nos besamos en los
labios
ligeramente, me extraña que con cierta
frialdad.
He dado varios pasos y oigo que
me llama. Está dentro del coche asomada
a la
ventanilla. Regreso.
-Aunque eres el mayor por edad, quiero
que sepas que te considero el
inferior
entre todos mis esclavos.
-Sí, ama...
El coche arranca y lo veo alejarse.
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