RITUAL DE INICIACION 
 
El miedo a traspasar la frontera los detiene siempre un momento frente a mi puerta. Asustados, tiemblan, un sudor frío los envuelve, tibia mezcla de miedo y excitación que me encanta. Y aléis no fue la excepción. Con tan solo 26 años se iba a convertir en el más joven de mis chicos. 
Dejo que pase justo un segundo más de lo necesario y ordeno a jaume que le abra. Escucho como la puerta es abatida, como intercambian unos saludos y como se acercan a la sala. 
Moreno, pero de tez blanca, aire aniñado, casi femenino. Mirada triste y lejana. Alto y desgarbado. Lo primero que pensé al verle es que iba a tener que enseñarle a caminar. Los hombros echados adelante, paso tímido, ¿era por la turbación al verme?, espalda doblada. Recordé a mi abuela, que de niña me mostraba cómo andar con un tomo de la enciclopedia 
de la “Historia de España” sobre la cabeza. Se detiene apenas a tres pasos de mí, se postra... o más que postrarse, se deja caer torpemente sobre sus rodillas y clava su vista en el suelo. No puedo evitar sonreír. Con lo decidido que parecía estas semanas de atrás, mientras nos conocíamos por teléfono, ahora se veía completamente derrotado. 
 
- Buenos días aléis, ¿Cómo estás? 
- Buenos días mi Señora, estoy muy nervioso, pero contento por poder verla – Su 
voz era tan dulce como siempre, pero un ligero temblor se podía percibir en ella. Breve saludo, sin duda, parco precedente de las largas conversaciones que, con motivo de mejorar 
sensiblemente su educación, habríamos de tener. 
- Acércate niño, y desnúdate. En el recibidor, entrando a la izquierda, hay una puerta. Se trata de un pequeño cuarto con aseo. Cuando vengas a partir de ahora, te desnudas allí y te das 
una ducha ligera. Jaume te indicará donde puedes dejar tus cosas. - Mientras hablaba advertía como iban cayendo a un lado las prendas, una a una. Lentamente su cuerpo quedaba 
a mi vista. Aproximé mis dedos a sus labios, los acaricié con delicadeza,  su rostro, me detuve en cada párpado, recorrí el perfil de la nariz, revolví sus cabellos y me levanté, para colocarme a su espalda. 

- Arriba, quiero verte en pie. - El primer momento de entrega real del sumiso, un examen físico. Mis manos recorrían su piel a su libre albedrío, deteniéndose en cada rincón, en cada lunar que encontraban al paso. Comencé a jugar con su cuerpo, su espalda quedó marcada con surcos rojizos, que mis uñas trazaban y entrelazaban, tiré de sus pezones, rosados y diminutos. Miraba el escaso pelo que cubría su pecho, que algún día depilaría. Y aléis se dejaba hacer, aparentemente sosegado, inclusive cuando uno de mis dedos se abría paso en su boca, atravesando sus labios, explorando, adentrándose casi hasta la garganta. Mi mano comenzó a 
pasar insistentemente entre sus nalgas, el esclavo se arqueó para ofrecerlas mejor. 

- Sepáralas y las dejas bien abiertas para que pueda entrar con facilidad.- No había terminado la frase cuando sujetó firmemente cada lado y dejó bien visible su ano, depilado tal y como yo le 
había indicado. 
 
 
 

Cogí un guante de látex que tenía sobre la mesa, el aceite corporal y me dispuse a seguir con mi exploración. Para aléis iba a ser la primera vez que alguien que no fuese él mismo, le sodomizara. Me puse el guante y dejé que un chorro de aceite resbalara desde la mitad de su espalda hasta su agujerito. Con mi pulgar en la entrada, comencé a presionar, mientras su piel cedía y dejaba paso al cuerpo extraño. Lo hundí del todo, la respiración de aléis se volvió acelerada. Un sobresalto y tensó los músculos. 
- Relájate, niño, o tendré que entrar a la fuerza y será peor. 

Intercambié pulgar por índice, y la misma operación. Noté como obedecía mi orden y me hacía cómodo el camino. Todos los dedos de mi mano iban a entrar en aléis. Primero por separado... 
Pero no tardaría en tener mi puño entero alojado en su culo. Quería que sintiera bien a su Señora, que tuviera conciencia del lugar que le correspondía, tenía que aprender que cada parte de su cuerpo era mía, y que la tomaría siempre que lo deseara y del modo en que yo quisiera. 
Jaume nos observaba, mientras recordaba el día en que era él quien estaba siendo examinado por su Dueña, año y medio atrás. Tenía treinta y tantos, nunca consigo recordar cuántos, pero parecían muchos más. Con la delicada educación de un mayordomo inglés, siempre pendiente de su Señora, disfrutaba enormemente de su servidumbre. Era un reconocido decorador, en sus ratos libres, es decir, de nueve a dos. Sus clientes consentían sus rarezas, o el que saliera corriendo, 
con una siempre amable excusa, tras una llamada de teléfono. Perfeccionista en ambas facetas de su vida, cuidaba extremadamente las formas y seguramente estaba molesto por los pequeños 
fallos de principiante que observaba en aléis. Me divertía pensar la reprimenda que, a solas, le daría, seguida por mil indicaciones y consejos. El timbre nos devolvió a la realidad.  ¿Qué hora era?. Mi tercer sumiso, andréu , estaba en la cocina, preparando el almuerzo. Le dije que abriera, 
mientras me quitaba el guante. La visita se había adelantado. Hoy venía Salvador, un buen amigo mío. No solo conocía mis aficiones, sino que las compartía. Siempre era un placer tenerlo en casa. Lo vi aparecer en el salón; antes del saludo, como era costumbre suya, se acercó a donde estaba con aléis, se inclinó y besó mi mano. 

- Buenos días Dama Claudia, tan hermosa como siempre.

- Buenos días Caballero Salvador, tan zalamero como siempre.

Una sonrisa compartida y un tierno beso en los labios Salvador era una persona fascinante, con alto poder de atracción. Elocuente, hábil compositor de la palabra , sabía siempre que decir y sabía siempre cuando decirlo.
 
- Buenos días aléis - Salvador ya le conocía, de conversaciones telefónicas a tres. Un ligero azote en su culo con la palma de la mano abierta y se dirigió a andréu: 
- ¿No me ofreces nada para beber?. Claudia, tienes al pobre andréu olvidado, y obviamente necesita un poco de atención de su Ama, sin duda está pidiendo un castigo. - Miré severamente al chico, que estaba un poco azorado. 
 
 
 
 

– ¿Lo de siempre, Salvador?- pregunté, sin dejar de observar al sumiso. Entre risas me dijo que sí; no hizo falta más indicaciones, andréu diligente, marchó a la cocina, imaginando que hoy 
probaría el látigo del Amo En alguna ocasión ya había pasado unos días en casa de mi amigo y sé que no le gustaba nada. Así como jaume disfrutaba también si lo cedía al Caballero, andréu lo pasaba mal. Cuando venía de visita, los nervios hacían que se portase penosamente, y el miedo a que al final de la jornada lo hiciera marchar con él, lo turbaba aún más. Salvador conocía esta debilidad de mi sumiso, y le gustaba hacerlo rabiar.

- Cuando vengas, tráeme tu correa, niño. Ya se encargarán de terminar la comida por ti, ¿verdad jaume?

Jaume se acercó a Salvador, se arrodilló a sus pies y besó el suelo entre sus zapatos.
- Buenos días Señor. Para mí será un placer terminar en la cocina y servir el almuerzo, si mi Dueña no tiene ninguna objeción. ¿El Señor desea alguna otra cosa de mi? 

- Está bien así jaume, ve y no te entretengas, que estoy hambriento. - Jaume buscó un gesto mío de aprobación y se marchó a la cocina.
- Salvador, ¿cómo es que vienes solo?. Los niños tenían ganas de jugar con eria - Una sonrisa pícara se dibuja en mi rostro, y se encuentra con la encantadora mirada de mi aliado en estos acres juegos sadianos. 
- No he venido solo, está buscando aparcamiento. Solo a ti se te podía ocurrir vivir en pleno centro de la ciudad. Hasta la zona azul está imposible. 
- Solo a ti se te podía ocurrir venir en coche, un taxi te sale más barato que tantas 
horas en un aparcamiento privado. 
- Sabes que no me gustan los taxis- Le miro... siempre tan cabezota. 
– No insisto, la próxima vez andréu os recogerá, ¿no, niño? - Recalco, mirando al interesado. 
- Ofrécele la bebida al Caballero y ponte a su disposición para lo que él desee - Acababa de 
volver con la bebida en una mano y su correa en la otra. Baja la mirada, asintiendo con la cabeza. Se arrodilla ante el temido Señor, que le esperaba recostado en el sillón. Salvador ajusta las argollas y se queda con el extremo de la correa en su mano, para guiar los movimientos del sumiso a su antojo.
- Descálzame, niño. Quiero que me refresques los pies y gozar de un buen masaje, esclavo. Espero de ti plena dedicación a ello, esmérate en hacerlo bien, porque ya cometiste un 
fallo y seguro que no te gustaría engrosar la lista.
Repentinamente recuerdo a aléis, inmóvil, expectante. Presiono sobre su cabeza y hago que se apoye sobre la mesa del comedor, muy cerca del sillón donde mi amigo recibía las cálidas y húmedas caricias de la lengua del esclavo. Cojo de nuevo el guante de latex y el aceite.
- Mi querido Salvador, espero que no tengas inconveniente en que termine lo que dejé a medio 
hacer cuando llamaste. Será la primera vez que tenga el puño de su Dueña dentro, y seguro que está impaciente el pobre. Y tú, aléis, vuelve a separar tus nalgas. 
- Sabes que me para mi es un placer estar presente en tan memorable acontecimiento - mientras hablaba no dejaba de sonreír. 
 

Esta vez empapé el guante con aceite y coloque mis dedos índice y corazón justo a la entrada, presionando suave, pero firme. Cuando estuvieron dentro, los moví, en círculos, girándolos sobre si mismos, palpando el interior de mi sumiso, abriéndole por momentos. Los sacaba y volvía a 
introducir, más rápido... un tercer dedo, el corazón, se hizo un hueco dentro, acompañado de un gemido de aléis. Su ano estaba más y más dilatado por momentos. El cuarto dedo entró sin dificultad, cada embestida los metía más adentro, hasta que enseguida entraron los nudillos. Dolía, lo sé. Un poco de dolor le vendrá bien para sentir más a su Señora. Lo más duro había pasado. Introduje el pulgar y mi muñeca quedó rodeada por sus músculos, que presionaban 
mi puño en su interior aléis comenzó a gemir, mientras yo abría mi mano dentro de él y palpaba su interior. Tocaba con mis dedos sus paredes y presionaba en un lado u otro a mi antojo. El sumiso, completamente humillado y expuesto en la sala, inclinó su cabeza y curvó aún más la espalda, terminando de asumir el lugar que le correspondía y tratando de agradar a su Dueña. 
Saqué lentamente mi mano, para volver a introducirla una y otra vez, ya sin tanta resistencia. –
- Tienes un bonito culo, niño. Lo dejaré abierto todo el día. - Salí con fuerza de su ano, escuchando el quejido de aléis al sentir el dolor de ser tratado sin miramientos. 
- Debes aprender a ahogar esas quejas, esclavo- mientras, la palma de mi mano restallaba en su trasero. 

- Sí, Señora. Discúlpeme, intentaré que no vuelva a suceder. Gracias 
Saqué un plug especial del cajón de la mesilla del teléfono. Medía tan solo 15 cm., pero era más que suficiente para el uso que yo quería darle, tampoco era demasiado ancho. Solía utilizarlo cuando quería que un sumiso fuera a trabajar sodomizado, ya que terminaba en un disco que hacía imposible que, al sentarse el esclavo, se introdujera por completo. De dicho disco salían dos correas, una que se ajustaba a la cintura y otra que baja entre las piernas, rodea la verga 
y se acopla a la primera. El timbre de nuevo. jaume sale de la cocina y va a abrir la 
puerta. Se trataba de la sumisa de Salvador, por fin había conseguido aparcar. Casi me había olvidado de ella. Antes de pasar al salón, se desnudó en el cuarto que yo tenía especialmente 
para eso. Ella sabía las normas que había en la casa, y ningún sumiso pasaba más allá del recibidor con ropa. 

- Buenos días Señora - dijo nada más entrar a la habitación donde estábamos. Se acercó a mí, se postró y besó suavemente mis zapatos. A gatas se volvió para su Amo, que estaba a pocos 
pasos, con andréu a sus pies.

- Mi Señor... 

- Hola niña. Has tardado mucho. 

- Lo lamento Señor, he aparcado bastante lejos, no encontraba sitio. Si usted lo desea, antes de 
irnos busco el coche y le aviso cuando esté en la puerta.
 
 
 

 
- Acércate más, que pueda tocarte. - Eria se colocó a la derecha del sillón dónde estaba su Dueño, aún a gatas. Salvador se dedicó a acariciar su espalda y sus nalgas, haciendo 
una incursión esporádica hasta su sexo, para volver a subir de nuevo. Eria tenía facciones dulces, pelirroja con pecas, una eterna niña a pesar de que ya andaba en la treintena. Su cabello, 
con preciosos rizos naturales, le caía pesadamente en la espalda. Tenía además un cuerpo precioso, orgullo de su Dueño, que nunca le hacía marcas permanentes. Había estudiado Bellas Artes y casualmente allí había conocido a andréu, sin que ninguno supiera que tenían más aficiones en común que la pintura. El día que se vieron por primera vez en mi casa se quedaron extrañados y algo cortados. Pero les duró poco, enseguida trazaron unos fuertes lazos de 
complicidad. Creo que si la sumisa viviera con Salvador, a andréu no le costaría tanto pasar algunas temporadas con el Caballero. Claro que no le hago ir para que se divierta... andréu acababa de cumplir treinta y dos, modelista de profesión y escultor de vocación. Extremadamente atractivo, siempre había tenido éxito con las mujeres. Con ese aire de chico 
duro del cine de los sesenta, y con una mirada profunda y embaucadora. Le costó años superar el miedo y la vergüenza de ser sumiso. Recuerdo que en los comienzos de nuestra relación, las muestras de rebeldía se daban con demasiada frecuencia. Llegué a castigarlo con cinco horas de suspensión diaria durante semanas, azotes, fuertes humillaciones en público... Y no mejoraba. Me cansaba y estaba a punto de dejarlo, a mi pesar, ya que yo sabía que podía llegar a ser un magnifico sumiso. Un día, harta de niñerías y muy enfadada le dije que se fuera y no volviese nunca más, no merecía la pena tanto esfuerzo si él no iba a ser capaz de dejara a un lado sus prejuicios y entregarse completamente. 
Llorando me suplicó una oportunidad, dijo que sería el más obediente de los esclavos, que haría 
cualquier cosa. Recordé sus dos grandes límites: las marcas permanentes y los hombres (tanto dominantes como sumisos). Lo veía sincero, sabía que después de probar la esclavitud, se le haría insoportable volver a su vida anterior. 

-Solo una oportunidad más. Y solo si superas tus límites para mí - Se arrastró hasta mis pies, humillándose como nunca lo había visto, asustado de perderme y asustado por lo que iba a decir. 

- Mi Dueña y Señora, le suplico perdone a este estúpido que tiene ante sí. No sé ni tan siquiera como me atreví a ponerle límites. Haga de mí lo que le apetezca.
- Bajó la cabeza y permaneció allí arrodillado. Yo me fui a hacer una llamada y a leer un rato, hasta que, un par de horas después, le dije que preparara una bolsa con tres o cuatro cosas necesarias: su collar, correa, productos de aseo personal y una muda.
 
– Te irás con Salvador el fin de semana. Debes tratarlo con máximo respeto y obedecerle en todo, porque estos dos días él será tu Amo. Si me da una sola queja, no vuelves a verme.
 
El lunes siguiente hice que le tatuaran una C donde la espalda termina... la cual luce con orgullo.
 
Separé las piernas de aléis, coloqué aquel falo de látex en su entrada, ya muy abierta. No fue necesario ningún tipo de lubricación extra.
 
- Coge el plug, niño. Quiero que lo metas tu mismo - Agarró el consolador con su mano, y sin más miramientos lo hundió hasta el fondo, hasta que el disco quedó pegado a su agujero.

 
Salvador se dirigió a su sumisa. -Átale las correas, esclava- eria se acercó a aléis, sujetando con fuerza las correas, para que el plug quedase dentro y no se moviera al caminar. La erección del sumiso era espectacular. Eran años deseando vivir una situación así. Además llevaba un mes sin sexo, y por supuesto, sin orgasmos. El desconocía que hoy tampoco se lo iba a permitir. 
Contemplé un rato la escena. El nuevo esclavo parecía extasiado, completamente entregado, hubiese hecho cualquier cosa que yo le pidiera, seguro que ansiaba recibir una orden 
de su Ama, que deseaba estar humillado a mis pies, lamiéndolos, o sirviéndome de escabel. Me preguntaba que estaría pensando. El ritual de iniciación no había terminado, soy de la opinión 
que un esclavo debe comenzar conociendo bien el poder que su Dueña tendrá sobre su cuerpo y sobre sus sensaciones, y sobre todo, sobre su voluntad.
 
- Salvador, te voy a robar un ratito a andréu, tiene que traerme algún juguete - y dirigiéndome al sumiso le indiqué las correas que quería, la barra separadora para las piernas y el látigo. Aléis nunca había sido azotado, pude ver el temor en sus ojos cuando nombré el látigo. Deseado y temido. 

- La primera vez que flagelo a un sumiso tengo la consideración de preguntarle cuantos golpes cree que aguantará - comenté sonriendo. -Así que dime, aléis:¿Cuántos?

- Usted sabe que es la primera vez para mí, diré la cifra que me parece adecuada, pero temo no llegar a aguantarlo y suplicar a la misericordia de mi Señora.
 - ¿Cuántos, aléis. Daré el número que digas, sea el que sea, aunque espero que alcances 
complacerme con tu respuesta. Si te pones tonto, te amordazaré, descuida.

 - Gracias mi Dueña. Creo que treinta y cinco es un número razonable. Si estoy en un error, seguro que mi Ama sabrá sacarme de él. 

- ¡andréu, fija sus muñecas a las argollas de la pared, colocado de espaldas, y la barra 
separadora bien sujeta a los tobillos. No quiero que se muevan las ataduras lo más mínimo, o el siguiente en probar el látigo serás tú! aléis, vas a quedar semi - suspendido cuando abras las piernas para la barra separadora. Debes aguantar para mí. Serán 35 latigazos.

Quedó bien sujeto a la pared por dos fuertes correas de cuero, tal y como dije, cuando abrió las piernas para dejar paso a la barra, solo podía sostenerse con la punta de los dedos, en una posición antinatural. Dejé a andréu a un lado, haciendo sitio para azotarle con 
más comodidad donde yo quisiera. El primer azote cruzó su espalda, con el látigo, hiriente 
apéndice de la temida y adorada Ama. Dejé que pasaran unos segundos, para que se recuperara un poco de su primer golpe. Había pegado la frente a la pared y se mordía los labios, mientras yo paseaba alrededor de él, observando. Ni una queja. Segundo latigazo, precedido por el silbido que hace al cortar el aire y fundido, al fin, con la caricia lacerarte en la piel. El lapso del descanso había pasado, era tiempo de sentir el dolor de la entrega. El esclavo recibió veinte azotes, ahogando, como había prometido, cualquier queja. Se le veía vencido, subyugado. Aguantando su instinto de súplica. Eran suficientes, se había portado bien, no necesitaba 
llegar a treinta y cinco. Al desatarlo agradeció tan encarecidamente como pudo, la mengua del castigo, prometiendo plena entrega y obediencia a su idolatrada Señora. 

- La comida está lista para servir, mi Señora - jaume había entrado en la sala sin que yo me percatase de su presencia. Cabeza inclinada, vista clavada en el suelo, esperando órdenes. Mi querido jaume siempre tan sugestivo, ni siquiera trató de mirar a aléis. Inmóvil, se deleitaba en cada instante de cada encuentro tal que éste. 

- aléis, observa a jaume, te viene bien aprender de un esclavo como él. Y tu jaume, al suelo. 
Ya sabes lo que quiero que hagas. 

Jaume, con perfecta disciplina, se arrodilla ante su Dueña. La espalda recta en todo momento, 
el cuello ligeramente flexionado hacia delante, jamás osa levantar la mirada, tras un segundo se posa sobre sus talones y arquea su espalda hasta que la frente se queda a escasos dos centímetros de mis pies. Las manos completamente apoyadas en el suelo, con los dedos separados, por si me 
apeteciera jugar con mis tacones entre ellos. Espera a que yo de el siguiente paso, anhela mi pie sobre su cabeza, una muestra más aguda de mi poder, pero aguarda, jamás lo pedirá. Prefiere morir de deseo que importunar a su Dama. Coloco mi pie, que hoy está vestido con unas botas negras de medio tacón, justo delante de su boca... empujo un poco más, obligándole abrir sus labios y metiendo la punta bien adentro. Saborea con avidez, lame el regalo que acaban de hacerle. Su lengua lo recorre suavemente arriba y abajo, cada rincón. Limpia con su saliva la piel del zapato, adorándolo, como parte de su Ama. Las manos atrás, ya que no tiene permiso para tocarlo más que con su boca. Sonrío, este niño se llevaría el día así... - eria y andréu servirán hoy la comida ¿Te parece, Salvador?. A jaume lo tendré pegado a mis tacones un buen rato.
 - Pobre jaume, jajá, jajá, seguro que le ha decepcionado no poder servir el almuerzo, ¿verdad, niño?

Por toda contestación, jaume inclina su cabeza ante el Caballero. Estas preguntas trampa lo azoran mucho. 

- Jaume, quiero que me sigas a donde yo vaya, con tu cabeza siempre rozando mis zapatos. Y en las ocasiones que me pare, te dedicas a acariciarlos con tu lengua. 
- Gracias mi Señora, maravilloso regalo el que hoy me hace.

 - Y vosotros dos a la cocina, y sin entreteneros, que ya es tarde - eria y andréu se marcharon rápidamente para poner la mesa y servir la comida. aléis observaba como el esclavo no se separaba de mis pies ni un milímetro, y como se arrastraba por el suelo devotamente detrás mío, como un perro fiel. Comparado con sus torpes movimientos, jaume casi parecía flotar. Se debió sentir avergonzado, pues bajó un momento la mirada y se ruborizó. El almuerzo estaba listo. Salvador y yo nos sentamos a la mesa, mientras eria y andréu permanecían en pie, atentos 
a lo que deseáramos. jaume, al que até a una de las patas con su correa, seguía lamiendo deliciosamente mis pies y aléis, aun sodomizado, observaba todo desde un rincón.
 

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