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Después de decidir que podía ser un candidato más que interesante, le contó las “buenas” noticias a su esclavo Bobo. Estaba delante de su esclavo, a la vuelta de su trabajo, de rodillas como siempre, mientras le hacía sabedor de las buenas nuevas. - Bobo, -este es su nombre de esclavo, el que lleva grabado en su placa al cuello- no es que esté descontenta de ti, aunque creo que puedes rendir un poco más, pero voy a tomar otro esclavo. ¡Ya estaba¡ ¡Ya se había estropeado todo¡. Pensó Bobo. Sin embargo, a su pesar, la noticia le había provocado una erección. Estaba claro que ser tratado mal estaba en la naturaleza exacta de todo masoquista. Esperó que le dijera más cosas. - Como sabes, tengo muchas ofertas, pero la semana pasada me ofrecieron un esclavo muy, muy interesante. Se atrevió a mirar a su Ama mientras le hablaba (se le tenía totalmente prohibido mirarla). Extraordinaria, como siempre. Alta, con un cuerpo maravilloso, con las piernas enfundadas en medias negras, no había nada más que deseara en ese momento que lanzarse a sus pies. Pero no podía hacerlo, jamás se lo hubiera ocurrido hacerlo sin el permiso de su Ama. - Así pues –continuó- tendremos que organizar la existencia en la casa. Solamente tengo lugar para un esclavo personal. El otro deberá trabajar bajo las órdenes del principal. ¡Y no me verá! Mientras le estaba diciendo estas palabras
la erección que había tenido le desapareció como por
ensalmo. La sonrisa de su Ama mientras se daba cuenta de su estado de ánimo
no le ayudó nada, ya que él había disfrutado hasta
ahora de un estatus inmejorable. A cambio de trabajar sin sueldo, de depender
totalmente, hasta en lo más mínimo, de los deseos de su Ama,
había gozado de su interés, y cada día había
disfrutado de su presencia. O de su fusta, o del sabor de sus pies -¡mejor
dicho, de las suelas de sus zapatos!- o las extraordinarias ocasiones en
las que la acompañaba a algún sitio, como su porteador, su
chófer o sencillamente su conversador, extrayendo lo mejor de su
caletre para divertirla. Y ahora parecía que esto iba a cambiar
del todo.
- Por lo tanto, prosiguió, descruzando las piernas con un fru-fru de nylon que le estremeció hasta la médula, vosotros dos deberéis competir para ver quien ocupa la plaza de esclavo principal mío. Y el que pierda estará seis meses trabajando, y trabajando duro, en la nueva empresa de traducciones que he montado a las órdenes del vencedor, que tendrá la consideración de Amo. ¿No es divertido, eh, Bobo? En cuestión de segundos pasaron
por su mente aquellos tres maravillosos años que él había
pasado con su Ama y ahora, de repente, todo cambiaría, fuese cual
fuese el final.
- Sí, mi Ama, será muy divertido poder competir por Usted, por poder estar cerca de usted - le dijo mirando su mano que sostenía un cigarrillo encendido. Y lo decía sinceramente. Quince días más tarde, no pensaba igual. En la sala principal de su casa había unas veinte personas. Todos ellos conocidos para ella y para Bobo (de algunas de ellas tenía un gran recuerdo, aunque no muy agradable) aunque pudo ver a varios que no reconocía. El nuevo esclavo y él estaban desnudos – el nuevo era mucho más joven que él, más musculoso aunque su pene era bastante más estrecho y corto. Aunque realmente no lo necesitaba. Su Ama anunció a los presentes que
se trataba de un tema de selección de personal. Que había
un puesto de trabajo, y dos candidatos, y que iban a presenciar el –doloroso,
dijo- proceso de selección.
- Y, como muestra de su devoción hacia mí -¡que orgullo mostraban sus palabras!- ninguno será atado o encadenado en ningún momento. Soportarán las pruebas con toda su voluntad, y solamente para ganarse el lugar cerca de su ama. ¿Estáis preparados, Bobo, Tonto? ¿Tonto? Vaya un nombre para un esclavo.
Pero le había visto las marcas en las nalgas y los pezones, y me
había dado cuenta que algún interés debía tener
para su Ama, si había gastado tantas energía de su brazo
en ponerle el culo morado. ¡A él hacía mucho tiempo
que se conformaba con bastante menos¡
- Habrá tres pruebas y el vencedor
de al menos dos se llevará el puesto de trabajo. La primera viene
ahora mismo. Se trata de la lucha de gallos, muy famosa entre las pobres
gallinas.
- Tendrán que luchar uno contra otro con las pollas extensibles. Me temo que el duelo será hasta la “primera sangre”, por lo que uno quedará derrotado cuando el otro le hiera por encima de los muslos, ¿de acuerdo? ¡Ah! Y con las manos a la espalda, ya sabéis que no quiero ataros para ver vuestra capacidad de sumisión. Por encima de los muslos implicaba que había que poner el pene erecto, cosa bastante complicada en esa situación. Por el estado de la polla de su competidor, se daba cuenta que a él le pasaba lo mismo. Pero él tenía un truco. Sabía que si era capaz de evocar aquel día del mes pasado, la varilla apuntaría al techo de la habitación. Mientras rememoraba la sensación de estar como su perrito, un día entero, con sus amigas –que traían perros y perras de veras- por el campo, ladrando, y corriendo a cuatro patas, con la cola metida en su culo, orinando levantando las patas, oliendo los otros perros, los dos se atacaban dando vueltas. Pero si bien Tonto solamente podía herirle las rodillas (¡no tenía su capacidad de recuerdo!) él le amenazaba casi los hombros. Al cabo de cinco minutos de ballet, Tonto tenía dos marcas en el vientre, una de las cuales sangraba bastante. Cuando le apuntaba, con un buen salto, a la propia polla, su Ama –con una palmada- declaró acabado el combate y cogiéndole una mano, le declaró vencedor. ¡Una de una¡ ¡Buen augurio¡ Pensó Bobo. Las esclavas les empezaron a desatar las varillas, mientras su Ama explicaba la siguiente prueba. - Ahora veremos la capacidad de resistencia de nuestros competidores. Recibirán un enema cada uno de tres litros de agua jabonosa caliente, aderezada con un poco de alcohol, para que los intestinos se les quejen un poco, y no se les taponará el culo. El primero en soltar su carga, pierde, ¿sencillo, no? Muy sencillo, pensó, mientras las
esclavas les llevaban a unos bancos en un costado de la sala. A su lado,
colgando de sendos soportes de bolsas intravenosas de hospital, estaban
dos enormes bolsas repletas de líquido. Se inclinaron -¡sin
atar nada, una sensación horriblemente extraña!- y les introdujeron
con cuidado las cánulas en los dos anos. A una señal del
Ama, abrieron las llaves y el líquido, irritante y bastante caliente,
empezó a llenarles.
Cuando se vaciaron los dos depósitos,
él apenas podía moverse, y sentía lo que deben sentir
las embarazadas en sus últimas semanas. Y cuando, a la orden del
Ama, retiraron las cánulas de los culos, la presión para
salir fue sencillamente terrible. Las dos esclavas les arrastraron al centro
de la sala, y les pusieron de pie, las manos tras la nuca, sobre dos cubos
enormes. Y empezó la cuenta.
Y ver que delante de nosotros los invitados se lo pasaban de maravilla, ¡incluso dos estaban follando tranquilamente! El tiempo pasaba, y su Ama les estimulaba
pasando por detrás de ellos, apretando los pezones con sus dedos
de uñas largas, haciendo más difícil aún mantener
la concentración y el culo cerrado. Realmente estaba gozando de
la competición.
Cinco minutos más tarde, después
de haber pasado por el baño, a limpiarles, volvieron al escenario.
Había un poco más de compostura entre los invitados, y su
Ama estaba departiendo con otra colega suya, especialista en el entrenamiento
de criadas: ¡seguro que se intercambiaban información muy
interesante!
¡Ya había perdido su ventaja! Estaba ocupada por dos sillas metálicas. Ahora sí que estaba realmente asustado. No se podía imaginar qué nueva prueba le reservaba su Ama. Pero pronto lo sabría. Su Ama empezó a describir la última prueba: - Ahora Bobo y Tonto, que está empatados
a una prueba, se lo van a jugar todo. Se sentarán en esas maravillosas
sillas, uno enfrente del otro, y sujetarán los dos extremos de una
cuerda con los dientes. Encenderemos los calentadores eléctricos
que están bajo los asientos, y ¡el que suelte la cuerda, porque
tiene el capricho de gritar, por ejemplo, habrá perdido la competición
y se pasará seis meses como el esclavo de más baja categoría
nunca existente!
Se dirigieron a las sillas. Los asientos
estaban cubiertos de púas de dos centímetros y del centro
sobresalía un falo metálico de unos veinte centímetros.
Con las manos se separaron las nalgas y poco a poco se fueron introduciendo
la estaca en el culo, a la vez que trataban de mantener el equilibrio.
El daño que hacía el consolador metálico en el dolorido culo después del show del enema era realmente terrible. Y cuando su peso se descansó del todo en el asiento las púas se clavaron de veras en la carne. Pero pudo ver como la cara de su competidor estaba tan blanca como la suya debía estar. Era un alivio, pero muy pequeño comparado con lo que les esperaba. Estaba sudando por todos los poros de su piel. Su Ama se les acercó, con una cuerda
entre las manos, y les acarició la cara a los dos.
Les presentó, uno tras otro, los dos extremos de la cuerda para que los mordieran. Así lo hizo, lo más fuerte que podía. Pero las contracciones del culo alrededor del falo de metal no le dejaban pensar en muchas cosas. - ¿Estáis preparados? Apenas asentimos, y las dos esclavas, a nuestras espaldas, encendieron los interruptores de los calentadores bajo sus cómodos asientos. ¡Y no estaban atados a los asientos, sino que les habían empalado por su propia voluntad! Los invitados se removían y resoplaban
mientras el calor iba llenando las púas y los falos, hasta dentro
del ano. Los dos empezaron a removerse, cerrando las bocas fuertemente,
sin dejar escapar casi ningún sonido, apenas un murmullo creciente
en volumen a medida que el calor iba subiendo más y más,
y que el dolor dentro del culo era mayor, y que las púas se iban
clavando en las nalgas, y que ya parecía que no iba a poderlo soportar
ni un segundo más...
Él estaba encadenado, preparando
la cena. Delante de él, colgado en la pared, bajo una foto del trasero
de su Ama -¡la única a la que tenía derecho!- tenía
el menú que deseaba su Ama. Llevaba, como siempre salvo cuando usaba
la boca chupando algo o los pocos ratos que bebía o comía,
un arnés en la cabeza, con una mordaza de bola muy, muy estrecha.
Su dieta era muy distinta de la de su Ama.
Además, como cada día, había pasado ocho horas en su jaula trabajando con el ordenador, y estaba realmente cansado. Pero la salsa no acababa de salir bien, y el vino no estaba todo lo frío que debía. Notó pisadas a su espalda, pero no se giró. Las manos de Tonto, ese cerdo que le había quitado su lugar a los pies de su Ama, le palmearon las nalgas. - ¡Qué bien huele, Bobo! Hoy seguramente no te ganarás el cepo de nuevo, por lo que parece! Pensó frenéticamente en que otras cosas podían estar mal en la cocina. - Hoy mi Ama me ha dejado que le llevara la compra y he podido besar sus pies antes de que subiera al coche, para limpiárselos, ¡qué te parece, animal! Él ya sabía lo que venía. - Aquí tienes la botella con la orina del Ama para tu cena, y ahora ¡gírate! Se dio la vuelta, arrastrando las cadenas de los tobillos y el cuello. Su pequeña y puntiaguda polla sobresalía de sus pantalones. Se arrodilló y él le sujetó por la cadena del cuello, mientras con sus manos quitaba el candado del arnés y de la mordaza. Lo dejó caer al suelo y le sujetó la cabeza. No tenía que preocuparse por su polla, ya que los seis meses los iba a pasar dentro de un cinturón de castidad: ¡ya se había olvidado de cómo era! Empezó a lamer y chupar, tal como hacía cada noche. Cuando se la hubo puesto dura como una piedra, se giró y se inclinó sobre la mesa de cocina. Le agarró por detrás, pasando sus manos sobre las medias y los elásticos que las sujetaban al corsé (¡rojo y verde, esta semana!) y se metió la polla por el culo. Movió el trasero como sabía que le gustaba y al cabo de poco soltó su carga en el ano. Por suerte duraba muy poco. En este caso, el trabajo de puta era poco cansado. - Sigue trabajando, perro, que tengo que llevarle la cena a mi Ama. Él estaba ocupado, como era su deber,
en limpiarle la polla con la boca, pero pensó que cuatro meses pasarían
muy rápidos: ¡ya vería la próxima competición!
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