SOBRE LA NECESIDAD DE DISCIPLINAR AL
ESCLAVO
No voy a contar cómo comencé
a practicar la dominación (quizá lo haga en una próxima
ocasión). Aunque si quiero decir un par de cosas para que os situéis:
tengo cuarenta y cinco años, soy una profesional de cierto éxito
(o sea, que mis ingresos son bastante buenos), y tengo una relación
estable desde hace seis años. Mi pareja tiene 36 años y está
buenísimo, es mi esclavo desde el comienzo de la relación,
y hace tres años dejó su trabajo y desde entonces dedica
todo su tiempo a atender mis necesidades y las de la casa. Cosa que le
produce intranquilidad a veces, porque piensa que se está desprofesionalizando.
Pero no le queda más remedio que aceptar el riesgo, porque así
se lo he impuesto yo. Es un gusto llegar a casa y encontrársela
perfectamente limpia y ordenada, y la cena apunto para servirla en la mesa
mientras yo me cambio y me relajo. A veces pienso en lo que se pierden
las mujeres por no conocer o asumir la dominación femenina.
Dicho esto, quiero escribir sobre un artículo
que he leído recientemente en una página WEB especializada.
El artículo se titula “Disciplina a tu hombre” y su autora
es una tal Mrs. Wife. Y empiezo con uno de sus párrafos: “Muchas
mujeres se sienten incapaces de llevar tan lejos su nuevo papel. Después
de todo, ahora él es muy capaz de funcionar sin disciplina, así
que por qué necesito disciplinarle. Lo necesitas porque si no lo
haces se volverá cada vez menos sumiso y menos atento a tus necesidades.
En no mucho tiempo, su vieja personalidad retornará y vuestra relación
se resentirá”.
Creo que es absolutamente cierto. Pero
mi problema es que no disfruto atizándole en el trasero. Al poco
de comenzar nuestra relación, y después de leer algunas cosas
en esta misma dirección, sobre la necesidad de castigar periódicamente
a los sumisos, y después de que mi compañero me dijera que
estaba de acuerdo en que necesitaba un cierto “recordatorio” de vez en
cuando, me puse manos a la obra. Durante alrededor de un trimestre estuve
azotando su culo con un cepillo del pelo de madera grande, que compré
para ese cometido. Pero como no me complacía mucho, dejé
de hacerlo alguna semana, y finalmente dejé de hacerlo del todo.
No sé, no disfruto pegándole, y la imagen no me hace sentirme
como una reina. Entiendo por lo que leo que a muchas mujeres no les pasa
lo que a mí, pero estoy segura de que a otras sí, y quizá
por eso tenga interés lo quiero contar.
El caso es que Mistress Wife tiene razón.
Yo me di cuenta de que mientras le castigaba físicamente todas las
semanas, mi hombre estaba mucho más atento y funcionaba mejor. Al
dejar de hacerlo su comportamiento perdía intensidad a la hora de
atenderme y mimarme, estaba algo menos pendiente de mí. Aunque también
es cierto lo que dice: “La primera cosa que debes recordar es disciplinarle
con tus palabras”. Porque también me di cuenta de que cuando me
enfadaba por sus errores o por el descenso de su dedicación, y le
regañaba con rotundidad, su comportamiento mejoraba. Y esto me hizo
aprender a incrementar mi nivel de exigencia y a demostrárselo siempre
con mucha autoridad. Aprovechaba cualquier fallo, o incluso aunque no hubiera
fallo, para recordarle a menudo quién mandaba en casa y cuál
era su obligación. Y desde luego que funciona.
Sin embargo, los recuerdos de su estupendo
comportamiento aquellos meses en que le calentaba bien el culo, y que él
siempre me ha dicho que le venía bien para estar más concentrado
en servirme, más alguna lectura de Internet, hicieron que pensara
en el asunto de la disciplina física de vez en cuando. En realidad,
por mi cabeza rondaba nebulosamente la idea que Mistress Wife defiende
en su escrito: “No hay discusión, la única forma de larga
duración para disciplinar a un hombre es azotar su culo desnudo
con una pala o un látigo”.
No exactamente así, no pensaba
que fuera imprescindible el castigo físico, pero sí que vendría
bien.
Le di vueltas durante algún tiempo,
porque seguía sin ilusionarme el tener que forzarme a hacer algo
que no me resultaba muy apetecible. Y hace unos dos años di con
la solución. Para contárosla es para lo que escribo esto.
Se me ocurrió después de leer un texto en el que una mujer
hacía que su hermana castigara a su sumiso.
A mí no se me hubiera ocurrido,
ni por un momento, decírselo a ninguna de mis dos hermanas, que
no saben nada de cómo vivimos mi compañero y yo. Pero tengo
dos amigas íntimas, que nos vemos con frecuencia desde que nos conocimos
en la universidad (en los últimos años, solemos quedar los
sábados para tomar un aperitivo y comer juntas). Una está
casada y la otra divorciada, y las dos conocían, aunque sin todos
los detalles, cómo era nuestra relación. Así que fui
entrando un poco más en esos detalles, y a las dos pareció
resultarles interesante el modo en que mi pareja vivía para complacer
mis deseos. En algún momento noté una pequeña sensación
de envidia.
El caso es que, un tiempo después,
me decidí a hablar con mi amiga divorciada (a la que llamaré
Gloria, un pseudónimo, como el que he utilizado para firmar este
escrito). Ella es una mujer profesionalmente atareada, dispone de poco
tiempo, vive sola y tenía una asistenta que iba una vez en semana
a limpiar su casa. Así que le comenté la posibilidad de que
mi sumiso (le llamaré Carlos) pudiera colaborar en las tareas domésticas
y sustituir a su asistenta... a cambio de que ella le proporcionara la
sesión semanal de disciplina física (esto es un resumen,
la cosa fue más enrevesada).
Al principio, me miró como si estuviera
loca. Me dijo que no se imaginaba hostiando a Carlos, a quién conoce
perfectamente. Además, me comentó que le costaría
despedir a su asistenta, que lleva ya varios años yendo a su casa.
Lo dejé... un tiempo. Al cabo de un mes, más o menos, la
invité un día a cenar a casa. Nunca lo había hecho
con nadie, pero esta vez ordene a Carlos que preparara una buena cena y
nos la sirviera. La sorprendió que Carlos no se sentara con nosotras,
y que se dedicara a servirnos y a escanciarnos el vino. La cena fue soberbia.
Le dije que para eso estaba Carlos, para servirme, y que lo que yo había
querido es tener una cena de primera con mi amiga.
Después de terminar la cena, le
pregunté a Gloria si le apetecía una copa. Me dijo que sí.
Le dije a Carlos que nos las sirviera y nos sentamos en el sofá.
A media copa, le pregunté a Gloria si no le apetecía descalzarse
y que Carlos le diera un masaje en los pies para relajarla. No se asombró
mucho (quizá porque ya le había visto sirviéndonos
durante toda la cena y por lo que ya sabía), y dijo que le parecía
estupendo. Carlos se puso a ello y lo hizo tan bien como él sabe
hacerlo (no he hablado de la vergüenza que estuvo pasando, porque
fue la primera vez que quedó clara su situación para alguien
fuera de la pareja; pero esa es otra cuestión).
Con la segunda copa, le recordé,
sin darle demasiada importancia, la propuesta que le había hecho
un mes atrás. Y para mí sorpresa, me dijo, sin rodeos, que
lo había pensado alguna vez y que después de una cena así
pensaba que asistenta no necesitaba, pero que, la verdad, si Carlos cocinaba
tan estupendamente... Yo le dije que sí, que lo hacía, porque
fue una de las primeras cosas que le obligué a aprender. En nuestro
segundo año de relación, había asistido a un curso
de cocina, y desde entonces no había hecho más que mejorar.
Aprovechando la oportunidad, le dije que
podríamos retomar aquel asunto, pensando en otros términos:
Carlos podría ir un día a la semana a su casa y cocinar varias
raciones de un buen plato, luego envasarlo y congelarlo en raciones individuales
y, así, ella podría recurrir a esa comida cuando estuviera
en casa. Con el paso de las semanas, tendría una buena variedad
de platos congelados de primera calidad.
La cosa se alargó un poco. Pero
por abreviar: llegamos a un acuerdo que funciona a las mil maravillas desde
hace dos años. Cada sábado a media mañana, Carlos
sale de casa, va al mercado a hacer la compra para cocinar el plato de
Gloria. Cuando llega a su casa, Gloria me llama por teléfono para
preguntarme por su comportamiento durante la semana, yo le digo si ha sido
bueno, regular o malo. A continuación le azota con una fusta, que
tuvo que comprar Carlos para ella, con una intensidad que variará
en función de su comportamiento durante la semana, al que se añade
la calificación que le haya merecido el plato que le cocinó
la semana anterior.
Después de la zurra, Carlos tiene
que darle las gracias de rodillas por ayudarle a comportarse como debe,
y ella sale de casa a encontrarse con nosotras para el aperitivo y la comida.
Carlos se dedica a cocinar, cuando termina prepara las tarteras individuales,
las mete en el congelador, se come una ración, deja (faltaría
más) la cocina como una patena y se va a casa. Allí tiene
orden de esperar desnudo y sentado con el culo escocido en un felpudo rugoso
que está tras la puerta de entrada a que yo llegue. Cuando aparezco,
después de nuestra comida, suelo mirarle los moratones del culo,
apretujárselos un poco e irme a dormir la siesta. En la mayoría
de las ocasiones, Carlos tendrá que chuparme bien chupada hasta
que llegue, antes de dormirme encantada entre el orgasmo y la modorra de
la comida y la bebida.
Creo que sería interesante extenderse
un poco en cómo ha afectado este asunto a Carlos y a Alicia. Pero
ya me extendido más de lo que pensaba. Por lo que resumiré
para terminar: todo funciona de maravilla. Alicia tiene un congelador lleno
de estupendas raciones de comida (además, de tener ya un interés
claro por la dominación femenina). Carlos recibe su disciplina semanal,
de una manera aún más humillante y por lo tanto más
efectiva, porque se la proporciona una “extraña” por delegación
de su Ama, y su comportamiento es de primera (entre otras cosas por el
miedo a que la ración de fusta pueda ser, como lo ha sido en alguna
ocasión, difícil de soportar si su comportamiento es calificado
de malo). Y yo estoy feliz: mi sumiso es disciplinado y atento como corresponde,
y yo no tengo que hacer algo que no me apetecía hacer.
En resumen, se trata de una manera (y
creo que ingeniosa) de resolver el problema que planteaba Mistress Wife
(que todo sumiso debe ser disciplinado físicamente) sin obligarse
a hacer nada que una no quiera hacer. Para mí (y para Carlos y para
Alicia) funciona. Espero que este arreglo pueda tener algún interés
para otras mujeres a las que les pase algo parecido a lo que me pasa a
mí.
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