Aquel día yo estaba haciendo tiempo para ir a verla, ¡como siempre! Me gustaba visitarla casi cuando estaba apunto de cerrar, ya que con esa excusa, la invitaba a comer, y me daba oportunidad de pasar más tiempo en su compañía. Mire el reloj, faltaba quince minutos para el cierre. Pagué la caña y salí del bar. Cruce la calle y con una amplia sonrisa entre en la mercería. Clara estaba apagando la máquina registradora.
-¡Hola clara! ¿Cómo
estás hoy? –Le dije amablemente.-
-¡Ah! Eres tú. –Me
dijo casi sin hacerme caso.-
Se dirigió a la trastienda, donde se descalzó las zapatillas que usaba para estar en la tienda y se calzaba unos zapatos negros de tacón. Aquel día llevaba unos vaqueros ajustados, y una blusa roja de encaje que dejaba ver un generoso escote. Yo no puede apartar la mirada de sus pies mientras se enfundaban en los zapatos. Ella me miro de reojo, después cogió el bolso y apago la luz.
-Estoy cansada Andy. Siempre vienes
a estas horas. –Me dijo con un tono serio.- Hoy me tengo que ir antes.
Vuelve otro día.
-¡No hay problema Clara! –Me
agache para coger el maletín.-
-¿Sabes que te digo Andy?
–La miré extrañado, mientras que ella dejaba el bolso en
el mostrador y doblaba los brazos en su pecho.- Creo que no quiero comprarte
nada para esta temporada.
-¿Cómo? –Le pregunté
mirándola extrañado.- ¡No te entiendo!
-Si no soy una clienta lo bastante
importante para que me dediques el tiempo necesario, te ahorraré
tiempo.
-¿A qué viene eso?
-Viene a que durante estos años,
en los que te he estado comprando. Siempre vienes a la hora del cierre.
Y tengo que comprar a prisa, sin poder escoger bien.
-Bueno yo no….
-¡Basta! –Me grito.- No pienso
seguir aguantando tus desplantes. El día tiene muchas horas. La
próxima temporada ya encontrarás el momento de atenderme.
Estoy harta de verte perder el tiempo con otras clientas, mientras que
a mi me visitas con media hora aprisa y corriendo.
-Vamos Clara podemos arreglarlo.
–En un intentó desesperado por salvar la venta, me acerqué
y le sujeté el brazo para que no se diera la vuelta.-
-¿Qué crees que haces?
–Su mirada irradiaba una gran ira.- ¿Te he dado permiso para tocarme?
-Yo… no…
Una sonora bofetada me dejó sin palabras. El tacto de su mano me aturdió. Golpeo con fuerza. Pero su mano tardó unos segundos en separarse de mi piel, dejándome percibir su tacto. Otra bofetada esta vez en la otra mejilla con el reverso de su mano.
-Eres un insolente.
-Lo siento. –Musité.-
-¡Vete! Y no vuelvas más
por mi tienda. –Me gritó.- Ya hablaré con tus jefes.
Recogí mi maletín y me encaminé a la puerta sin entender lo que estaba sucediendo. No solo perdía una buena clienta, sino que podía perder el trabajo. El sol me golpeo con dureza, casi me deslumbra. Sin ser consciente de lo que hacía me volví sobre mis pasos. Clara permanecía con el semblante serio, aunque me pareció ver una leve mueca de sonrisa.
-¡Clara por favor te lo ruego!
Dame una oportunidad de compensarte, de enmendar mi error.
-¿Por qué debería
hacer eso? –Me preguntó mientras se acercaba a la puerta para cerrarla.-
¡Dime!
-Son casi diez años conociéndonos.
Eres mi primera clienta. Y la que ha impedido que deje este trabajo. –Sus
ojos se abrieron como platos.-
-¿Deberás? –Me preguntó
mientras se acercaba a mí.- ¡No! no puedo creerte. Dirías
lo que fuera para que no me queje a tus jefes.
-¡Soy sincero! –Alegué
al borde de la desesperación.-
-Aunque fuera así. Tú
falta merece un castigo.
-¡Lo que sea!
-¿Lo que sea? –Me preguntó
con una sonrisa maliciosa.-
-Asentí.
-¡Bien!, te daré una
oportunidad, pero si me fallas, ya sabes lo que te espera. Desde ahora
y hasta que yo te indique que puedes irte, deberás obedecer todo
lo que te diga. Al primer reproche de tu parte… -Sus palabras me
llenaron de una extraña excitación y nerviosismo.- Ve atrás,
y sacatate la chaqueta, la corbata, la camisa y espera. Sin mucha convicción,
me encamine a cumplir las órdenes de Clara. Mientras ella trasteaba
en los cajones. Me temblaban las rodillas mientras me desabrochaba la ropa.
Tras unos minutos entró en la trastienda. Yo crecía en nerviosismo.
-Muy bien. –Me dijo acercándose a mí.- Hoy vas ha aprender a tratarme como merezco.
La primera bofetada me sorprendió. Lentamente pero sin escatimar fuerza me abofeteo al menos una docena de veces en cada mejilla. Las lágrimas luchaban por aflorar, me sentía humillado pero por más que me esforzaba no encontraba las fuerzas para ponerle fin. Tras aquel preámbulo, Clara se acercó y me acarició el torso. En su rostro apareció una sonrisa de victoria. Sus manos recorrieron mi pecho, mi estomago. Después sus dedos presionaron mis pezones hasta conseguir arrancarme un quejido, que fue reprendido con sendas bofetadas. Clara tomo mis manos y las ato fuertemente con un cordón. Una vez se hubo asegurado que el nudo era fuerte, me las ato a una estantería sujeta a la pared. Sus manos recorrieron mi espalda. Su tacto era suave y calido, y aquella mezcla de dolor y caricia estaba comenzando a enloquecerme. Con gran parsimonia mi cruel verduga me colocó unas pinzas en mis pezones. El dolor era electrizante aunque pronto empezó a ser soportable. Después, mientras que me acusaba de haberla discriminado y tratado mal todos estos años, se quitó el cinturón de cuero que llevaba en los vaqueros. -¡Zas! – El cuero impacto en mi trasero con cierta fuerza, aunque la tela de mis pantalones lo amortiguo considerablemente. -¡Zas, Zas, Zas, Zas!- El cinturón impactaba una y otra vez, y en cada golpe la fuerza iba aumentando, hasta que el dolor se intensifico. Ella paro. Acarició la zona maltratada.
-¡Qué! –Me susurró
al oído.- Estos han sido de prueba. Ahora te daré cuarenta
azotes, procura no moverte mucho, porque si no se te caerán las
pinzas y yo tendré que parar. ¿Sabes que pasará entonces?
–Yo permanecí en silencio hasta que un tremendo azote me hizo saltar.-
¿Te he hecho una pregunta?
-¡No, Clara! –Contesté
casi tartamudeando.-
-Pues que tendré que empezar
de cero. Así que tú verás.
Sin decir nada más, Clara comenzó a descargar los tremendos golpes sobre mi trasero. Lo hacía con verdadera saña. Si pretendía que no olvidará la lección lo estaba consiguiendo. Antes de de llegar a la veintena de azotes, las lágrimas y los gritos campaban a sus anchas por todo mi ser. Mientras tanto, Clara seguía administrándome aquel tremendo castigo. Yo me retorcía, lloraba en imploraba. Cuando alcazo azote treinta y tres, se detuvo por unos instantes. Mi cuerpo estaba sudoroso, y lloraba como un colegial. -¡Lo estas haciendo muy bien!- Me susurró. -¡Toma aire, ya falta poco! Mi cuerpo se tenso cuando alzo la mano, pero el golpe no llego a mi trasero. Por ello cuando lo hizo fue inesperado y tremendamente doloroso. No podía creer que aquella mujer tuviera tanta fuerza, lo cierto es que no era la primera vez que usaba el cinturón de aquella forma. Los cinco siguientes fueron igual de enérgicos. Yo me había olvidado de las pinzas, por eso cuando oí el clic que hizo al desprenderse de mi pezón, el pánico se apodero de mi.
-¡Pero mira lo que has hecho!
–Me gritó ella mientras que se acercaba a recogerla.- Ahora tendremos
que empezar de nuevo. –Me dijo al tiempo que me la volvía a colocar.
-¡Por favor!
-¡Ni una palabra más!
Me calle al instante, ella se acercó a una estantería y cogió unas braguitas y tras introducírmelas en la boca, me puso un trozo de cinta de embalar. Después, se colocó nuevamente detrás de mí, y comenzó a azotarme de nuevo. En está ocasión lo hacía con gran rapidez. El dolor era ya insoportable. Los correazos caían una y otra vez sobre mis nalgas y la parte alta de mis muslos. Las piernas me temblaban mientras que un llanto desconsolador era silenciado por mi mordaza. En aquella habitación solo se oía el cuero estrellándose sobre mi trasero.
Tras los cuarenta nuevos azotes, Clara se detuvo. Con delicadeza paso su mano por el trasero. El dolor me recorría todo el cuerpo, y el calor que provoco la paliza me sumió en un extraño aletargo. Ella me soltó. Después secó mis lágrimas. Una sonrisa apareció en sus labios, unos labios que me parecieron mucho más sensuales que de costumbre. De un tirón me libero de la mordaza, las lágrimas volvieron a inundar mis ojos.
-¿No tienes nada que decir?
-¡Gracias! –Susurré
sin saber muy bien si era la respuesta correcta, aunque afortunadamente
para mi si lo fue, y ella me acarició la mejilla.-
-¡Muy bien! ¡Ven! –Con
delicadeza me guió hasta un sofá que había al fondo.
Ella se sentó y me indicó que me arrodillará. -¿Te
gustan mis zapatos? Antes vi como no les quitabas los ojos de encima. ¡Bésalos!
En el acto me incliné y la obedecí. El tacto era suave, el olor a piel se mezclaba con el del perfume que bañaba su cuerpo. Tras largos minutos, en los que recorrí cada milímetro de su calzado, ella se descalzo el pie derecho, acercándomelo a la boca. Yo tímidamente lo bese. Ella me golpeo suavemente la cara con el pie, y yo me volqué a besarlo, lo lamí y mordisquee a placer. Sin entender porqué, lejos de sentirme humillado me encontré disfrutando. El tacto de su pie, junto con el dolor que sentía en mi trasero desembocó en una potente erección. Durante casi quince minutos estuve dedicándole atenciones a sus pies, mientras que ella se reclinó en el sofá y cerró los ojos. Pasado ese tiempo, se levantó y me indicó que permaneciera de rodilla, que tenía que salir durante unas horas.
El tiempo paso muy lentamente, el cansancio comenzaba ha hacer mella, estaba apunto de levantarme cuando ella entró en la tienda.
-¿Cómo estás?
–Me preguntó.- ¿Te has levantado?
-¡No!
-¡Bueno! Después veré
las citas de grabación, y espero por tu bien que no me hayas mentido.
¡Toma come algo!
Parecía que nuca había visto un bocadillo, al juzgar con las ansias con las que lo devoré, Clara estaba en el baño. Cuando salió, se sentó en el sofá, y me acarició la cabeza, alegrándose de que no le hubiera desobedecido, ya que durante mi comida, ella había revisado la cinta de vigilancia.
-¡Te has ganado un premio! –Me dijo señalando un botecito de crema.- ¡Quitate los pantalones y tumbate aquí! –Se palmeó el regazo.-
Yo la miré y lentamente la obedecí. Cuando intenté sacarme el slip me interrumpió. -¡Yo lo haré!- Me dijo atrayéndome hacía ella. Con tranquilidad me acomodó sobre su regazo. Al verme en aquella postura tan infantil y humillante, la erección de mi pene se hizo patente. Clara comenzó a acariciarme la espalda, hasta llegar a mi trasero. Sus caricias eran suaves, aunque al llegar a las nalgas comenzó a apretarla y a masajearlas con cierta fuerza. Después, lentamente me bajó los calzoncillos. Sentí un escalofrió al sentir su mano en mi piel.
-Aun lo tienes bastante rojo. –Me
dijo- Se que fui severa, pero te lo merecías. Y lo sabes ¿Verdad?
-Sí, -conteste-
-¿Te habían zurrado
antes?
-De mayor no.
-De verdad. –Su voz denotaba gran
emoción.- ¡Así que he sido la primera!
-¡Si! –Le dije mientras que
ella continuaba acariciándome.-
Su mano derecha, bajo hasta mi entrepierna. Sujeto el pene erecto y lo apretó un poco. Noté como su respiración aumento, aunque no hizo ningún comentario de mi erección, retiró la mano y comenzó a extender la crema.
-Desde el día que entraste
por primera vez en mi tienda, he deseado zurrarte de lo lindo. En el fondo
sabía que tú lo necesitabas aunque no lo supieras. Antes
te he castigado, pero ahora me te voy a zurrar no como castigo, sino como
premio.
-¡No! –Se me escapo.-
-No lo estropees ¿vale? –Su
voz era amable pero firme. Relájate.-
Su mano continúo acariciando mis nalgas por bastante rato, hasta que llego la primera palmada. Era fuerte pero no en exceso. Su mano golpeaba una y otra vez mi trasero, aquellos azotes inflamaban todo mi ser, además de reavivar el dolor de la paliza anterior. Yo la miré de reojo, podía ver en sus ojos como disfrutaba de aquel momento. La fuerza de los azotes iba en aumento así como mi erección. ¡Zas, Zas, Zas, Zas, Zas, Zas, Zas! Una y otra vez me golpeaba el trasero. Yo rompí en un llanto mientras que me abandone a la voluntad de Clara. Perdí la noción total del tiempo, ella alternaba los azotes con las caricias, aquella paliza era mucho más larga que la anterior, parecía que nunca se iba a cansar de golpear mi trasero. Al final se detuvo. Yo permanecí en su regazo, ella me acario la espalda y la cabeza. “Llora, verás que te sentirás me mejor”
Tras unos minutos me hizo poner de rodillas en el suelo y cerrar los ojos. Allí estaba yo, totalmente desnudo y dolorido, mientras lloraba como un colegial. Ella se levantó, podía oírla moverse por la habitación. Al cabo de unos minutos, se acercó a mí, me acarició la cabeza.
-¡Abre los ojos! –Me ordenó.-
Cuando lo hice, me pareció una locura, ella se había desvestido, llevaba solo una tanga y un pequeño sujetador que apenas si cubría sus senos. ¡Que hermosa! Pensé. Después, me fije en su mano izquierda. Había cogido una de sus zapatillas. La miré lleno de pánico.
-¡No temas! –Me dijo adelantándose a mis intenciones y me puso un dedo en los labios impidiendo que hablara.-
Yo me cubrí mi trasero con las manos, en un acto tan infantil como inútil. Ella sonrió. Se sentó nuevamente en el sofá, y con firmeza me recostó de nuevo sobre su regazo. Me acomodo a su gustó.
-¿Te vas a comportar, o te
tendré que atar? –Me dijo mientras acariciaba mi espalda.-
-¡Me comportaré! –Le
dije.-
-Puedes llorar, nadie nos oirá,
pero no abuses.
Tras esas palabras, reanudo los azotes,
en principio lo hacía con la mano, después, tras largos minutos
en los que yo ya estaba llorando a moco tendido, sustituyó su mano
por la zapatilla. Sin ningún miramiento me zurro de lo lindo. Nunca
me había imaginado recibir semejante paliza. Los minutos iban pasando,
y la zapatilla caía una y otra vez sin compasión. Yo me debatía
sobre su regazo, en un desesperado intentó de escapar al castigo.
Una tanda de casi treinta azotes tremendamente fuerte fue el colofón
final a mi suplicio. Clara tiro la zapatilla al suelo, y comenzó
a masajearme el trasero, mientras yo lloraba desconsoladamente. Con lentitud,
comenzó a extender la crema sobre mi trasero, que se había
transformado en una enorme mancha roja. Agradecí aquella atención,
y lentamente mi llanto se transformó en suspiros. Ella me aleccionaba
sobre mi conducta en el futuro. Después, una de sus manos agarró
mi pene, y comenzó una deliciosa masturbación, que culmino
en la mayor corrida de mi vida. El dolor y el placer se fundieron en uno,
transportándome hasta el clímax.
Tras media hora de descanso, me levante y comencé a vestirme. Clara ya lo había echo y estaba en la tienda. Salí con los ojos llorosos. Ella me sonrió, acarició las mejillas. -¿Esta bien?- Me preguntó. Y sin dejarme contestar, me extendió una hoja de pedido. Miré la cifra. Era mucho más de lo que me solía comprar. -¡Voy ha abrir otra tienda!- Se justifico. Yo sonreí. Puedo irme le pregunté con respeto.
-¡Claro! Ya es tarde. Pero cuento
con que vendrás dentro de dos semanas, para tener otra charla ahí
dentro. –Dudé- Quiero volver a tenerte sobre mi regazo, y tú
quieres estar ahí, aunque no lo reconozcas.
-¡Vendré! –Ella sonrió
y me beso fugazmente en los labios.-
-Si eres bueno, no seré tan severa
la próxima vez.
-¡Gracias! –Le dije desde la puerta.-
-¡Puedo serlo más! –Me regaló
una amplia sonrisa y un guiño de ojos.-
Yo me encaminé hacía el hotel andando, ya que no pude sentarme para conducir. Estaba tremendamente excitado. Un mar de sentimientos me invadían, pero lo que era claro, es que volvería en dos semanas.
Cars