UNA TARDE EN EL CIBER
 
Era una de esas tardes en las que no tenía muchas cosas que hacer, por lo que entré en la sala de un ciber, dedicándome al  visionado de unas páginas de dominación femenina. No había mucha gente, apenas un par de jovencitos jugando en una esquina. Yo escogí un ordenador más bien íntimo, solo había una persona detrás de mí que me daba la espalda. La había visto al entrar. Era una mujer joven, de unos treinta años, bastante más alta que yo, que mido 1.65, ella pese a estar sentada calculo que debía medir 1.80, o algo así, era pelirroja, y su piel esta morena por el sol. Tenía una larga cabellera de pelo ondulado que caía por su espalda. Apenas nos miramos al entrar, yo me senté y comencé mi búsqueda.
 

Al final me quedé contemplando una foto en la que una mujer rubia tenía a un muchacho sobre sus rodillas, con los pantalones en los tobillos, y el trasero se veía ya bastante rojo. Su mano estaba alzada, y una pícara sonrisa que denotaba un gran placer en aquella situación se dibujaba en los labios de aquella mujer. En mi mente la foto tomaba movimiento, y aquella mano se abatía una vez más sobre el indefenso trasero. Quizás por eso no oí las primeras palabras. Yo estaba en una nube, hasta que una dulce pero enérgica voz me devolvió a la realidad.
 

   -¡Esa posición es la que todos los hombres deberían experimentar muy a menudo!
 
   Me giré. No daba crédito a lo que veía. Una penetrante mirada se clavó en mis ojos. Aquella mujer me estaba hablando, y no parecía muy contenta.
 
      -¿Perdón? -dije casi tartamudeando, mientras apresuradamente hacía desaparecer aquella imagen de la pantalla.

     -¡No te molestes! -Me dijo ella, restableciéndola y sentándose a mi lado- Si no querías que la viera nadie, deberías buscar un lugar más privado.

    -Yo... Bueno... No sé que decir.

    -No digas nada, apaga el ordenador y espérame en la calle, creo que necesitas que alguien te enseñe buenos modales.
 
  Salí del local, sin saber exactamente qué estaba haciendo. ¿Por qué la obedecía? ¿Qué pretendía de mí?

 -¡Sígueme! - Ordenó cuando salió a la calle.

Yo no sabía que hacer pero estaba tan desconcertado que comencé a caminar. Tras largos minutos caminé unos pasos detrás de ella por las calles sin decir nada. Llegamos ante una casa baja, me indicó que entrara, y que me quitara "sólo" los pantalones, mientras ella se ponía cómoda. Al regresar, pude ver que solo se había quitado las botas que llevaba, sustituyéndolas por unas zapatillas rojas que resaltaban aquellas largas y hermosas piernas enfundadas en medias negras. Yo por el contrario no me había movido del centro del salón, y por supuesto no me había desnudado, -cosa que lamenté- Ella miró mis pantalones, esbozó una sonrisa y se acercó a mí.

  La tremenda bofetada que recibí casi me hizo caer al suelo, estaba aterrorizado. Ella esperó a que me repusiera. Otra vez su mano impactó en mi mejilla. Yo no era capaz de hablar. Una a una fueron cayendo media docena de bofetadas en mis mejillas.
 

 
     -Ahora -dijo sin levantar la voz.- Quítate sólo los pantalones y la camisa.
 
 Mis manos volaban sobre los botones, todo mi cuerpo temblaba. Unas lágrimas comenzaron a correr por mis mejillas, y paralelamente a esto, una gran erección comenzó a turbarme aún más. Ella mientras tanto se desabrochó la chaqueta y la colocó en una silla, después hizo lo propio con la blusa quedándose sólo con un sugerente sujetador de encaje rojo que dejaba ver la hermosura de sus pechos. Una vez que  terminé de desvestirme, ella se acercó a mí, me cogió de la mano y me condujo hasta un sofá que presidía el centro del amplio salón. Ella se sentó, mientras que yo permanecí de pie. Con tono muy severo, ella me dijo lo enfadada que estaba por mi comportamiento, que llevaba días observándome en el ciber y que estaba indignada por la forma descortés y obscena con la que usaba las fotos. Por lo que hoy me iba a castigar muy severamente por ello.

  Yo intenté protestar, pero ella tiró de mí colocándome sobre sus rodillas, sin darme tiempo a replicar. Un extraño escalofrío recorrió mi cuerpo al sentir el contacto de su mano en mi espalda. Levantó un poco la rodilla dejando bien expuesto mi trasero, y tras unas caricias, cayó el primer azote. Fue enérgico, pesado, aunque la tela de mis slips amortiguó el dolor. Uno a uno fueron cayendo los azotes. Imprimía bastante fuerza, por lo que pronto el dolor se fue haciendo más patente. Las lágrimas brotaron abiertamente de mis ojos, y comencé una danza con mi trasero para salvarlo del castigo. Ella sin embargo golpeó con mucha más fuerza. Nunca creí que una mujer pudiera pegar tan duro, pero ella lo hacía. Tras largos minutos en los que me golpeó a placer, una y otra vez, se paró. Yo lloraba en su regazo.
 
       -¡Shiiissss! Vamos, vamos, no llores tanto. -Me decía, mientras me acariciaba las doloridas y calientes nalgas.- Esto no es más que el principio.
 
  Aquellas palabras me helaron la sangre. De un tirón, sacó mis calzoncillos, y comenzó a golpearme de nuevo. Zas, zas, zas, zas, zas, zas, una docena de azotes en una nalga, después en la otra. Esta vez lo hacía con cierta saña. Su mano caía una y otra vez, sin piedad. El calor y el dolor iban en aumento. Yo me intenté rebelar, pero ella me sujetó con más fuerza, pasando una de sus piernas por encima de las mías. Así, inmovilizado, me dedicó una treintena de palmadas en mi trasero que casi me dejaron sin aliento. Después, me dejó descansar un poco, mientras me aleccionaba en cuanto al trato que debía tener siempre con una mujer, y en especial con ella. Su mano acarició la zona castigada, el dolor era casi insoportable. Y no tan sólo en mi trasero, sino que mi entrepierna también estaba inflamada. Su mano acarició mi miembro.
 
    -Si te corres, te azotaré tan duro, que no te podrás sentar en un mes. ¿Me entiendes?

   -Si. –susurré.

   -¡ZAS, ZAS, ZAS, ZAS, ZAS! -Una docena de fuertes azotes volvieron a caer en mis nalgas.- ¡No te he oído!

  -Sí -Volví a decir casi gritando.-

  -Bien.

 Entonces, uno de sus pies se movió saliendo de su zapatilla. Entonces pude ver lo hermoso que era. Desee besarlos, lamerlos. Por un instante olvidé mi dolor. -Dame esa zapatilla.- Me dijo al tiempo que acentuaba su orden con media docena de palmadas más. Casi temblando la cogí y se la di. Su tacto era suave, y se podía sentir el calor de su pie todavía en ella. Mi verdugo, o mejor dicho mi salvadora aunque yo no lo sabía aun, cogió el calzado, y tras agarrarme las manos a la espalda, comenzó a golpearme con la zapatilla. Los primeros azotes no eran muy duros, aunque debido al dolor que ya sentía, eran como martillazos. Pero poco a poco la fuerza de los zapatillazos fue aumentando, convirtiéndose en una verdadera paliza. Yo gritaba y lloraba, mientras ella continuaba castigándome. No se cuanto tiempo pasó, pero sé que fue mucho. La piel de mi trasero se rasgó por algunos sitios, debido a la fuerza de los golpes. Yo ya estaba abandonado a su voluntad, y permanecía inmóvil sobre sus piernas, sin ofrecer la más mínima resistencia. Envuelto eso sí, en un mar de lágrimas.
 
  Ella cesó en su castigo. Y su mano ahora acariciaba mi maltrecho trasero. Poco a poco mi llanto fue sólo un susurro, y su otra mano sujetó mi pene. Permanecía tumbado en su regazo, y así, con su permiso, llegué al clímax, confundiendo el dolor y el placer en un mar de sensaciones. Resbalé de su regazo, y quedé en el suelo a sus pies. Los besé, los besé con pasión. Tras unos minutos, ella me indicó que me pusiera de rodillas. Me miró a los ojos. Un brillo especial los alumbraba. Después, me tendió su móvil.
 
   -Llama a tu familia. Diles que pasarás lo que queda de semana con unos amigos. Mañana comenzaré tú educación.
 
   La obedecí, ella se levantó, y se fue a dar un baño, mientras a mí me ordenó preparar la cena. Aquel día iba a ser el comienzo de una nueva vida...
 

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