Al final me quedé contemplando una
foto en la que una mujer rubia tenía a un muchacho sobre sus rodillas,
con los pantalones en los tobillos, y el trasero se veía ya bastante
rojo. Su mano estaba alzada, y una pícara sonrisa que denotaba un
gran placer en aquella situación se dibujaba en los labios de aquella
mujer. En mi mente la foto tomaba movimiento, y aquella mano se abatía
una vez más sobre el indefenso trasero. Quizás por eso no
oí las primeras palabras. Yo estaba en una nube, hasta que una dulce
pero enérgica voz me devolvió a la realidad.
-¡Esa posición
es la que todos los hombres deberían experimentar muy a menudo!
Me giré. No daba crédito
a lo que veía. Una penetrante mirada se clavó en mis ojos.
Aquella mujer me estaba hablando, y no parecía muy contenta.
-¿Perdón?
-dije casi tartamudeando, mientras apresuradamente hacía desaparecer
aquella imagen de la pantalla.
-¡No te molestes! -Me dijo ella, restableciéndola y sentándose a mi lado- Si no querías que la viera nadie, deberías buscar un lugar más privado.
-Yo... Bueno... No sé que decir.
-No digas nada, apaga
el ordenador y espérame en la calle, creo que necesitas que alguien
te enseñe buenos modales.
Salí del local, sin saber
exactamente qué estaba haciendo. ¿Por qué la obedecía?
¿Qué pretendía de mí?
-¡Sígueme! - Ordenó cuando salió a la calle.
Yo no sabía que hacer pero estaba tan desconcertado que comencé a caminar. Tras largos minutos caminé unos pasos detrás de ella por las calles sin decir nada. Llegamos ante una casa baja, me indicó que entrara, y que me quitara "sólo" los pantalones, mientras ella se ponía cómoda. Al regresar, pude ver que solo se había quitado las botas que llevaba, sustituyéndolas por unas zapatillas rojas que resaltaban aquellas largas y hermosas piernas enfundadas en medias negras. Yo por el contrario no me había movido del centro del salón, y por supuesto no me había desnudado, -cosa que lamenté- Ella miró mis pantalones, esbozó una sonrisa y se acercó a mí.
La tremenda bofetada que recibí
casi me hizo caer al suelo, estaba aterrorizado. Ella esperó a que
me repusiera. Otra vez su mano impactó en mi mejilla. Yo no era
capaz de hablar. Una a una fueron cayendo media docena de bofetadas en
mis mejillas.
-Ahora -dijo
sin levantar la voz.- Quítate sólo los pantalones y la camisa.
Mis manos volaban sobre los botones,
todo mi cuerpo temblaba. Unas lágrimas comenzaron a correr por mis
mejillas, y paralelamente a esto, una gran erección comenzó
a turbarme aún más. Ella mientras tanto se desabrochó
la chaqueta y la colocó en una silla, después hizo lo propio
con la blusa quedándose sólo con un sugerente sujetador de
encaje rojo que dejaba ver la hermosura de sus pechos. Una vez que
terminé de desvestirme, ella se acercó a mí, me cogió
de la mano y me condujo hasta un sofá que presidía el centro
del amplio salón. Ella se sentó, mientras que yo permanecí
de pie. Con tono muy severo, ella me dijo lo enfadada que estaba por mi
comportamiento, que llevaba días observándome en el ciber
y que estaba indignada por la forma descortés y obscena con la que
usaba las fotos. Por lo que hoy me iba a castigar muy severamente por ello.
Yo intenté protestar, pero
ella tiró de mí colocándome sobre sus rodillas, sin
darme tiempo a replicar. Un extraño escalofrío recorrió
mi cuerpo al sentir el contacto de su mano en mi espalda. Levantó
un poco la rodilla dejando bien expuesto mi trasero, y tras unas caricias,
cayó el primer azote. Fue enérgico, pesado, aunque la tela
de mis slips amortiguó el dolor. Uno a uno fueron cayendo los azotes.
Imprimía bastante fuerza, por lo que pronto el dolor se fue haciendo
más patente. Las lágrimas brotaron abiertamente de mis ojos,
y comencé una danza con mi trasero para salvarlo del castigo. Ella
sin embargo golpeó con mucha más fuerza. Nunca creí
que una mujer pudiera pegar tan duro, pero ella lo hacía. Tras largos
minutos en los que me golpeó a placer, una y otra vez, se paró.
Yo lloraba en su regazo.
-¡Shiiissss!
Vamos, vamos, no llores tanto. -Me decía, mientras me acariciaba
las doloridas y calientes nalgas.- Esto no es más que el principio.
Aquellas palabras me helaron la
sangre. De un tirón, sacó mis calzoncillos, y comenzó
a golpearme de nuevo. Zas, zas, zas, zas, zas, zas, una docena de azotes
en una nalga, después en la otra. Esta vez lo hacía con cierta
saña. Su mano caía una y otra vez, sin piedad. El calor y
el dolor iban en aumento. Yo me intenté rebelar, pero ella me sujetó
con más fuerza, pasando una de sus piernas por encima de las mías.
Así, inmovilizado, me dedicó una treintena de palmadas en
mi trasero que casi me dejaron sin aliento. Después, me dejó
descansar un poco, mientras me aleccionaba en cuanto al trato que debía
tener siempre con una mujer, y en especial con ella. Su mano acarició
la zona castigada, el dolor era casi insoportable. Y no tan sólo
en mi trasero, sino que mi entrepierna también estaba inflamada.
Su mano acarició mi miembro.
-Si te corres, te azotaré
tan duro, que no te podrás sentar en un mes. ¿Me entiendes?
-Si. –susurré.
-¡ZAS, ZAS, ZAS, ZAS, ZAS! -Una docena de fuertes azotes volvieron a caer en mis nalgas.- ¡No te he oído!
-Sí -Volví a decir casi gritando.-
-Bien.
Entonces, uno de sus pies se movió
saliendo de su zapatilla. Entonces pude ver lo hermoso que era. Desee besarlos,
lamerlos. Por un instante olvidé mi dolor. -Dame esa zapatilla.-
Me dijo al tiempo que acentuaba su orden con media docena de palmadas más.
Casi temblando la cogí y se la di. Su tacto era suave, y se podía
sentir el calor de su pie todavía en ella. Mi verdugo, o mejor dicho
mi salvadora aunque yo no lo sabía aun, cogió el calzado,
y tras agarrarme las manos a la espalda, comenzó a golpearme con
la zapatilla. Los primeros azotes no eran muy duros, aunque debido al dolor
que ya sentía, eran como martillazos. Pero poco a poco la fuerza
de los zapatillazos fue aumentando, convirtiéndose en una verdadera
paliza. Yo gritaba y lloraba, mientras ella continuaba castigándome.
No se cuanto tiempo pasó, pero sé que fue mucho. La piel
de mi trasero se rasgó por algunos sitios, debido a la fuerza de
los golpes. Yo ya estaba abandonado a su voluntad, y permanecía
inmóvil sobre sus piernas, sin ofrecer la más mínima
resistencia. Envuelto eso sí, en un mar de lágrimas.
Ella cesó en su castigo.
Y su mano ahora acariciaba mi maltrecho trasero. Poco a poco mi llanto
fue sólo un susurro, y su otra mano sujetó mi pene. Permanecía
tumbado en su regazo, y así, con su permiso, llegué al clímax,
confundiendo el dolor y el placer en un mar de sensaciones. Resbalé
de su regazo, y quedé en el suelo a sus pies. Los besé, los
besé con pasión. Tras unos minutos, ella me indicó
que me pusiera de rodillas. Me miró a los ojos. Un brillo especial
los alumbraba. Después, me tendió su móvil.
-Llama a tu familia. Diles
que pasarás lo que queda de semana con unos amigos. Mañana
comenzaré tú educación.
La obedecí, ella se
levantó, y se fue a dar un baño, mientras a mí me
ordenó preparar la cena. Aquel día iba a ser el comienzo
de una nueva vida...