Hoy iba a conocerla, habíamos quedado en Barcelona, por que era su ciudad y se sentiría mas cómoda y estaba ansiosa por llegar. Tenía ganas de ver como era.
Ella apenas sabía de mí, su compañero llevaba tiempo preparándola para la experiencia y aunque un tanto asustada y reticente había finalmente aceptado la insólita propuesta de su pareja. Ser compartido durante un paseo.
Él quería probar a su pareja que su sumisión era real y que disfrutaba con ello, pero para ella sentir que abusaba de la persona a la que tanto quería era algo dificilísimo de asumir. Ya habíamos trabajado en la distancia y poco a poco situaciones en las que mi pupilo se sometía a ella, pero a pesar de la complicidad que existía entre ambos, no lograba entender lo que su sumiso quería transmitirle.
Hoy iba a comprobar que la dominación no era algo raro, doloroso, ni teatral y que podía resultar muy agradable de experimentar aunque solo fuera de vez en cuando.
Estaba llegando, le di la dirección al taxista y me preparé para entrar en la cafetería donde me estarían esperando.
Llevaba un vestido blanco, largo, sensual y discreto a la vez. Zapatos blancos, con poco tacón y una chaqueta sencilla a juego. Quería resultar más elegante que avasalladora. Que viera que no hacía falta llevar cadenas para dominar a nadie.
Él sabía que tenía que seguir el protocolo establecido, levantarse al verme llegar y saludarme besándome la mano. Presentarme a su compañera y quedarse en pie hasta que le fuera concedido permiso para sentarse. Como era la primera vez de su pareja él tenía permiso para intervenir, que no interrumpir, si veía que su pareja lo necesitaba. En caso contrario solo estaba autorizado a contestar.
No quise alargar demasiado el momento y le mandé a por las bebidas. Podía ver con absoluta nitidez al camarero, pero esto era una sesión de Doma y ella tenía que darse cuenta. Tras solicitar las bebidas y pedir permiso, le permití sentarse con nosotras.
Había una palabra de seguridad para ella, si realmente la situación le resultaba inaceptable, podía simplemente decirla y la reunión pasaría a ser vainilla. Esperaba que no la utilizara, pero me pareció imprescindible que se sintiera segura.
Tras charlar un poco sobre temas comunes y conocernos un poco, comenzó nuestro paseo. Él tenía que caminar tras nosotras y estar muy atento a nuestros deseos. Era una mañana magnífica y daban ganas de pasear.
La notaba tensa, pedí a su chico que se acercara a ella y nos acercamos a mirar tiendas. Como a mí me daba igual y quería que el ambiente le resultara confortable, nos fuimos de tiendas al barrio gótico. Sabía que la gustaba mirar tiendas y con la excusa de mostrarme las novedades que había en Barcelona, empezamos a entrar en las tiendas. Ella miraba hacia atrás de vez en cuando, pero como siempre estaba allí “nuestro” sumiso, se fue calmando progresivamente. Empecé por los trajes de chaqueta y los vestidos. Aunque no tenía intención de comprar gran cosa, utilicé como perchero ambulante a nuestro sufrido sumiso. Tenía la obligación no solo de llevar todo aquello que deseábamos, sino de agradecerlo.
Al poco tiempo el ambiente entre ambas se volvió más cordial y mucho más cómplice. Dos amigas que van de compras con un muchacho de servicio. Entrábamos y salíamos del probador con ropas sencillas a veces, despampanantes en otras. Ella me llevó a un lugar más elegante de lo que era habitual, básicamente para atormentar un poco a nuestro acompañante que tubo que vernos magnificas y altivas a su lado, sin poder hacer otra cosa que sonreír y ayudar.
No me puedo resistir a los zapatos bonitos y entramos en una zapatería a probarme, sabía que la resultaría sorprendente ver a su “chico” arrodillado ante mí probándome los zapatos, pero con un gesto y una sonrisa pícara la animé a que hiciera lo mismo. No sé quien de los dos sentía mas vergüenza si ella o él, pero se dejó probar y finalmente, entre divertida y escandalizada, sonrió.
El paseo estaba siendo provechoso, pero largo y nos sentamos a tomar algo. Tras tener todas las bebidas en la mesa, me dirigí al sumiso preguntándole directamente como se sentía emocional y físicamente. Tubo que contestar ante las dos, supongo que es de las pocas veces en las que agradecía no tener que mirarnos a los ojos.
Bromee con ella sobre la excitación evidente que mostraba el sumiso, se estaba haciendo tarde y yo tenía que regresar a mi hogar. Me acompañaron hasta el taxi y nos despedimos cálida y afectuosamente.
Los primeros pasos siempre son delicados y esta cita había salido fenomenal
Me sentía radiante.